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Años tempestuosos (Pdf o Epub)

Ficha

Título: Años tempestuosos
Autores: Charlotte Link
Editorial: 13insurgentes
Fecha: 29 dic 2019
Tamaño: 1.71MB
ISBN: 9788477302216
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Historia
Páginas: 278
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

Verano de 1914. Europa hierve, y para la joven y atractiva Felicia Degnelly la vida ya no consiste en cómodos inviernos en Berlín y jubilosos veranos en Lunnin, la gran finca de sus abuelos en la Prusia

Oriental, pues su estable y próspero mundo se tambalea cuando estalla la Primera Guerra Mundial… Un trepidante novela histórica de gran calado, enormes sentimientos y prosa delicada.

Leer el primer capítulo:

El día de junio declinaba envuelto en la luz roja y dorada del atardecer. Por el cielo se
deslizaban un par de deshilachadas nubes, en los prados cantaban los grillos, y las hojas de los
árboles susurraban quedamente. Los bosques de abetos se oscurecían en el horizonte, y las
sombras se alargaban sobre los campos. Los troncos de los pinos relucían en tonos castaños.
—Mañana regreso a Berlín —dijo Maksim.

El luminoso crepúsculo perdió al instante su esplendor. Leticia Degnelly, sentada junto a
Maksim en la orilla de un arroyo, alzó la vista con expresión de alarma.
—¿Mañana? Pero… ¿por qué? ¡Si el verano acaba de empezar!
La respuesta de Maksim fue evasiva.

—Tengo que reunirme con unos amigos. Unos amigos importantes.
—¡Camaradas! —exclamó Felicia en tono burlón, pero el único objeto de su mofa era el de
disimular lo dolida que se sentía.
Los dichosos camaradas eran más importantes que ella y que el verano que les hubiese
aguardado en el campo, lleno de atardeceres como aquél.

Miró de reojo a Maksim y pensó con amargura: «¡Tú no sabes lo que quieres!».
Pero en su interior se daba cuenta de que Maksim lo sabía perfectamente. Los pensamientos de
éste estaban encadenados a una idea, no a ella. Y nunca pronunciaba las palabras que otros
hombres decían cuando la tenían cerca, frases como «Eres muy bonita» o «Creo que podría
enamorarme de ti». No; sus temas eran cosas tan extrañas como subversión, revolución mundial,

repartición de la propiedad, expropiación de los bienes de las clases acomodadas… Que para él
existía un mundo al que ella no tenía acceso ni él se lo permitiría, era algo que había comprendido
casi dos años atrás, el día del cumpleaños del emperador, en Berlín, cuando paseaban por las
calles observando el júbilo de la gente y en el rostro de Maksim luchaban la ira y el cinismo.

De
pronto, él había murmurado unas palabras que luego resultaron proceder de Marx: «Este hombre
sólo es rey porque otros actúan como sus súbditos».
—¿Qué dices?
Inesperadamente, su boca había adquirido un gesto despectivo y casi brutal.
—¡Tanto da! —había replicado, al mismo tiempo que examinaba con menosprecio el elegante
vestido y el nuevo sombrero que Felicia se había puesto para agradarle—. ¡Tanto da! De cualquierforma, nunca lo comprenderás. ¡Nunca!

Tenía razón: ella no lo comprendía. No comprendía que él se apasionara por una idea,
mientras que a ella la apasionaba la vida. Maksim quería transformar el mundo en bien de la
humanidad, y Felicia…, Felicia sólo quería lo mejor para sí misma. Pero además quería conseguir
a Maksim Marakov.
Él era hijo de un ruso y una alemana; había pasado la juventud entre Petrogrado y Berlín y
acudía todos los veranos a la finca que unos parientes poseían en las afueras de Insterburg, ciudad
de la Prusia Oriental, no lejos de Lulinn, propiedad de los abuelos de Felicia.

Maksim tenía
cuatro años más que ella, y desde un principio habían sentido ambos una mutua y mágica
atracción. Los dos eran morenos, de ojos claros y facciones regulares, por lo que mucha gente los
tomaba por hermanos. Cuando estaban juntos, se sumergían en un mundo que sólo les pertenecía a
ellos, y su niñez quedó envuelta en el encanto de unos juegos secretos no interrumpidos por nadie.

Los huertos de Lulinn, los bosques y lagos de alrededor y las extensas praderas constituyeron los
escenarios de su relación. Pero en algún momento de algún verano, Maksim y Felicia volvieron a
sus escenarios de entonces, y apenas se reconocieron. Ella iba muy elegante, con los cabellos
recogidos y una sonrisa un poco artificial a la que se había acostumbrado. Maksim, en cambio,
llevaba ropa gastada y se lo veía pálido y desmejorado. Los dos se habían hecho adultos, y sus
primeros pasos en el nuevo camino conducían en direcciones distintas. Ahora sólo los unían sus
recuerdos, pero el futuro parecía ofrecer poco en común.

Y, de repente, Felicia se dio cuenta de que lo amaba. Lo amaría siempre.
Amaba aquel mundo oscuro y desconocido que no comprendía. Amaba sus ojos desdeñosos y
las palabras de menosprecio que tenía para la burguesía establecida. Amaba sus cínicos
comentarios sobre el káiser, y amaba la viva alegría de su rostro cuando hablaba de la revolución.
Felicia amaba todo eso, sí, pero no percibía ni la seriedad ni la pasión que había detrás. No sabía
ver que sus respectivos mundos se excluían el uno al otro.

Tenía dieciocho años, poseía una sana confianza en sí misma, y ni en sueños se le hubiese
ocurrido leer El capital con el único fin de poder conversar sobre algo que no la afectaba en
absoluto.
Para ella, lo importante eran los propios ojos, la boca, sus sedosos cabellos, los vestidos de
gran escote y los perfumes misteriosos.
Permanecieron sentados en silencio hasta que se puso el sol, y ese silencio representaba la
despedida de una época que había transcurrido de manera casi imperceptible. Al fin, Maksim se
levantó, tomó la mano de Felicia y la hizo ponerse de pie junto a él.

—Ha refrescado —dijo—. Debiéramos volver a casa.
Estaban los dos muy cerca. Felicia llevaba un sombrero de paja barnizada de azul y ala muy
ancha.

Anos tempestuosos – Charlotte Link.epub
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