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Tiempo de siega (Pdf o Epub)

Ficha

Título: Tiempo de siega
Autores: Guillermo Galván
Editorial: Ediciones B
Fecha: 29 dic 2019
ASIN: B07L9CM5PJ
Tamaño: 1.68MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Historia
Páginas: 367
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

Madrid, 1941: Carlos Lombardi, expolicía criminalista y ahora preso político por lealtad a la República, cumple redención de pena en Cuelgamuros trabajando en las obras para el mausoleo del Valle de los Caídos. Pocos días antes de Navidad Lombardi es liberado inesperadamente y trasladado a las dependencias de la Policía, donde le recibe su antiguo jefe Balbino Ulloa,

a quien años atrás ayudó a no ser expulsado del cuerpo facilitándole un improvisado carné del Frente Popular. La policía del Nuevo Régimen le necesita para resolver un caso que a pesar de lo escandaloso no se ha filtrado a la prensa: el asesinato de un sacerdote que ha sido degollado, torturado y castrado.

El horrendo crimen parece haber sido cometido por el mismo asesino al que Lombardi pisaba los talones en 1936, antes de la Guerra. Ulloa le insta a hacerse cargo de la investigación como una comisión de servicio y la promesa de un posible indulto en el futuro…

Leer el primer capítulo:

La foto muestra al hombre tendido sobre un charco oscuro y un sombrero al fondo. La segunda
detalla el cuello ensangrentado de la víctima y un profundo corte. Una tercera revela en primer
plano el rostro del cadáver y la macabra protuberancia carnosa que sobresale de su boca.
El resto de las fotos no necesita verlas. Deja caer el lote sobre la mesa y descuelga el
teléfono.

El coche se desliza entre la bruma con la parsimonia de una lombriz. El asfalto helado aconseja
prudencia y el vehículo tarda una eternidad en cubrir los últimos metros hasta la garita. Una vez se
detiene, los dos soldados de guardia, enguantados, embutidos en sus gabanes hasta las orejas y
sorprendidos por la imprevista visita de un coche del Parque Móvil, ven salir al copiloto, un tipo
con abrigo cruzado y sombrero de fieltro bien calado que esconde la mirada con unas gafas
oscuras. Se identifica como policía y les entrega un documento.

Tras leerlo, uno de los soldados
se pierde entre el grupo de edificios que hay a pocos metros, un heterogéneo conglomerado de
chozas levantadas con materiales de aluvión en torno a un cobertizo algo más sólido.
—¡Joder, qué frío os gastáis por aquí! —El recién llegado se alza las solapas sin ocultar del
todo la camisa azul mahón que lleva bajo la chaqueta.

—Sí, llevamos un diciembre fresquito —confirma el soldado antes de sorberse la nariz.
De entre las chabolas surge una moto con sidecar que toma un camino ascendente hacia un
edificio en construcción. Aunque la niebla impide una visión completa, el macizo rocoso que
domina el valle resulta sobrecogedor, y el petardeo de la moto ni siquiera araña al desatado
aullido del viento.

Enseguida regresa el segundo guardia, acompañado por un funcionario de prisiones que saluda
con un toque sobre la visera de su gorra. Al reparar en la camisa falangista del policía, alza el
brazo con aire marcial.
—¡Arriba España! En nada se lo traen —añade sumiso entre bocanadas de vaho.
—Pues lo espero dentro del coche, que yo ya he pasado mucha mili y por lo menos me ahorro
este puñetero viento.

—Disculpe —se atreve el funcionario a interrumpir la deshonrosa retirada—. ¿Debemos darlo
de baja o se trata solo de una diligencia?—¡A mí qué me cuentas! Ya te lo comunicarán —replica airado el otro antes de encerrarse con
un portazo.

El policía se mantiene a resguardo del viento helado en compañía del conductor, un silencioso
número de la Policía Armada, hasta que la moto regresa para detenerse a la altura de la garita. Del
sidecar se apea un barbudo que viste jersey azul de cuello vuelto, chaquetón del mismo color,
pantalones de pana marrón y roídas botas de trabajo. No hay saludos entre ellos: el policía se
limita a esposar a un recién llegado que casi le saca la cabeza y conducirlo al asiento posterior
del coche.

Cuando el vehículo da media vuelta entre patinazos para perderse en el pinar nevado, el
funcionario de prisiones intercambia una mirada inexpresiva con los soldados, se encoge de
hombros y regresa a paso rápido al abrigo de su brasero.
En la pared que guarda las espaldas de Balbino Ulloa hay un crucifijo de tamaño más que
respetable flanqueado por dos retratos:

uno de Franco y otro de José Antonio Primo de Rivera,
este último con una banda de luto sobre su esquina superior derecha. Una bandera bicolor con el
águila de San Juan ocupa el primer rincón, y la rojinegra de Falange el opuesto. El resto del
despacho tan solo está amueblado con un par de sillas de madera tapizadas en azul y situadas
frente a la imponente mesa ante la que se sienta el propio Ulloa.

Se pone en pie cuando ve entrar a Carlos Lombardi, y con un gesto despide al agente que lo ha
conducido a su presencia. Una vez a solas, cubre la distancia que lo separa del preso con la mano
extendida.

—Me alegro de verte, Carlos. Y de verte más o menos bien.
El interpelado ignora el saludo y clava su mirada en la de Ulloa. Sus ojos parecen bayonetas
dispuestas al cuerpo a cuerpo. Ulloa retira la mano, que traza una cabriola en el aire para señalar
una de las sillas.

Aqui abajo les dejare los enlaces directos para su descarga gratis:

Tiempo de siega – Guillermo Galvan.epub
Tiempo de siega – Guillermo Galvan.pdf