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El sol como disfraz (Pdf o Epub)

Ficha

Título: El sol como disfraz
Autores: Pedro Sorela
Editorial: 13insurgentes
Fecha: 01 ene 2020
Tamaño: 1.34MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Historia
Páginas: 356
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

Pisotones, fotos y portadas que buscan retener en titulares el día fugitivo…. el verdadero protagonista de esta novela es La Crónica del Siglo, un periódico que podría ser casi cualquiera. En el apogeo de su éxito no previsto, Pedro Sorela muestra cómo quienes lo escriben son periodistas más de carne que de hueso.

Leer el primer capítulo:

—Pues tú verás —le dijo su jefe cuando Sofía le informó de que no había forma de localizar a
Ramón Elarso.
Y Sofía comprendió que ese túverás era una prueba… y decidió convertirla en oportunidad. Si
la ganaba, ya no tendrían excusas para no sacarla de la sección que llamaban Nacional pero era
de Partidos políticos e intrigas de tercera, y que ella vivía con el mismo hastío que los chismes

del internado, cuando chica. Demasiada obviedad. Lo que sobre todo le repugnaba era que se
valorase la capacidad de explotar la afición de los políticos al chisme como un talento

periodístico. Siendo así que los políticos están tan ansiosos de aparecer, existir, aunque sea tras
la máscara de «fuentes bien informadas», como humildes porteras pendientes del porno rosa.
Aunque para entonces sus jefes ya debían de intuir que Sofía no tenía de Magallanes más que
el apellido, y que no porque un tatarabuelo suyo hubiese sido valido de la Reina y otro fuese uno

de los retratados por El Greco en El entierro del conde de Orgaz, con barba negra y palidez de
santo (es el que se sujeta con la izquierda una cruz de Santiago en el pecho), ella debía saber
cómo moverse entre intrigas de ministros. O de dirigentes de una oposición por entonces ya más
tolerada que clandestina.

Es más: si su apellido sonaba bien entre los invitados a una boda también hacía de lastre pues
inducía a la gente a desconfiar. ¿Acaso el Magallanes más conocido no fue uno que abandonó la
única gestión inteligente de los Borbones ante Napoleón porque se lio con una de sus primas, en la
desabrigada corte francesa, y se olvidó de la gestión igual que Marco Antonio cuando fue a Egipto
a por Cleopatra? Bien es verdad que, de haber tenido éxito, Goya no hubiese dibujado Los
desastres de la guerra con los que comenzó el periodismo moderno en España. Nunca se sabe
cómo acertar.

Su aspecto tampoco ayudaba: Sofía tenía el de una niña bien de Madrid, incluida cierta altivez
nasal y algo del aire rapaz de la familia, que por otra parte no se correspondía con su carácter.
Pese a sus vaqueros y los jerséis holgados que en la universidad usan las chicas con cuerpos
antidemocráticos para disimularles a sus compañeros diferencias sin duda injustas, tenía modales
que no se podían esconder. Ni siquiera en la socializada España, donde no es fácil deducir la
declaración de impuestos del acento o la ropa.

Y eran esos apellidos y aspecto, precedidos de una llamada telefónica con el a quién, cuándo
y de parte de quién adecuados, los que le habían conseguido un puesto de reportera en la
redacción de Mensajero, en una época en que, con los periodistas en paro, se hubiese podido
armar un ejército para declararle una guerra a Marruecos.

Pero además Sofía había sido dotada de unas piernas largas y… ¿cómo decirlo?… un culo que
a sus veintipocos años hacía que el corazón de los hombres brincase en busca de aire. Sobre todo
el de los redactores jefe, cuando lo veían alejarse, después de haber entregado el trabajo de la

jornada, y se hacían la ilusión de alguna vez ponerle la mano encima. El apellido del culo y su
clase eran lo que le daba sustancia al desafío. Pues por entonces no solo se escribía a máquina
con copias en papel carbón, lo que obligaba a los periodistas a cruzar las redacciones para
entregar sus artículos —todavía no enviarlos apretando un botón del ordenador, como pequeñostorpedos de papel—, sino que además los redactores jefe podían invitar a sus redactoras a cenar

sin ser señalados por acoso. Algunas de ellas, incluso, seducían a sus jefes en lo que parecía un
recurso más, y no por ello, no siempre, eran acusadas de alpinismo. Es posible que también le
encontrasen cierto erotismo al malhumor que en los redactores jefe va con el cargo. Es
comprensible pues parece que manda y en realidad obedece.
«Tú verás», le dijo Dimas Foz, el suyo. Y por el tono se veía que era una prueba. Y una orden.
El mismo ojo con que la miró Ramón Elarso cuando lo abordó Sofía, después de tres días de
espera, al regresar de un viaje. Se resistía.
—No soy yo, señorita.

Negaba la evidencia pues Sofía conservaba en su abrigo una foto de Elarso que le había dado
su jefe —era por lo visto un legendario viajero, en un país por entonces de inmóviles—, y claro
que era él: alto y algo agachado, nariz más bien aguileña, mostacho canoso de explorador, frente
amplia, mirada impaciente y con ojeras que debían de tener que ver con su maleta de cuero
flexible y muy usada. La metía ya en el portal.

Aqui abajo les dejare los enlaces directos para su descarga gratis:

El sol como disfraz – Pedro Sorela.epub
El sol como disfraz – Pedro Sorela.pdf