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Discordia (Pdf o Epub)

Ficha

Título: Discordia
Autores: Pedro Ibáñez
Editorial: Editorial Círculo Rojo
Fecha: 05 ene 2020
ASIN: B082ZTP45K
Tamaño: 1.36MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Historia
Páginas: 378
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

Hoy por hoy, algunos lectores se acercan a una literatura en la que el único propósito, muy respetable, es descubrir al asesino o descifrar el misterio de turno, sin más. Sin duda, esta no es su novela.
Aunque ambientado en el siglo XVI, tampoco es este un libro de caballerías. Su personaje principal dista mucho de ser considerado un héroe que busque ganar fama, servir a su rey o perseguir el amor cortés.

La novela nos sumerge en la vida de Juan, un joven alicantino entusiasta y aventurero a quien el amor y el destino le van trazando una ruta insospechada y repleta de avatares que van forjando su carácter hasta convertirlo en alguien distinto de quien un día fue… ¿o no?

El lector se adentrará en la apasionante atmósfera histórica de inicios de la edad moderna en la costa levantina de España y en otros escenarios mediterráneos. Piratería, caza de brujas, supersticiones, guerras, intrigas o picaresca se entremezclan en un contexto de conflicto entre moriscos y cristianos viejos, para dar forma a la trama de la obra. Pero lejos de honduras históricas, no pretendidas ni

buscadas por el autor, el libro procura mostrar cómo la esencia de las personas se perpetúa a través de los tiempos. Las dudas, las dificultades y otras muchas situaciones no van sino repitiéndose, no siendo muy distintas las pasiones que nos guían actualmente de las que en su día movieron a nuestros antecesores. Y es que, al margen de avances científicos, industriales o digitales, las discordias familiares, amorosas, religiosas o sociales persiguen al ser humano en todo tiempo, antes y ahora.

Leer el primer capítulo:

Ese mismo día, cuando ya la tarde desdibujaba los contornos de la gran isla lagunar, el
muchacho se llegó a la casa del letrado, situada en el sestiere di Cannaregio. El angosto portal,
entreabierto, consintió que el mozo pasara. Ascendió por la penumbrosa y estropeada escalera
hasta el piso superior. Apostado frente a la delgada puerta de entrada a la guarida, tocó con el
puño y el eco de los golpes resonó en sus adentros. El lejano sonido de unos pasos delataba la

presencia de alguien en la casa. Así había de ser tomando en cuenta que las lecciones, por aquel
entonces, suspendíanse y que el estudiante, al decir de Marina, guardábase mucho de salir de su
clausura. Abríase, pausada, la chirriante tablazón, descubriendo una figura alargada, consumida,
lívida de tez y de ojos pitañosos alojados en el fondo de hondas cavidades oculares. Juan vaciló
antes de entrar en aquella boca de lobo. Venturosamente, el bachiller, persona docta y afable, no
tardó en disipar los recelos y temores que su aspecto infundía.

Ancha era la erudición de Prudente en varias artes y ciencias. Los venecianos, desde niños,
recibían enseñanzas de Lógica, Retórica, Latín, Aritmética, Geometría, Astronomía y otras
materias, habiendo agregado el de Pàdoa una vasta cultura de lenguas que comprendía la del
alicantino, lo cual apartó el verbo latino de la conversa. Avisado de los gustos e inclinaciones del
leído, el de la Huerta no tardó en caer en la cuenta de cuán grandes eran las inteligencias de
Prudente en los tenebrosos asuntos que cautivaban su atención.

Juan cuestionaba y cuestionaba, buscando en las pesquisas e indagaciones la luz que alumbrara
la oscura senda de sus incertidumbres. El jurisconsulto, con el vivo entusiasmo del condenado que
recibe al visitante en la soledad de su calabozo, iba levantando los velos que ocultaban los
enigmas que atormentaban a su inesperado huésped, martirizándolo con cada revelación.
Con la claridad del oráculo, auguraba la difusión de las filosofías y procederes plasmados en
el Martillo de Brujas a todos los territorios de la cristiandad. Sensato era creer que la

persecución de herejes por el Santo Oficio español no tardaría en alcanzar a las encantadoras, a
las mancebas de Lucifer, y que aquella cacería comenzada en los territorios alemanes habría
continuación en los reinos hispánicos, dominios ambos, al fin, del mismo monarca y emperador. Y
así, llegado fuera el momento, la vieja y timorata cristiandad de la antigua villa alicantina no
habría duda en señalar a la morisca ante los inquisidores en la creencia de su condición de mágica

hechicera causante de todos los males que les aquejaban. Y estos, con el poderoso y despiadado
Martillo, no habrían de hacer sino golpearla obsesivamente pues, como toda mujer, inclinada era,
de natura, a las artes demoníacas, a la brujería. Y es que aquel infame Martillo, maestro de
inquisidores, era guía para el adiestramiento de aquellos canes de presa de hábitos religiosos en
el rastreo y captura de la casta de pecaminosas damas pues todas ellas, sin excepción, portaban en
su seno irremediablemente la semilla del mal. Así, las doncellas de costumbres licenciosas eran

deseadas por el Gran Vicioso; y de igual modo las incrédulas, las infieles o las despechadas. Mas
también las damas virtuosas, que tras su aparente recato y continencia, no escondían otra cosa sino
impuros pensamientos y libidinosos apetitos. El demonio, conocedor de las imperfecciones de
estas y aquellas, podía tomarlas y tener ayuntamiento carnal con todas ellas para, insuflándoles su
inmundo germen, perpetuar su funesta prole.

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