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Heredarás nuestros pecado (Pdf o Epub) (01)

Ficha

Título: Heredarás nuestros pecados
Autores: Alejandro Riera Guignet
Serie: I de Almas rotas
Editorial: Alfaguara
ASIN: B07TFLJYRF
Fecha: 01 ene 2020
Tamaño: 0.68MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Terror
Páginas: 367
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

¿Determinan los pecados de los adultos el futuro de los niños?
A través de los ojos de una mujer enamorada descubriremos el enigma de uno de esos niños maltratados.

Pero ¿existe una salida para un laberinto que se halla en la propia mente?
Dos jóvenes enamorados se adentrarán en un mundo inquietante donde los pecados del ayer han regresado para amenazar su felicidad. Con la ayuda de una pareja de psicólogos y con su amor como único amparo descenderán al infierno de la violencia de género y del maltrato infantil.
Primera novela de la serie “Almas rotas” que desciende a los misterios más ocultos de la mente humana.

Leer el primer capítulo:

Nunca lo olvidaré. Lo decidimos una noche y, al día siguiente, María se
puso al volante para llevarme a la casa de mi pasado. El viaje fue tranquilo y
silencioso. Yo estaba inquieto en el asiento. Me imaginaba el horrible
escenario que me iba a encontrar. María me hablaba para calmarme pero, poco
a poco, el paisaje que atravesábamos empezó a serme familiar y me estremecí
en el asiento. Al acercarnos al pueblo temí que la gente me reconociera como
uno de los “raros de la colina”. Para mi sorpresa, al llegar nadie me

reconoció. Habían pasado muchos años. Nadie relacionó al hombre con gafas
y perilla con el joven delgado y de mirada huidiza que caminaba nervioso
junto a los muros de la escuela. María y yo nos dirigimos sin más a la cabaña
de la colina. Hasta ese momento me creí fuerte, pero al reconocer los
alrededores, la valla de madera, los alambres, la gasolinera… el miedo
volvió como una enfermedad. María estaba al volante, pero lo notó.
—¿Estás bien? —me pregunto inquieta.

—No te preocupes, lleguemos hasta el final.
La casa me pareció más pequeña. Eso, en lugar de calmarme, me angustió.
En mi recuerdo la casa era un inmenso barracón de maderas crujientes y de
sombras inmensas, pero ante mí sólo había una pequeña cabaña ¿Cómo había
vivido entre esos tablones durante tantos años? En los alrededores los
hierbajos lo habían tomado todo. No se oía nada. Pude abrir la puerta
empujándola. Una fina capa de polvo cayó entonces sobre nosotros. El salónestaba desierto. Unos rayos de luz, oblicuos, iluminaban con rayas blancas los

muebles abandonados. Corrí al que había sido nuestro cuarto, fue lo primero
que hice con la vana esperanza de encontrar a mi hermano en su cama. Nada:
vacío igualmente. Las sábanas tenían manchas de moho como si una especie de
lepra hubiera infectado la tela. Un pájaro se oyó desde el exterior y noté
entonces el silencio. Nadie en el cuarto de mis padres. No había nadie. Antes
de irme recordé nuestro escondite en el armario. Me acerqué y vi el cerrojito
que había puesto para Diego:
—Está roto…

Y lo dejé colgando de la puerta. En ese momento me puse a llorar. María
me cogió de la mano y me susurró: “No soporto verte sufrir tanto… dejemos
este cementerio de recuerdos… busquemos a alguien que nos pueda ayudar”.
Y salimos a la luz del día.
—Vamos al pueblo —propuso— a lo mejor saben algo.
Se trataba de un pueblo minero casi abandonado. Las leyendas hablaban de
un pasado de valiosos yacimientos y de mineros que habían encontrado la
riqueza en el interior de la montaña. Pero lo cierto era que se trataba tan sólo
de un pueblo miserable con una gasolinera, un comercio y un bar para escasos
parroquianos.

En el bar nos recibieron como a dos desconocidos. Yo no me identifiqué.
Lo prefería así. No quería que me relacionasen de ninguna manera con mi
padre y sus desmanes. Nos hicimos pasar por compradores.
—¿Sabe si está en venta la casa de la colina? —le pregunté al dueño del
restaurante.
—¿La cabaña? ¿Para qué la quiere? Está abandonada desde hace años.
—Está bien situada. Y allí hay mucho aire puro.
—Pues quédese con el aire y deje la casa. Nadie la quiere. El
ayuntamiento ni se ha molestado en derribarla. Es para las liebres y los
hierbajos.

—Pues parece una buena compra… —insistí— ¿sabe quién es el dueño?
—Mire, no tiene dueño. Desapareció hace tiempo. Él desapareció y a su
mujer la ingresaron en un psiquiátrico. Tenían un crío… y fue a protección de
menores. Vivían como animales. La madre apareció un día por el pueblo
deambulando como un fantasma con el pequeño cogido de la mano. Parecía
una auténtica loca. La policía intervino y lo descubrieron todo: habían estado
viviendo entre la mierda… no podían ni avanzar entre los restos… Pues ésa es
la historia. Y como es lógico nadie quiere comprar “la casa de los locos”.

Heredaras nuestros pecados – Alejandro Riera Guignet.epub
Heredaras nuestros pecados – Alejandro Riera Guignet.pdf

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