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A veinte años, Luz (Pdf o Epub)

Ficha

Título: A veinte años, Luz
Autores: Elsa Osorio
Editorial: 13insurgentes
Fecha: 29 dic 2019
Tamaño: 1.35MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Terror
Páginas: 256
ISBN-10: 9788498411997
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

«A Veinte Años, Luz» convierte en materia literaria los casos de apropiación de niños nacidos en cautiverio durante la última dictadura militar argentina. A Luz se la cree muerta, y nadie la busca, es ella misma, a los 20 años, quien inicia el camino hacia la verdad.

Osorio construye una narración que se lee como un thriller y que es, al mismo tiempo, una historia sobre la búsqueda de la propia identidad, descrita con mezcla de ternura y dura realidad, de cálido humor y denuncia implacable.

Leer el primer capítulo:

Yo quería hablar con usted a propósito de Liliana.
Solo después de un largo silencio y en un tono muy seco:
—Liliana ¿qué?

—No sé, no sé el apellido, justamente, esa es una de las razones por las que quiero hablar
con usted. Hace ya unos meses hablé con Miriam López, ella me dio su nombre. Miriam.
—¿Quién?
—Miriam López.
—No la conozco.

—No, ya sé. Ella lo buscó en la guía telefónica hace muchos años. Pero mal, creía que
tenía una «e» el apellido, Esquirru, así, con «e» adelante. Yo me di cuenta de que Squirru empieza
con «s» —ni breve, ni escueta, ni clara, estaba arruinándolo todo, quiso llamarlo a Ramiro para
que él le explicara—. Miriam me dijo que Carlos Squirru era el compañero de Liliana hace…veintidós años —mal, pero se lo había dicho y él no respondía nada, ni la respiración se
escuchaba—. ¿Usted tenía una compañera que se llamaba Liliana?
—¿Y tú quién eres?

—Yo soy… me llamo Luz. Estuve averiguando muchas cosas en el último tiempo, por todos
lados, pero me faltan datos. Es difícil explicárselo así, por teléfono. ¿Podríamos encontrarnos? —
El silencio se le hacía demasiado largo de tolerar—. Liliana quería decirle algo a usted antes
de… Por favor, ¿podríamos vernos?
—¿Conoces el Café Comercial?

—No, pero no importa. Dígame dónde es y voy.
—En la Glorieta de Bilbao. En una hora.
—Sí —alegría y miedo, todo junto—. ¿Cómo vamos a reconocernos? No sé cómo es usted.
Yo soy rubia, voy a llevar una blusa verde y un libro en la mano.
—Vale, adiós.
Ramiro estaba abrazándola cuando colgó. Luz se largó a llorar.
—Lo hice todo mal, ¿me escuchaste, amor? Nunca me dijo que era el compañero de
Liliana, pero si aceptó verme es porque es él, ¿no?

Ramiro le daría de comer a Juan y la esperaría allí mismo: Llamame si me necesitás.
Se bajó en cualquier esquina de la Glorieta de Bilbao y preguntó a unos chicos por el Café
Comercial. Cruzó la avenida. Sentía que sus pies no pesaban, que su cuerpo entero era
inconsistente y que podía caerse en cualquier momento. Ese irreal calor seco de julio la envolvía
como si quisiera tragársela. «Bochorno» lo había llamado el chofer del taxi, y Luz pensó que era
la primera vez que entendía el significado de esa palabra.

Había mucha gente sentada en las mesas de la terraza. Se dio cuenta de que no podía
distinguir una persona de otra: bultos indiscriminados. Se quedó parada un rato blandiendo el
libro en su mano. Si Carlos estaba allí, se acercaría. Lo mejor sería entrar, beber algo helado y si
no aparecía al cabo de un rato, volver a salir a la terraza.

El aire acondicionado la reconfortó de inmediato. ¿Cuál de esos hombres solos sería él? Se
sentó en una mesa y paseó su mirada por el café. Ese hombre que estaba en la mesa de al lado
debía tener unos cuarenta y tantos años. De todos modos, ella no sabía cuántos años tendría
Carlos. El hombre la miraba, pero no, no podía ser él, no le haría esa sonrisa.
Con la mirada fija en la puerta, Luz pidió una Coca-Cola con limón. Carlos se acercó por
atrás, se puso enfrente de Luz y la miró.

—¿Carlos? —preguntó Luz dudando si extenderle la mano o no y su brazo cayó sobre la
mesa cuando él se sentó frente a ella como todo asentimiento.
Ninguno de los dos parecía querer abrir el diálogo. Carlos abrió y cerró la boca al mismo
tiempo que Luz. Esa incomodidad en espejo les arrancó una sonrisa.

—Estoy bastante desconcertado. No sé quién sos, ni quién es esa tal Miriam, ni por qué me
estás buscando. Vos no podés haber conocido a Liliana, sos muy joven.
Le trajeron la Coca-Cola y Carlos pidió un whisky.
—Ella le dijo a Miriam López su nombre.
—¿Miriam estaba en el campo de detención?
—No precisamente.
—¿Entonces dónde?

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