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El adelantado Juan de Oñate (Pdf o Epub)

Ficha

Título: El adelantado Juan de Oñate
Autores: Álber Vázquez
Editorial: Acantilado
Fecha: 05 ene 2020
ASIN: B07M6LFNTP
Tamaño: 2.48MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Historia
Páginas: 289
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

Juan de Oñate es el último de los grandes conquistadores españoles y ha decidido encontrar el reino perdido de Quivira, un lugar cuya ubicación exacta nadie conoce, pero cuyas riquezas son legendarias. Para lograrlo, Oñate dispone de una pista que va a seguir hasta el final. Así, en 1600, emprenderá un

viaje de casi dos mil kilómetros que lo llevará hasta las Grandes Llanuras de Norteamérica. Luchará contra los indios que encuentre a su paso, sorteará innumerables adversidades y será el primer blanco que contemple las infinitas manadas de bisontes. Una vez más, España, a través de sus gentes, estuvo antes que nadie allá donde no había llegado ningún europeo.

Leer el primer capítulo:

¿Tú qué piensas? ¿Acaso tendrían alguna posibilidad de sobrevivir si el grupo se quebrara?
—Mire ese tipo de ahí —expresó el capitán Montesinos.
—¿A quién se refiere? —preguntó Zaldívar. Señalaban siempre con la mirada—. ¿Al de las
cejas pobladas y los pómulos sobresalientes?
—No, capitán. Al que está a su lado. Al que tiene un poco de panza. ¿Lo ve?
—Sí… ¿Crees que ese puede mandar algo?

—Diría que sí, capitán. Mire cómo el resto de hombres se sitúa junto a él.
Lo hicieron. Se tomaron un par de minutos para observar y comprendieron que la posición de
los guerreros con respecto a él no era aleatoria sino consciente. Algunos, digamos que unos siete u
ocho hombres, se emplazaban muy cerca de él, casi pegados. Después, existía un segundo círculo
de guerreros que, de cuando en cuando, enviaban vistacitos en su dirección. Por fin, el tercer
círculo se parecía a un cielo que no sabe si encapotarse o despejar: rondaban de un lado a otro, en
grupos muy reducidos, pero sin cuajo, sin aplomo, a lo tonto. Guerreros jóvenes y sin apenas
experiencia que estaban a verlas venir.

—De acuerdo —aceptó Zaldívar—. Interroguemos al gordo.
Los españoles avanzaron lentamente hacia el lugar donde se hallaba el tipo. Quien no movió
una ceja mientras lo hacían, lo cual los convenció, precisamente, de que no habían errado en su
elección.

—Hola —dijo el sargento mayor cuando se encontraron a unos cinco o seis pasos de
distancia. Mostraba las manos en señal de paz y hablaba despacio, con tono tasquero, franco en
apariencia, hasta divertido: como si pasaran por allí y se hubieran detenido para hablar de lo
bonito que se había quedado el día—. ¡Hola!
El gordo no dijo ni pío, si bien contaban con ello. Esto siempre funcionaba así, aunque
sorprenda.

—Somos españoles —continuó Zaldívar. Se señaló la coraza y el morrión y sonrió para que
pareciera que solo estaba diciendo obviedades—. Españoles.
El quivira continuó en silencio y sosteniéndoles la mirada. Bien. El hombre estaba
interesado.

—Es-pa-ño-les —repitió, por tercera vez, y silabeando hasta la teatralidad, Zaldívar—.
¿Qué me dices? No será la primera vez que has visto a uno de los nuestros, ¿verdad?
Entonces, el gordo dijo algo en jerga y varios guerreros hablaron entre sí.
—Me da que no le está entendiendo, capitán —apuntó Velarde.
—Ni una puta palabra —se sumó Villaviciosa.

—Claro que no me entienden —repuso el sargento mayor sin tan siquiera mirarles a la cara
—. Pero de algún modo tendremos que intentarlo, ¿no? ¿O nos damos media vuelta y regresamos a
San Gabriel solo porque aquí no hablan en cristiano?
—Teníamos que habernos traído a Jusepe —expresó Muñoz.

—Ya estamos con Jusepe… —suspiró Zaldívar antes de volver a concentrarse en el quivira
—. Mira, tío, tú no estarías por aquí hará ahora unos seis años…, ¿me sigues? Te lo digo porque,más o menos por entonces, pasó por este lugar una expedición de españoles. Gentes con caballos,
barbas y tal…

—Sabe de lo que le está hablando, capitán —aseveró Villaviciosa.
—Le han brillado los ojos —confirmó Ayarde—. Yo también lo he visto, capitán. El gordo
sabe de lo que le habla.
—Bien por usted, capitán —aplaudió Montoya, que era de los más jóvenes de la dotación y
no perdía ocasión de hacerse bueno a ojos de la oficialidad.
—¿Cerráis el puto pico de una vez y me dejáis que prosiga? —se enfadó en voz muy baja
Zaldívar.

—Adelante, capitán —animó Velarde—. Son suyos.
Zaldívar ni siquiera hizo una pausa antes de continuar.
—¿Qué me dices, tío? —le preguntó directamente al jefe gordo—. ¿Sabes algo de un
español?
El sargento mayor se quitó el morrión, lo sostuvo con una mano y lo señaló con la otra. Al
hacerlo, dejó a la vista una melena de pelo sucio y grueso que, allá donde el morrión se apoyaba
en la cabeza, había formado un surco del grueso de un dedo.
De pronto, el quivira reaccionó.

—Español —dijo con un acento lamentable que provocó la hilaridad en los soldados.
—Al que se ría, lo frío —sentenció el adelantado. Todos enmudecieron de inmediato.
—¡Sí, exacto, español! —exclamó Zaldívar—. ¡Lo has entendido, tío listo!

Sonreía tanto que parecía que, en cualquier momento, fuera a desencajársele la mandíbula. El
sargento mayor volvió a encasquetarse el morrión, no sin antes propinarle un golpecito con los
nudillos para que a los salvajes no les cupiera duda: portamos mucho metal encima y el metal,
acordaos, os da un miedo que tira de espaldas. No intentéis nada, ¿vale?

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