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Tejer el alba (Pdf o Epub) (01)

Ficha

Título: Tejer el alba
Autores: Elizabeth Lim
Editorial: RBA Molino
Fecha: 28 dic 2019
ASIN: B07Z9FZCQB
Tamaño: 1.66MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Aventuras
Páginas: 278
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

UNA COSTURERA ENCUBIERTA. TRES VESTIDOS LEGENDARIOS. UNA COMPETICIÓN ÚNICA. En los márgenes de la Gran Ruta de las Especias, Maia Tamarin trabaja en el taller de su padre, donde sueña con llegar a ser la mejor costurera de su tierra. Sin embargo, siendo una chica, a lo máximo que puede aspirar es a un buen matrimonio. Cuando la presencia de su padre enfermo es reclamada en la corte, Maia se hace pasar por su hijo.

Aunque sabe que perderá la vida si la descubren, correrá ese riesgo para salvar a su familia y cumplir su sueño de convertirse en sastre imperial. Conseguirlo no será fácil: doce sastres se disputan el puesto y la competición promete ser despiadada. Y Edan, el hechicero de la corte, no jugará a su favor. LA RISA DEL SOL, LAS LÁGRIMAS DE LA LUNA Y LA SANGRE DE LAS ESTRELLAS SERÁN SUS ALIADAS.

Leer el primer capítulo:

U na vez tuve tres hermanos.
Finlei era el mayor, el valiente. Nada le asustaba: ni las arañas, ni las agujas ni una zurra de
Baba con el bastón. Era el más rápido de los cuatro, tanto que podía cazar una mosca utilizando
solo el pulgar y un dedal. Pero su coraje conllevaba un anhelo de aventuras. Detestaba tener que
trabajar en nuestro taller, malgastar la preciosa luz del sol cosiendo vestidos y remendando

camisas. Además, era descuidado con la aguja; siempre llevaba los dedos vendados a causa de
los pinchazos y estropeaba sus trabajos con puntadas desiguales. Unas puntadas que yo debía
deshacer y rehacer para salvarlo de los sermones de Baba.

Finlei no tenía paciencia para llegar a ser sastre como Baba.
Sendo sí la tenía, pero no para coser. Mi segundo hermano era el poeta de la familia y lo único
que le gustaba hilvanar eran las palabras, especialmente sobre el mar. Contaba historias acerca de
las hermosas prendas de Baba con tan exquisito detalle que todas las señoras de la ciudad se
peleaban por comprarlas, pero luego descubrían que no existían.

Como castigo, Baba lo hacía sentarse en el embarcadero que había detrás del taller a extraer
hilo de los capullos de gusano de seda. A menudo me escapaba para sentarme con él y escuchar
sus historias sobre lo que había más allá de aquel interminable horizonte de agua.
—¿De qué color es el océano? —me preguntó Sendo en una ocasión.
—Azul, tonto. ¿Qué más?

—¿Cómo vas a ser la mejor costurera de A’landi si no conoces los colores? —Sendo negó con
la cabeza y señaló el agua—. Mira otra vez. Mira al fondo.
—Zafiro —dije, estudiando las suaves crestas y depresiones del océano. El agua centelleaba
—. Zafiro, como las piedras que lleva lady Tainak alrededor del cuello. Pero hay tonos de verde…
verde jade. Y la espuma se arremolina como si fueran perlas.
Sendo sonrió.
—Eso está mejor. —Me rodeó con el brazo y me apretujó contra él—. Algún día, tú y yo
surcaremos los mares y verás el azul en todo el mundo.

Gracias a Sendo, el azul era mi color favorito. Pintaba el blanco de mis paredes cuando abría
la ventana cada mañana y veía el mar resplandecer bajo la luz del sol. Zafiro o cerúleo. Azulceleste. Añil. Sendo me entrenó la vista para que distinguiera las variedades de color y apreciara
desde el marrón más apagado hasta el rosa más vivo, cómo la luz podía insuflar mil posibilidades
a algo.

Sendo anhelaba el mar, no ser sastre como Baba.
Keton era mi tercer hermano y el más cercano a mí por edad. Sus canciones y chistes hacían
reír a todos, estuvieran del humor que estuvieran. Siempre se metía en líos por teñir nuestras telas
de verde en lugar de púrpura, por pisar con las sandalias sucias nuestros vestidos recién

planchados, por olvidarse de regar las moreras y por no tejer nunca hilo suficientemente fino para
que Baba hiciera un jersey. El dinero se le escurría entre los dedos como si fuera agua. Pero
Keton era el favorito de Baba, aunque no tuviera disciplina para ser sastre.

Luego estaba yo, Maia, la hija obediente. Mis primeros recuerdos son de cuando me sentaba
con Mama mientras ella trabajaba con la rueca y oía a Finlei, Sendo y Keton jugando fuera
mientras Baba me enseñaba a enrollar el hilo de Mama para que no se enredara.

Tejer el alba (FICCION YA) (Spa – Elizabeth Lim.epub
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