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Siete tumbas, un invierno (Pdf o Epub)

Ficha

Título: Siete tumbas, un invierno
Autores: Christoffer Petersen
Editorial: RBA LIBROS
Fecha: 10 feb 2020
Tamaño: 1.76MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Aventuras
ASIN: B083SLVLZZ
Páginas: 309
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

UN ASESINATO QUE PUEDE HACER CAER EL GOBIERNO DE GROENLANDIA

Después de haber sido torturado por un criminal, el agente David Maratse apenas puede caminar sin dolor. Incapacitado para ser policía en Nuuk, la capital de Groenlandia, decide retirarse a una pequeña población de la costa oriental. Allí, cada verano los habitantes cavan

siete tumbas antes de que el interminable invierno endurezca la tierra, con la esperanza de que sean demasiadas. Ese año, sin embargo, no podían imaginar que aparecería el cadáver de una joven en las gélidas aguas árticas. Su asesinato puede cambiar el destino de la mayor isla del mundo y obligará a Maratse a abandonar su retiro forzoso.

Leer el primer capítulo:

1
Cavaban las tumbas en la falda de la colina, en la dura tierra que se hallaba
encajada entre grandes moles de granito. El cementerio no era muy
grande, pero sí lo suficiente como para que en él encontraran acomodo las
madres, los padres, los hijos y las hijas de Inussuk, desde los tiempos en

que la primera tumba reemplazó al último túmulo de piedras y los recién
nacidos que sucumbían al invierno dejaron de momificarse. Los inviernos
eran igual de oscuros, los veranos igual de luminosos, pero las muertes
habían disminuido y la comida, ya viniera del mar, ya de la tienda,

resultaba más fácil de obtener. Aun así, seguían cavando tumbas durante el
largo verano para adelantarse al oscuro invierno, cuando la tuberculosis tal
vez se llevara consigo a un abuelo o a un nieto, una tormenta de invierno
quizás acabase con un cazador o una depresión obligase a alguno de ellos a

quitarse la vida. Cavaban dos tumbas para los suicidas, con la esperanza de
que fueran demasiadas. Cavaban una para la pelea de borrachos, otra para
el accidente de pesca, otra más para el niño que había nacido muerto y que
sabían que estaba aguardando en el diminuto depósito de cadáveres del

centro médico, situado en un lugar al que se llegaba en bote. Cavaban una
sexta tumba para los ancianos. La séptima era para el cáncer. Incluso en el
Ártico, siempre había cáncer.
Los hombres salieron de las fosas destinadas a los suicidas y

descansaron unos instantes apoyados en las palas, contemplando los
icebergs del fiordo. Desde el cementerio se disfrutaba de la mejor vista de
las montañas que se elevaban a lo lejos y del asentamiento enclavado al
pie de la colina, debajo de donde se encontraban ellos. Inussuk estaba

atrapado entre dos playas: una negra y suave y la otra formada por
guijarros, piedras y conchas. La playa negra daba al sur y al este, y en ella
rompían las olas y era absorbida la energía de todas las tormentas porque
estaba sembrada de centelleantes pedazos de hielo tan grandes como las

manos, el corazón y la cabeza misma de los sepultureros. Los bloques más
grandes, que eran icebergs sumergidos, tachonaban la playa y desviaban el
agua que se escurría de la colina en dirección al mar. Entre dos pedazos de
hielo flotantes iba a encontrarse el cuerpo de la joven a escasa distancia de

la playa aquel mismo otoño, pero por el momento los sepultureros no
sabían nada.
Apartaron la mirada de la playa y la fijaron en el asentamiento, donde
contemplaron la maltrecha madera de las paredes rojas de la tienda de

abastos y la casa recién pintada de verde, propiedad del Comité para la
Naturaleza, que en aquel entonces estaba ocupada por dos artistas danesas
y una niña pequeña. Uno de los hombres señaló con la cabeza en dirección
a la casa, mientras la chiquilla jugaba en la arena y la tierra debajo del

porche. Los cuarenta y tres residentes adultos de Inussuk estaban
convencidos de que las dos artistas eran amantes. Los doce niños que
había eran demasiado pequeños para preocuparse por algo así, y se
alegraban de contar con una nueva compañera de juegos, una niña de
cabello rubio.

—Cincuenta y ocho residentes —dijo el mayor de los dos sepultureros.
Rebuscó en la bolsa que descansaba a sus pies y sacó un termo. Cuando
desenroscó el tapón, una ráfaga de viento procedente del fiordo levantó un
poco de vapor de la boca del recipiente. Sirvió café en una taza esmaltada
para su compañero y, a continuación, llenó el tapón del termo para él.

— Aap —contestó el hombre joven mientras se llevaba la taza a la boca.
Observó el asentamiento, se fijó un instante en la niña que jugaba en la
arena y luego desvió la mirada hacia su hijo, que lo estaba saludando con

Siete tumbas, un invierno – Christoffer Petersen.epub
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