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La fórmula deseada (Pdf o Epub)

Ficha

Título: LA FÓRMULA DESEADA
Autores: Menchu Garcerán
Editorial: Plaza & Janés
Fecha: 25 dic 2019
Tamaño: 1.39MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Terror
ASIN: B082XJXF3J
Páginas: 321
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

Tras años de investigación, Diana Manetti ha dado con la fórmula de un fármaco que parece paliar una dolorosa enfermedad. Las horas de investigación han dado su fruto y se ha convertido en una pieza clave del laboratorio para el que trabaja, el Pharmaceutical Industries. Una mañana, al llegar a su despacho, se encuentra todo patas arriba e inmediatamente siente un fuerte golpe en la cabeza que la deja inconsciente. Cuando despierta,

un ángel imponente la está atendiendo. Adam Howard, el dueño de los laboratorios, no puede creer que alguien haya conseguido entrar en su laboratorio. Si la intención era hacerse con la fórmula que acaban de descubrir? ¡van listos! Está dispuesto a protegerla con su vida si es necesario. Pero proteger la fórmula no es su único objetivo; el principal es mantener a salvo a Diana, una mujer que no solo llevará a Pharmaceutical Industries a las portadas de las revistas clínicas sino que obtendrá algo más importante que su empresa: su corazón!

Leer el primer capítulo:

L A VISITA DE UN ÁNGEL

Un férreo dolor en la nuca se abrió paso a través de su recién recuperada conciencia.
Abrió los ojos despacio, vio lo que tenía delante y volvió a cerrarlos con fuerza. Después, los
abrió de nuevo. La figura seguía allí, no se había movido ni un ápice. Su cerebro funcionaba
despacio, claro que a lo mejor ni siquiera funcionaba. Eso era; había muerto y estaba en el
cielo. La prueba era el ángel que tenía delante.

Siempre había oído decir que los ángeles no
tienen sexo. Mentira. Ese lo tenía y era masculino. Sin duda. Un ángel negro; pelo oscuro y ojos
de un imposible color dorado. Olía a cuero; con toda seguridad provenía de su chaquetón, tan
negro como su cabello. Diana pensó que sus labios debían estar adornados por una sonrisa muy
tonta, pero aquella visión la hacía sentirse en la gloria. La sonrisa se transformó en un gesto de
malestar cuando aquel ser celestial la sacudió.

Parecía que le gritaba. Era imposible porque los
ángeles ni gritaban ni zarandeaban a los recién llegados al paraíso. Ese, en concreto, debía de
tener muy mal genio, se dijo mientras volvía a cerrar los ojos.
—Señorita Manetti, despierte. No se le ocurra dormir. —Adam la movió con una
suavidad que contradecía el tono de su voz. No podía permitir que volviera a quedar
inconsciente.

Nada más llegar a España, Adam decidió que, antes de ir al hotel, pasaría por la oficina;
quería encontrar a Armiñana antes de que éste se fuera a casa, pero no lo había conseguido. El
guardia de seguridad le informó de que la única persona que quedaba en el edificio era la
señorita Manetti.

Puesto que ella era la causa de su viaje, pensó en adelantar trabajo y fue en su
busca. Al parecer la había encontrado; en no muy buenas condiciones, pero ahí estaba, tumbada
en el suelo en una postura algo forzada. La bata blanca, dos tallas superior a la que necesitaba,
contrastaba con los ceñidos vaqueros, que se ajustaban con perfección a sus piernas, en ese
momento retorcidas.

Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo al pensar en cual podía ser el
resultado de aquella posición. Se arrodilló a su lado y comprobó que estaba viva. Inconsciente
pero viva. Un suspiro de alivio salió de sus labios. Paseó las manos por su cuerpo para
comprobar los daños; un bulto en la cabeza indicaba el sitio donde se había golpeado. Ya más
tranquilo, la observó con detenimiento. Tenía una espesa melena del color del trigo, salpicada
de hebras algo más claras. Sabía que era suave porque se había deslizado entre sus dedos
mientras le examinaba la cabeza.

Durante unos segundos había podido ver de cerca sus ojos, de
un profundo azul oscuro, algo nublados por las consecuencias del golpe. Y quería volver a
verlos. Debía hacerla volver en sí; si no lo hacía, sería necesario pedir ayuda—. Señorita
Manetti, ¿me oye? —Seguía arrodillado a su lado, preguntándose qué habría pasado.

¿Se habríacaído o la habrían atacado? Si era lo segundo, tenían un problema.
Ella se removió y volvió a abrir los ojos, que fijó en él con extrañeza. Intentó
incorporarse a la vez que decía algo ininteligible.
—No se mueva —le indicó él mientras apoyaba una mano grande y morena sobre su
hombro—. ¿Le duele algo?

Ella se llevó una mano a la nuca e hizo un gesto de desagrado. Él detuvo el movimiento.
—No se toque. Tiene un bonito chichón. ¿Algo más?
Diana se limitó a negar con un breve moviendo de cabeza.

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