Saltar al contenido

La séptima mujer (Pdf o Epub)

Ficha

Título: La séptima mujer
Autores: Frédérique Molay
Fecha: 05 feb 2020
Tamaño: 0.95MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Terror
ASIN: B00GX96FUG
Páginas: 426
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

En el legendario Quai des Orfèvres, sede de la Policía Judicial de París, Nico Sirsky sufre más estrés del que su estómago puede aguantar. De vuelta de una visita a la bella doctora Caroline Dalry, le informan de que una mujer ha sido hallada muerta y atrozmente mutilada

Al día siguiente, otra mujer muere en circunstancias similares. En el espejo del cuarto de baño, el asesino ha dejado escrito con sangre: “Siete días, siete mujeres”. ¿A qué clase de macabro juego se está dedicando el psicópata? Nico Sirsky deberá averiguarlo antes de que la ola de crímenes afecte a su entorno más inmediato.

El comisario Nico y su equipo tendrán que enfrentarse con un asesino que está bien informado sobre el mundo de la policía y la vida íntima de los protagonistas.

Leer el primer capítulo:

Marie-Héléne
Se sintió fulminado; la respiración entrecortada, la boca seca, un nudo en la garganta… en caída
libre. Poseía un encanto irresistible; unos treinta y cinco años, un metro setenta, cuerpo esbelto,
cabello castaño y corto, ojos marrones realzados por la discreta montura de sus gafas.

Su voz eradulce y serena. La mirada, cálida y vivaz, resultaba tranquilizadora, mientras que su sonrisa
iluminaba su rostro, una sonrisa magnífica.
No existían palabras para expresar lo que sentía. La miraba fija e intensamente, sin reaccionar.
Se sentía como un adolescente lleno de granos subyugado por la portada del Play Boy.

—Señor Sirsky, ¿no es eso? —le preguntó, sentada detrás de su escritorio, mientras sus dedos
jugueteaban mecánicamente con un bolígrafo.
Asintió.
—Nico Sirsky. ¿Nico es su nombre? —prosiguió con una voz tan excepcional que a partir de
aquel momento la reconocería entre todas.
—Sí, no es un diminutivo.

—¿Cuál es su fecha de nacimiento?
—11 de enero, hace treinta y ocho años.
—¿Y a qué se dedica?
—Estoy divorciado.
Extraña respuesta, pero fue la primera que le vino a la mente al mirarla. Se había casado

demasiado joven, a los veintidós años, y tenía un hijo. Soltero, las mujeres no le interesaban
demasiado, salvo desde un punto de vista sexual. De hecho, ninguna de ellas le había causado
semejante impresión. Creía que esas sandeces solo pasaban en las novelas o en el cine.
—¿Señor Sirsky? —Le metió prisa la joven.

Miró las manos de la mujer. No llevaba alianza.
—¿Señor Sirsky?
—¿Qué quiere saber? —preguntó, avergonzado.
—¡Cuál es su profesión, con eso bastará!
Se estaba comportando como un imbécil…

—Comisario jefe de división.
—¿Y más exactamente?
—Jefe de la brigada criminal de la Policía Judicial de París.
—¿En el número 36 del Quai des Orfèvres[1]?
—Eso es.

—Supongo que es un trabajo estresante.
—Es cierto. Pero imagino que no más que el suyo.
La mujer sonrió. Era maravillosa.
—O sea que lo envía su cuñado, el doctor Perrin —continuó ella con un tono de conversación
banal.

Su hermana había insistido; era como una segunda madre para él.
—¿Qué le ocurre exactamente?
—Nada grave.
—Se lo ruego, permita que sea yo quien lo decida, señor Sirsky.
—Desde hace unos tres meses me duele el estómago.
—¿Ha ido ya al médico?

—Nunca.
—¿Cómo son esos dolores?
—Como ardores —soltó suspirando—. A veces como un calambre…
Confesar una debilidad no entraba en su carácter.

—¿Se encuentra usted más angustiado o más fatigado que de costumbre?
Hizo una mueca dubitativa. Su trabajo le resultaba penoso; se despertaba en plena noche
atormentado por la imagen de cuerpos ensangrentados. Imposible compartir la angustia que lo
asaltaba. ¿Con quién podría haberlo hecho? ¿Con sus colegas? Era verdad que de vez en cuando
pasaban algunas noches bromeando sobre los cadáveres como si quisieran ahuyentar a los

fantasmas. Pero en realidad esa costumbre que describían las telenovelas no resultaba demasiado
conveniente. Lo mejor para conservar los pies en la tierra era volver a casa, encontrarse con la
familia y las exigencias de la vida cotidiana. Las pequeñas preocupaciones tenían la ventaja de
hacer olvidar las sórdidas situaciones vividas durante el día. Por ese motivo había decidido

contratar hombres casados, padres de familia: el ochenta por ciento de su personal respondía a
ese criterio. Ese equilibrio era necesario para soportar la presión de los casos de la brigada
criminal; solamente él no respetaba la regla que imponía a los demás.
—Señor Sirsky, no ha respondido a mi pregunta —se irritó la joven.

Adoptó un aire contrariado que daba a entender claramente a su interlocutora que sus
esfuerzos eran inútiles. No sacaría nada más y cambió de tema.
—Cuando siente ardor, ¿ha encontrado la manera de calmarlo?
—Lo he intentado comiendo, pero la cosa no mejora.
—Ahora desvístase y túmbese en la camilla.

—¿Tengo que desvestirme… del todo?
—Puede quedarse en ropa interior.
Se levantó y obedeció un poco cohibido. Alto y musculoso, con el cabello rubio y los ojos
azules, impresionaba a las mujeres. Ella se acercó y le puso las manos en el vientre liso para
examinarlo.

El comisario se estremeció. Le vinieron a la mente imágenes eróticas. Suspiró
ruidosamente.
—¿No se encuentra bien? —Se preocupó la doctora Dalry.

La septima mujer – Frederique Molay.epub
La septima mujer – Frederique Molay.pdf