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El último epitafio (Pdf o Epub)

Ficha

Título: El Último Epitafio
Autores: Jaime Saíz
Editorial: Alba editorial
Fecha: 01 ene 2020
ASIN: B07XWMYS2F
Tamaño: 2.26MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Poesía
Páginas: 367
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

El cadáver de un hombre despierta no solo la curiosidad, sino el temor, ya que es un importante político. Un pueblo de solo 300 habitantes que prefiere ir muriéndose uno a uno los miércoles de cada semana. Un joven con síndrome de Down que se convierte en detective para solucionar el crimen. Un caso

entreverado entre asesinato y raras creencias de un pueblo aislado del mundo, habitado por ancianos que fueron abandonados por sus descendientes y están obsesionados con la muerte. Un alcalde que no recibe salario y un cabo de la policía incapaz de actuar. Entre maldiciones, misterios, el asesino suelto llega al pueblo embrujado el teniente Torrealta quien junto a Ulises tratarán de resolver el caso.

Leer el primer capítulo:

Ulises pendula su cabeza como si marcara el tempo de un adagio.
―Llévatelo preso ―dice el teniente al oído de su acompañante―. No
soporto que esté siempre tan seguro.
― ¿Dónde lo meto? ―Duda el policía.
―Bajo la tierra ―dice rabioso.

El policía bajito se dispone a prenderlo, cuando todos en la calle,
observadores declarados, corren a sus casas. Los topetazos metálicos del
parque tocan a rebato. Sacude la cuerda del badajo una y otra vez, una
anciana, de las autorizadas a meter alarmas. Ulises imita a la muchedumbre y
corre a resguardarse; si le da tiempo tendrá que dirigirse hacia su casa, si no,
meterse en cualquiera que le brinde refugio.

Primero, un olor a tierra mojada, luego el rumor de aguas lejanas y el
viento tolerante que llega como en una reunión inicua. En menos de dos
minutos nadie queda desprotegido de aquello tenebroso que se abalanzaría
sobre ellos, fuera lo que fuera. Solo los atónitos investigadores, que miran sin
comprender nada, quedan a merced de una imprevisible amenaza. Una mujer
asoma su cara arrugada y les avisa:

―Corran al hotel.
― ¿Qué sucede? ―Averigua el teniente acercándose a la ventana de la
avisadora.
―Un nubarrón que anuncia aguaceros. Mire arriba. Ahí viene el enano
Salvador y le puede ocurrir una desgracia.
― ¿Qué? ―Pregunta el policía bajito sin que hubiera entendido nada.―Aquel que no se proteja lo puede fulminar un rayo u otra cosa

cualquiera. Quién sabe ―agrega la mujer.
Los dos investigadores se paran en medio de la calle y toda la tromba
de agua les cae encima. Según el teniente: para demostrar que no llevaban
razón aquellas creencias esquizofrénicas. El policía bajito tiembla por dentro
ante lo fortuito, ―experto que es en estos trances―, pero no puede hacer otra
cosa que obedecer a su jefe.

Cuando el aguacero pasa, los dos están ensopados, pero vivos y sin
daños visibles. Solo cuando suben al primer corredor de la calle, saben de
qué se trata. Sus ropas están tan sucias y ajadas como si acabaran de salir de
una carreta repleta de carbón y los hubieran restregados en ella. Y otra cosa va
notando el teniente mientras camina, quien prefiere guardársela y correr al
socorro del hotel: Solo había llovido en el cuadrante de la calle principal; un

diluvio sobre ellos dos, como regalo de mala bienvenida y, para colmo, su
traje comienza a encoger de tal manera que le va estrangulando el cuerpo y al
mirar a su subalterno, este enseña las piltrafas que viste, que parecen las
banderas de un barco al capricho del viento. Corren al hotel, a esconder la

torpeza de soportar las maldiciones que manda el enano Salvador, desde el
cielo encapotado.
Como resultado del aguacero imprevisto, las hojas secas del roble del
parque y las flores amarillas podridas que lo tapizan están todas en la casa de
doña Clotilde Poliveros, soltera a rabiar, de ochenta despilfarrados años en
una sola pieza de huesos casi por fuera del pellejo arrugado. Las hojas de los
mangos abundosos y hasta de los jobos empinados del arroyo y los laureles
nuevos, acuden al corredor de la solterona Clotilde como una cita de basuras,

reniego de la naturaleza. Nadie sabe, ni siquiera Pepa o los juiciosos que se
reúnen en el bar de Fin ―que de cerveza en cerveza despachan los misterios
de la mente―. Nadie logra conjeturar siquiera qué fuerza endemoniada las
conducen hasta allí. Sean las borrascas, los remolinos del Infierno de la

temperatura, la brisa nipeña del amanecer. Sea una sola de estas tres fuerzas
que dominan al pueblo según los caprichos de los cuatro rumbos cardinales
sujetos al brío de los conjuros, en el corredor de barandas cruzadas de
Clotilde, se acumulan farragosas. Aunque sople el ventarrón contrario a su
casa, allí atrancan la entrada. Nadie se pudo explicar nunca el enigma de tal
marejada en dirección diversa del viento.
El teniente regresa a la calle principal después de cambiarse de traje.

Llega solo. No lo mortifica el calor inclemente de verano que sintió el primerdía de su arribo y, sin embargo, no bate viento alguno por ningún punto vital de
la ruleta del parque. La calma es inquietante, como un presagio recóndito que
sigue la tempestad que se vino abajo una hora antes. El teniente mira las hojas
del roble y queda abrumado, ni siquiera un milímetro se movieron en el rato

que mantuvo los ojos pasmados que comenzaron a lagrimear y le hace que
saque un pañuelo para enjugarlos. Pero no siente calor. Entonces, sufre las
arenas del desierto en los ojos y pide agua a la señora Gabina Ponte, viuda de
Herminio, que hace rato lo mira desde su balance inmóvil, y quien le aconseja:
―No le ponga agua, que se puede quedar ciego.
El teniente le cree. Guarda demasiados enredos de ideas que le indican
el riesgo de desoír los avisos de las viejas zahoríes. Por eso le pregunta:
― ¿Qué hago?

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El Ultimo Epitafio – Jaime Saiz.epub
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