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El abrazo del centinela (Pdf o Epub)

Ficha

Título: El abrazo del centinela
Autores: Elena Reyes
Editorial: Planetalector Chile
ASIN: B082X5PMQT
Fecha: 26 dic 2019
Tamaño: 1.11MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Historia
Páginas: 367
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

ane se ha enfrentado a muchas cosas en el pasado, aunque jamás ha estado tan cerca de la muerte. Su espíritu aventurero la conduce por lugares sorprendentes y sus sueños parecen hablarle del destino, pero serán sus decisiones las que marquen su camino…

Leer el primer capítulo:

“El sonido del gotero resultaba hipnótico. Fuera, las luces de los coches se alzaban y
desvanecían con ligereza. Los pasos presurosos de las enfermeras me taladraban los oídos cada
pocos minutos. La cabeza me iba a estallar.

Hacía horas que no aparecía ningún médico y
sentía el bombardeo de la impotencia en cada poro de mi piel. Me sudaba la frente y las manos,
apenas podía respirar. ¿Cómo podía hacer tanto calor en aquella habitación? Me acerqué al
abuelo y palpé su cara, estaba frío como el mármol.

Al levantar mi mano observé aterrada que
había dejado mis huellas grabadas como si de un hierro al rojo vivo se tratase. Su piel
desprendía humo y un ligero olor a quemado. Comenzó a brotar sangre y el calor bañó con
fuerza mis entrañas. Enseguida me di cuenta de que era yo quien estaba echando humo. Miré
las manos asustada y paralizada, observé como comenzaban a desaparecer entre una nube de
cenizas y sangre…”

Desperté de golpe bañada en sudor, con las manos frías y el estómago revuelto. Aún podía
percibir el olor en el ambiente. Escuché el teléfono y medio desorientada descolgué, pero no me
atreví a mover los labios:

—Jane… Jane por favor no me cuelgues —la voz suplicante de mi madre me produjo un nudo
en el estómago —¿Dónde estás? No apareces por casa… por favor necesito verte, saber que estás
bien.

—Estoy bien —observé al abuelo. Dormía plácidamente, una máquina le proporcionaba todo
el oxígeno que necesitaba —He venido a verle.
—Nosotros estuvimos ayer.

—Procuro venir cuando no estáis —me arrepentí de esas palabras de inmediato.
—¡Ya basta!… Jane déjate de juegos —el llanto se transformó en rabia —Esto se ha acabado,
vamos a volver a Glasgow.
—No mamá, no pienso irme, al menos no hasta que se recupere el abuelo —colgué sin dar
tiempo a que contestara.

Eric entró en aquel momento con dos cafés de máquina y unas ojeras moradas bajo los ojos.
Parecía haber envejecido diez años de golpe. Tomé el vaso y di un sorbo corto antes de notar que
quemaba demasiado como para bebérmelo del tirón.

—¿Alguna novedad mientras he estado fuera?
—No, nada —obvié contarle la pesadilla —¿Y Brad?
—Tampoco… ¿Crees que despertará?

—Estoy segura —le sonreí y le estreché la mano-Hemos salido de cosas peores.
—¿Con quién hablabas?
—Mi madre, está empeñada en que vuelva a Glasgow —le miré cansada.
—Ya lo resolveremos —dejó que me despidiera del abuelo y nos marchamos.
La casa de los Walash se había convertido en mi residencia temporal. El jardín trasero aún
tenía restos de la boda y por más que quitábamos adornos siempre aparecía alguno más.
Seguramente se debía al viento.

El abuelo había estado a punto de morir. Cuando lo llevaron al hospital su corazón se había
parado oficialmente, pero habían conseguido reanimarlo después de varios intentos.

Ahora, días después, seguía estando muy débil y la culpa me reconcomía cada noche. Soloesperaba poder hablar un momento con él y disculparme, pero las veces que había ido lo había
encontrado dormido. Mi madre y mi padre habían iniciado una campaña de caza y captura y se las
ingeniaban para intentar dar conmigo, pero no lo iba a poner fácil.

Por supuesto, ya habían visitado la casa de los Walash en mi busca, pero Linda había sido muy
convincente. Nadie, excepto Sam, sabía que ahora vivía con ellos. Mentiría si dijera que echaba
de menos a mi familia, porque no era así. Mi nuevo hogar me aportaba calor y apoyo y me sentía
como una más entre ellos. Aunque faltara Brad…

No lo había olvidado ¿Cómo podría hacerlo? Aprovechaba las visitas al hospital para pasar
por su habitación y verlo dormir. Le agarraba la mano y le pedía que volviera pronto. Aunque al
cruzar el umbral todo siguiera igual, siempre salía con la esperanza de que al volverme tendría los
ojos abiertos.

El abrazo del centinela – Elena Reyes.epub
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