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El ajedrecista (Pdf o Epub)

Ficha

Título: EL AJEDRECISTA
Autores: Esteban Navarro
Editorial: Publisher
Fecha: 30 dic 2019
ASIN: B0826Z9F14
Tamaño: 0.84MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Terror
Páginas: 267
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

Sergio y Ángela, un matrimonio de recién casados, adquieren un piso de segunda mano en una calle de poco tránsito. En el trastero hay pertenencias del propietario, fallecido diez años atrás, y la intermediaria de la venta (una amiga de la actual propietaria) les dice que una vez adquieran el piso se pueden deshacer de esos efectos. Antes de cerrar el trato, les hace un suculento descuento con una única

condición: tendrán que conservar el baúl de tres cerrojos que hay en el trastero hasta que la propietaria (que reside en una residencia de ancianos) fallezca.
El matrimonio acepta el trato. Pero durante los días siguientes, después de firmar la hipoteca, comienzan a preguntarse qué hay en ese baúl.

Leer el primer capítulo:

Sergio, como buen policía, se informa y sabe que el edificio lo mandó construir Anselmo Calenda,
un conocido chatarrero de Mataró. Lo había edificado sobre un antiguo desguace de los años
cincuenta que, cuando funcionaba, ocupaba toda la calle. Al desaparecer la empresa, el terreno se
vendió y se construyeron varios edificios que conforman el barrio. Ese bloque fue el primero en
edificarse y el dueño se quedó un piso en la segunda planta.

Trinidad tiene una edad indeterminada, difícil de precisar. Es de ese tipo de personas que lo
mismo pueden tener sesenta años, como setenta u ochenta. La ausencia de arrugas y el caminar
erguido le confiere un aspecto saludable. Cuando quedan frente al bloque les relata, como buena
anciana, parte de su vida. Mientras habla hace esfuerzos para que no se le note que tiene que
respirar por la boca, porque si no se ahoga.

—Enviudé cuando la guerra civil —les dice rebuscando la llave en su bolso.
No se lo creen. En ese caso, la señora debe tener noventa años como mínimo.
—Esperad aquí un momento —se excusa—, la llave me la he dejado en mi casa.
El matrimonio observa como camina recta por la acera y se mete en un portal que hay dos números
más abajo.

—Esa mujer es muy mentirosa —le dice Ángela a su marido, como si la conociera.
—Deja que se explique —contraviene Sergio—. A la gente mayor le gusta contar su vida, les hace
sentirse importantes.

Sergio tiene la misma edad que su esposa. Hace unos años que accedió a la policía nacional y
finalmente le han concedido el traslado para poder mudarse desde Barcelona a Mataró. Mientras
esperan contemplan los dos enormes bolardos que evitan que por la calle pueda pasar nada más
ancho que una bicicleta. En la parte trasera del bloque hay una montaña de roca con un conjunto de
pinos mediterráneos en su montera.

—¿Sois de Barcelona? —se interesa la anciana cuando regresa.
—Vivimos allí —responde Sergio—. Pero yo soy originario de Murcia. Aunque mis padres
vinieron aquí cuando yo era pequeño, y aquí me he quedado.
—¿Y tú? —le pregunta a Ángela—. ¿De dónde eres?
—De Barcelona —responde con semblante serio.

—Y por lo visto os queréis venir a vivir a Mataró —asegura sonriendo—. ¿Trabajas por aquí? —
le pregunta directamente a la chica.
—No, de momento. Pero trabajaré en breve.
—Te lo pregunto porque me suena mucho tu cara. —Ángela demuda la expresión—. ¿Cómo te
llamas?

—Ángela.
—¿Ángela qué?— Ortega.
—Ángela —repite murmurando—. Es un nombre precioso. ¿A qué te dedicas?
—Soy gemóloga.
—¿Gemóloga? No sé qué es.
—Básicamente me dedico a la evaluación de piedras preciosas y gemas. De ahí el nombre de
gemología.

—Entiendo. ¿Y tú? —le pregunta a Sergio—. Os parecerá que soy una cotilla, pero es que en los
tiempos que corren es indispensable saber quiénes son los que vamos a meter en nuestros pisos.
—Soy policía nacional y, de momento, tampoco trabajo en Mataró. Pero lo haré en breve, ya que
me han concedido una plaza en su comisaría.

—Ah, bueno. Un policía siempre es alguien de fiar.
Sergio asiente con una sonrisa.
—¿Y tú has estado alguna vez por aquí?
—Alguna vez —responde—. Pero siempre de paso.
—Apuesto a que fue por alguna discoteca.

—Apueste que ganará —acepta—. La discoteca Chasis es un buen reclamo.
—No perdamos más tiempo que seguro tenéis cosas que hacer. Venid que os mostraré el piso —
dice abriendo la puerta del vestíbulo con una llave que todo el rato sostiene en la mano—. Esta
puerta es de hierro forjado. Se escucha mucho al principio,

pero pasados unos días el oído se
acostumbra y ya veréis como ni siquiera os dais cuenta de que esta puerta existe. Y una de las
mejores cosas de este bloque son los vecinos: hay pocos y bien avenidos. Si os lo quedáis no
tendréis ningún problema con ellos.

EL AJEDRECISTA – Esteban Navarro.epub
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