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Estocolmo (Pdf o Epub)

Ficha

Título: Estocolmo
Autores: Rodolfo Alpízar Castillo
Editorial: Ediciones Versátil
Fecha: 01 ene 2020
Tamaño: 1.41MB
ASIN: B07YYH6CDV
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Terror
Páginas: 278
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

Estocolmo: una novela que no dejará impasible a ningún lector. Presentes en esta magnífica narración están el asesinato y la búsqueda de un asesino en serie. En algún momento, escenas de maltrato físico, muerte violenta de un personaje ante los ojos del lector: elementos básicos de una novela policial. Pero Estocolmo no es una novela policial; antes del crimen y la indagación, se ha asistido a otra muerte, callada, en vida: la anulación paulatina de una mujer por el hombre que eligió como marido. Una mujer que, como muchas,

intenta mantener ante sí misma la fachada de un “hogar perfecto”. La violencia física, pues, no es la tónica de la obra, sino el maltrato cotidiano, moral, que borra la personalidad, al cual, sin embargo, la propia víctima se acomoda poco a poco, hasta crear una “zona de confort” donde se siente segura, hasta convencerse de que, fuera de ese espacio, ya no podrá vivir. Después de leer la novela Estocolmo sería

bueno preguntarse “amigo lector” cuántas mujeres que conocen padecen el síndrome Estocolmo, cuántas están conscientes de padecerlo y sobre qué preceptos descansa la satisfacción personal de muchas féminas, la vida holgada y la paz hogareña.

Leer el primer capítulo:

María T, pero María S se negaba a aceptarlo. Cómo se le
ocurría pensar algo así. Si nunca antes se habían visto, ¿por
qué querría él lastimarla? Quien andaba mal de la cabeza era
el a, viendo agresiones por todas partes.

«Estás paranoica», insistió. Él era un poco machista, lo
admitía, y hasta algo rudo en algunos momentos, pero eso era su forma natural de ser, era así con
todo el mundo, no se trataba de nada especial contra el a, a quien ni siquiera conocía. A
el a también le había dolido un poco la mano cuando se

la apretó por primera vez, era su manera de saludar, ruda,
demasiado masculina tal vez. Además, suponiendo que
fuera cierto que hubiera intentado lastimarla, ¿qué sentido
tenía hacerlo? Sabiendo que eran amigas, ¿para qué querría
enemistarse con el a?

«No, te lo digo…, es que estás predispuesta contra él… No
sé por qué…, porque sí». Era eso todo lo que ocurría.
«Y quizás ni se dio cuenta de que te dolía… Como tú
sonreías mientras te apretaba la mano, ni se enteraba…
Viéndote, yo tampoco hubiera imaginado que te dolía…».
María T comenzaba a pensar que María S estaba, poco

a poco, dejando de ser la mujer que hasta entonces había
conocido, «¿O será que siempre fue así». Sentía deseos de
no continuar insistiendo en el tema, de dejarla que se diera
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de cabeza contra la realidad, que aprendiera con los golpes.Pero ¿cómo estar tranquila sabiendo que su amiga iba por

un camino que la conduciría al desastre? Tampoco quería
asumir una actitud intransigente que pusiera en peligro la
amistad que se profesaban. Nada, que debía comenzar a tener
paciencia con el a.
Se dijo que su pensamiento no era tan exacto: A decir
verdad, no se trataba de que María S estuviera cambiando:

«Ya lo hizo; ya hace rato que no es la misma persona». Se
deslumbró al conocer a aquel hombre, y estaba ciega por él.
«Ciega porque no quiere ver, que es peor».
Esa ceguera voluntaria la llevaba a justificar cuanta actitud
extravagante o decididamente anormal él asumiera, cuanta
acción irracional realizara, incluso sus defectos más que

evidentes. Él era un hombre excepcional para el a, y no tenía
por qué actuar como todo el mundo, «Y a mí eso no me
molesta, al contrario», se justificaba a sí misma.

Era todo lo contrario, verdaderamente: El a se sentía muy
feliz de que alguien tan especial como El Ingeniero se hubiera fijado en el a. Un futuro radiante la
esperaba a la vuelta de la esquina, tal vez imaginaba.
«Aunque la verdad es que el a siempre tuvo esa tendencia»,

admitió María T consigo misma, «Tampoco debería tomarme
por sorpresa».
Al decirse eso, le venía a la men

te cuánto se había ilusionado María S con Amigo —él sí era una
persona maravillosa,
recordaba con algo de nostalgia—, pero que jamás hubiera
podido enamorarla. Pero el a se empeñó en no ver en Amigolo que todo el mundo veía, y que, él por su parte, estaba lejos de esconder.
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«¿Pero es que al menos alguna vez te enamoró…, alguna vez te dijo Te amo?», emplazó a la amiga,
rompiendo el

silencio en que se había envuelto por unos instantes.
Ante la pregunta, María S —la misma María S de quien en
otros tiempos se burlaban las amigas por su romanticismo
pasado de moda, quien hasta hacía poco buscaba al hombre
perfecto y acaso soñaba con príncipes azules

Estocolmo – Rodolfo Alpizar Castillo.epub
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