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El cazador de la Patagonia (Pdf o Epub)

Ficha

Título: El cazador de la patagonia
Autores: Francisco Rodríguez Tejedor
Fecha: 17 feb 2020
Tamaño: 1.15MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Terror
ASIN: B084VPRD34
Páginas: 354
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

La venganza se convierte en el motor de la vida de aquel a quien se lo han quitado todo y cree que la justicia reparadora deviene en un imposible. Ese objetivo justiciero personal quedará entonces grabado a fuego en sus entrañas y no cejará hasta que lo logre, hasta que consiga apagar esa inmensa sed que le arde por dentro.

El problema del vengador es que necesita información, un plan meticuloso y capacidades y entereza para llevarlo a cabo en el momento más adecuado posible. Y aliados fiables si el enemigo es poderoso. Hay que ser todo un estratega de la venganza.

La guerra entre los padrinos de las mafias, en esta historia la mafia porteña argentina y la mafia del Golfo de Cádiz, siempre es una lucha por el poder, por la conquista del territorio en el que desarrollar de forma impune sus actividades: droga, prostitución, juego, armas, blanqueo, etc.
Para lograr una venganza personal en medio de una guerra entr

e mafias, que tienen sus propios intereses, se necesita mucho valor, mucha inteligencia y mucha suerte. Y, sobre todo, echar los sentimientos a un lado, para que no nublen la mente ni alteren el pulso ante la posibilidad de un certero disparo.

Leer el primer capítulo:

C
1
uando una cuenta su vida, y más si al hacerlo la escribe dado que quedará ahí indeleble
para siempre, ha de decir la verdad. Su íntima y absoluta verdad. Porque es lo único que
merece la pena. Desde luego para los demás, que sabrán cómo palpita en cueros un ser como
ellos. Y, sobre todo, para ti mismo. Porque así volverás a vivirla de nuevo.

Así que yo voy a decir la verdad. Toda la verdad y nada más que la verdad. Ese será mi
objetivo en todo momento. Pero, en mi caso, mi vida la escribiré por otro motivo adicional, tan
importante o más que el primero. Un motivo muy especial que el lector descubrirá y entenderá
cuando conozca bien esta historia.

Sí, la primera vez que disparé sentí como un escalofrío que me recorrió la espalda. Fue
como una culebrina, portadora de un valor, y a la vez de un temor, íntimo e importante. Como
cuando me acercaba hasta el borde del acantilado de los “Los Peñazos” y luego me atrevía a mirar
abajo, donde las olas se rompían en mil cintas de espuma.

Y aguantaba allí, sin pestañear, un buen
rato, mientras se me serenaba la respiración y el pecho volvía a latirme cadenciosamente.
Sí, así fue, más o menos, esa sensación de cuando mis primeros disparos siendo un niño de
apenas doce años. En mil novecientos noventa y cinco.

Y entonces, en aquellos momentos, se me
solía poner un rictus en la boca de un aplomo que impresionaba. Que daba miedo. Igual que el de
los toreros cuando, estoque en mano, se la jugaban y entraban a matar al volapié.

Eso fue al menos lo que me dijo mi abuelo, cuando me vio acercarme así al acantilado de
Los Peñazos, que rugía como un barranco invadido por una jauría de lobos.
Y luego añadió, mirando fijamente al oleaje que rompía con violencia contra el
despeñadero.

– Tienes que aprender a disparar. ¡Vas a ser un gran cazador!
Así que, en los días siguientes, me estuvo llevando al campo a tirarles a una fila de botes
de latón que colocaba sobre las viejas paredes que cercaban al ganado.

Pero, para mí, pasada la primera vez, las primeras veces, aquella intensa sensación fue
desapareciendo. Sí, aquello no pasaba de ser como dispararles a los marcianos de la vieja
máquina del bar, con la facilidad añadida de que los botes ni siquiera se movían.

Por ello, aquel adiestramiento, en su rutina posterior, no me reportaba a mí emoción alguna,
salvo la del olor misterioso y penetrante de la pólvora que me invadía después. Aunque sí iba yo
aprendiendo a atemperar cada vez mejor mi respiración y a adecuarla a aquel momento vital
único: cuando tenía el punto de mira sobre el bote y el sol sacaba de éste un último destello, antes
de que yo apretara el gatillo y saltara por los aires.

Tardó en llevarme a cazar de verdad como un mes, o más. Él me observaba en silencio, sin
decirme nunca nada, mientras yo hacía saltar los botes, cada vez de forma más precisa. A veces
terminaba la munición y volvía yo la cabeza y lo miraba. Y le sorprendía con un gesto entre
admirado y pasmado y con los ojos perdidos en el horizonte.

– Cada uno hemos nacido en la vida para una cosa. Y tú has nacido para esto – me susurró
entre dientes por fin un día en que no fallé ni un solo disparo.
Yo miré al abuelo que fruncía los ojos tratando de abarcar todo el horizonte quemado. Y no
pude por menos que contestarle. A él, y a mí mismo y, quizá también, al mundo entero que, en
aquel momento, era la planicie de “Las Calaveras”, aquel páramo quemado a veces por el sol, las

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