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Niebla (Pdf o Epub)

Ficha

Título: Niebla
Autores: Miguel de Unamuno
Editorial: Alienta Editorial
Fecha: 07 feb 2020
Tamaño: 0.79MB
Idiomas: Español
Genero: Libros de Historia
Páginas: 247
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

Miguel de Unamuno escribió «Niebla», en 1907, y desde su primera publicación en 1914 no ha dejado de reeditarse y se ha traducido a multitud de idiomas, lo que prueba su interés y vigencia, pero ¿qué es «Niebla»? Su autor la calificó de «novela malhumorada», de «nivola»,

de «rechifla amarga». La realidad supuesta de «Niebla» es la de un caso patológico en busca de su ser a través del diálogo, pero el autor ha organizado esta anécdota en un juego de espejos,

un laberinto de apariencias y simulacros donde al final lo único real es el propio acto de lectura que estamos realizando, en el que Unamuno da a sus lectores importancia de recreadores, de eslabón final de la cadena narrativa.

Leer el primer capítulo:

—Que con esas cosas me hace usted llorar, don Augusto…
—¡Angel de Dios!
—No diga usted esas cosas, don Augusto.

—¡Cómo que no las diga! Sí, he vivido ciego, tonto, como si no viviera, hasta que
llegó una mujer, ¿sabes?, otra, y me abrió los ojos y he visto el mundo, y sobre todo
he aprendido a veros a vosotras, a las mujeres…
—Y esa mujer… sería alguna mala mujer…

—¿Mala?, ¿mala dices? ¿Sabes lo que dices, Rosario, sabes lo que dices? ¿Sabes
lo que es ser malo? ¿Qué es ser malo? No, no, no esa mujer es, como tú, un ángel;
pero esa mujer no me quiere…

no me quiere… no me quiere… —y al decirlo se le
quebró la voz y se le empañaron en lágrimas los ojos.
—¡Pobre don Augusto!
—¡Sí, tú lo has dicho, Rosario, tú lo has dicho!, ¡pobre don Augusto! Pero mira,
Rosario, quita el don y di: ¡pobre Augusto! Vamos, di: ¡pobre Augusto!
—Pero, señorito…

—Vamos, dilo: ¡pobre Augusto!
—Si usted se empeña… ¡pobre Augusto!
Augusto se sentó.
—¡Ven acá! —la dijo.
Levantóse ella cual movida por un resorte, como una hipnótica sugestionada, con
la respiración anhelante.

Cogióla él, la sentó sobre sus rodillas, la apretó fuertemente
a su pecho, y teniendo su mejilla apretada contra la mejilla de la muchacha, que
echaba fuego, estalló diciendo:
—¡Ay, Rosario, Rosario, yo no sé lo que me pasa, yo no sé lo que es de mí! Esa
mujer que tú dices que es mala, sin conocerla, me ha vuelto ciego al darme la vista.

Yo no vivía, y ahora vivo; pero ahora que vivo es cuando siento lo que es morir.
Tengo que defenderme de esa mujer, tengo que defenderme de su mirada. ¿Me
ayudarás tú, Rosario, me ayudarás a que de ella me defienda?
Un ¡sí! tenuísimo, con susurro que parecía venir de otro mundo, rozó el oído de
Augusto.

—Yo ya no sé lo que me pasa, Rosario, ni lo que digo, ni lo que hago, ni lo que
pienso; yo ya no sé si estoy o no enamorado de esa mujer, de esa mujer a la que
llamas mala…
—Es que yo, don Augusto…
—Augusto, Augusto…

—Es que yo, Augusto…
—Bueno, cállate, basta —y cerraba él los ojos—, no digas nada, déjame hablar
solo, conmigo mismo. Así he vivido desde que se murió mi madre, conmigo mismo,
nada más que conmigo; es decir, dormido. Y no he sabido lo que es dormir

juntamente, dormir dos un mismo sueño. ¡Dormir juntos! No estar juntos durmiendo
cada cual su sueño, ¡no!, sino dormir juntos, ¡dormir juntos el mismo sueño! ¿Y si
durmiéramos tú y yo, Rosario, el mismo sueño?
—Y esa mujer…

—empezó la pobre chica, temblando entre los brazos de Augusto
y con lágrimas en la voz.
—Esa mujer, Rosario, no me quiere… no me quiere… no me quiere… Pero ella me
ha enseñado que hay otras mujeres, por ella he sabido que hay otras mujeres…

y
alguna podrá quererme… ¿Me querrás tú, Rosario, dime, me querrás tú? —y la
apretaba como loco contra su pecho.
—Creo que sí… que le querré…
—¡Que te querré, Rosario, que te querré!
—Que te querré…

—¡Así, así, Rosario, así! ¡Eh!
En aquel momento se abrió la puerta, apareció Liduvina, y exclamando: ¡ah!,
volvió a cerrarla. Augusto se turbó mucho más que Rosario, la cual, poniéndose
rápidamente en pie, se atusó el pelo, se sacudió el cuerpo y con voz entrecortada dijo:

—Bueno, señorito, ¿hacemos la cuenta?
—Sí, tienes razón. Pero volverás, eh, volverás.
—Sí, volveré.
—¿Y me perdonas todo?, ¿me lo perdonas?
—¿Perdonarle…

qué?
—Esto, esto… Ha sido una locura. ¿Me lo perdonas?
—Yo no tengo nada que perdonarle, señorito. Y lo que debe hacer es no pensar en
esa mujer.
—Y tú, ¿pensarás en mí?
—Vaya, que tengo que irme.
Arreglaron la cuenta y Rosario se fue. Y apenas se había ido entró Liduvina:
—¿No me preguntaba usted el otro día, señorito, en qué se conoce si un hombre
está o no enamorado?
—En efecto.

—Y le dije en que hace o dice tonterías. Pues bien, ahora puedo asegurarle que
usted está enamorado.
—Pero ¿de quién?, ¿de Rosario?
—¿De Rosario…? ¡Quiá! ¡De la otra!
—Y ¿de dónde sacas eso, Liduvina?
—¡Bah! Usted ha estado diciendo y haciendo a esta lo que no pudo decir ni hacer
a la otra.

—Pero ¿tú te crees…?
—No, no, si ya me supongo que no ha pasado a mayores; pero…

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