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Él solo era un salvaje (Pdf o Epub)

Ficha

Título: Él solo era un salvaje
Autores: Tamara Karabo
Editorial: Plaza & Janés
Fecha: 25 dic 2019
Tamaño: 0.39MB
Idiomas: Español
ASIN: B082XJ5TZW
Literatura: Libros de Terror
Páginas: 267
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

Ambientada en la primera mitad del siglo XIX.
Renata, mujer sensata y resuelta, es la única superviviente de un naufragio en una costa africana, territorio de un hombre salvaje que la captura.

Comienza así una historia de desarrollo personal, de encuentro con sus propias perversiones. Un descubrimiento desde lo más profundo de su mente hacia la persona que tanto había soñado ser. Incluso sin saberlo.

Leer el primer capítulo:

Los fuertes vientos del suroeste elevan las olas hasta una altura de veinte metros. La goleta
Victoriosa, un pequeño punto entre el bravo oleaje, zozobra con la última embestida del mar y se
dirige peligrosamente hacia los arrecifes. Es lo último que recuerda Renata antes de que se hiciera
todo negro: esos arrecifes oscuros que atisbó a través del tupido manto de agua cuando los rayos
iluminaron el cielo desde la cubierta, negros como las garras de un león infernal. La mujer

aferrada a su misal rezó a su Dios, y pensó que era el fin, el fin de su vida, y extrañamente se
sintió llena de paz, porque por fin sería libre. Libre…
El trinquete de proa se troncha y se precipita sobre la cubierta. Gritos, exclamaciones
pidiendo misericordia a Dios, alaridos de terror, crujidos, el estruendo de la colisión. Renata grita
también, y parece despertar de su sopor, rebelándose a su destino. A sus veintiséis años de edad

siempre ha sido una mujer práctica y sensata, que ha sabido afrontar las adversidades con buen
ánimo. En estos momentos de nada sirve llorar, gritar o rezar. Y como dice su madre: a Dios
rogando, y con el mazo dando, así que se libra del miriñaque, de la falda amplia, del corsé,
arranca la toca de su cabeza y la capa de piel y, simplemente ataviada con la blusa interior y los
calzones de algodón, se lanza al agua agarrada a un barril.
El calor es insoportable, el sol parpadea cruel en el cielo sobre las copas de los frondosos
árboles, los mosquitos la acribillan y aún no ha podido encontrar agua potable o algo que llevarse

a la boca desde que despertó en esa playa. La mujer no puede avanzar más, el cansancio le impide
dar ni un sólo paso. La sed abrasadora la consume y cae de bruces, extenuada, delirando,
murmurando frases sin sentido.

—Cabo de las Tormentas, eso sí, pero cabo de Buena Esperanza… ¿Por qué llamarlo así?
¿Porque los marineros esperan de buena fe poder pasarlo sin naufragar en el empeño? Esperanza…
No tengo ninguna. Sobrevivo a un naufragio y voy a morir de inanición y de sed en esta jungla,
llena de bichos, de animales salvajes. Bueno, al menos no voy a tener que vivir con ese hombre a

quien detesto. El señor Van Groter. August Van Groter. Incluso su nombre demuestra su soberbia y
prepotencia. No es una buena persona, pero es rico. Muy rico. Adecuado para salvar las deudas
de mi familia… Mi padre… que vuelve a venderme al mejor postor, otro matrimonio de
conveniencia… Casada de nuevo por poderes y obligada a reunirme con él en el culo del mundo…
Van Groter. No es bueno. Lo sé. Envió un daguerrotipo con su retrato. Sus ojos son crueles, como
los de un ave de rapiña. Pero es que ya no queda nada de lo que me dejó mi difunto esposo, don
Rodrigo, un buen hombre, un santo varón, un negado para los negocios, Dios le tenga en su gloria.
Fijo que estará en el cielo, un viejo aburrido tanto en la vida como en la muerte, oliendo a

incienso y a cera de cirio de iglesia, cara de pergamino amarillo arrugado como una pasa. Pasas.
Dulces. Pastelitos de pasas con almendras y una jarrita de zumo de limón…
Renata pierde el sentido. Una furtiva sombra sale de entre los árboles y la tupida maleza.
Lleva siguiéndola durante mucho tiempo, cauteloso. Las manos fuertes la cogen como si fuera una

pluma. Un grupo de monos salta y grita al paso de la enorme sombra que se interna en la espesura
cargada con su presa al hombro, como si fuera un fardo.
Recuerda haber bebido algo dulce, como zumo de frutas, entre la niebla del sueño y la
debilidad. Renata abre los ojos. La suave y persistente lluvia retumba sobre el techo de la tosca

cabaña hecha de troncos y ramas. Varias cosas la dejan paralizada. La primera es la ausencia total
de su ropa, está completamente desnuda en un suelo mullido de hojas tiernas. La segunda es que
tiene las manos atadas, unidas con unas cuerdas rudimentarias a un saliente de un tronco de lapared.

El solo era un salvaje – Tamara Karabo.epub
El solo era un salvaje – Tamara Karabo.pdf

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