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Las cenizas del cielo (Pdf o Epub)

Ficha

Título: Las cenizas del cielo: Una novela de la serie Ira dei (Spanish Edition)
Autores: Mariano Gambin
Editorial: Ediciones Versátil
Fecha: 31 dic 2019
Tamaño: 1.11MB
ASIN: B082T1QR1T
Idiomas: Español
Literatura: Libros de Terror
Páginas: 378
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

Siempre se ha pensado que el incendio de la iglesia de San Agustín en La Laguna se debió a un cortocircuito. Nada hacía pensar que el origen del fuego fuera otro. Hasta hoy.
Una extraña muerte en la catedral pone al inspector Galán y a sus hombres en la senda de un asesino que busca un objeto muy determinado, de valor incalculable, tras cuya pista se encuentra toda la policía europea.

Marta Herrero se dispone a enfrentar los trabajos arqueológicos previos a la rehabilitación de la iglesia. Una labor fácil y rutinaria, a priori. No sabe lo que se va a encontrar desde que desentierre la primera losa sepulcral.
Sandra Clavijo y Luis Ariosto investigan la desaparición de dos personas hace más de cincuenta años. Sus pesquisas se estrellarán con oscuros secretos que tal vez nunca deban ser revelados.

Leer el primer capítulo:

Un sol metálico, en su cénit, aplastaba toda sombra posible sobre el asfalto de la calle de San
Agustín, sin que ninguna pudiera buscar refugio debajo de los vehículos aparcados junto a las
aceras tórridas, rezumantes de invisibles hilos de vapor, sufriendo resignadas el paso del
mediodía.
La tarde de junio, con sus días largos recién estrenados, hacía su entrada con pesadez
somnolienta sobre los tejados de la ciudad, justo cuando esta se tomaba un breve descanso en su
vida cotidiana.
No había nadie en la calle, y por eso nadie vio nada.

Pero pudo haber sido de otra manera, y que algún testigo hubiera visto entrar en la iglesia a una
pareja que se deslizó junto al recinto vallado del patio delantero del Instituto y que se perdió,
cruzando la puerta lateral, en el oscuro interior.

Una atmósfera de oscuridad y recogimiento recibió a los recién llegados. La mujer y el hombre
dejaron a su derecha la capilla de la Candelaria, ignorando su imagen, colocada entre una
Milagrosa y una Virgen del Carmen; igual caso dedicaron a la lápida en la pared que recordaba

que allí descansaban los restos del historiador Núñez de la Peña, fallecido en 1712. Su interés se
destinó a cruzar las naves de la epístola y la central para terminar en la del evangelio, la contigua
al antiguo convento de los agustinos. Pasaron por delante del retablo del Cristo de la cañita, un
Ecce Homo que, sobre una base de plata repujada, mantenía firme la caña en su mano.
Y entonces lo vieron, al fondo, a media luz.

La mujer se acercó unos pasos más, pero se mantuvo a distancia, como si no se atreviera a
avanzar.
Un hombre se encontraba junto a una lápida en el suelo que, extraída de su encaje, permanecía a
un lado. Su sombra impedía ver lo que miraba, debajo de él.

La mujer se acercó por detrás y contempló lo que estaba haciendo. De súbito, recogió la barra
de hierro con la que el hombre había levantado la losa y se acercó al sepulcro abierto.
Al cabo de unos minutos, la pareja salió de la iglesia presurosa. No se detuvieron a mirar atrás
cuando giraron a su derecha, por la calle El Remojo.
Y poco después, comenzó a oler a quemado. En un inicio era apenas perceptible, un aroma
lejano a leña, como si a alguien se le hubiera pasado la hora de la comida y quisiera remediar la
tardanza con prisas.

En unos instantes se abrió paso un olor de barnices en proceso de evaporación. Finas volutas de
humo blanquecino comenzaron a reptar por debajo de las juntas de la puerta principal de la
iglesia.
La iglesia estalló en llamas y la ciudad se despertó.La Laguna, en la actualidad.
Cristóbal Negrín era el monaguillo de la catedral, al menos el de las misas de las siete de la
tarde, las que impartía don Rosendo, el cura titular del templo.

Cristóbal era un hombre maduro de unos cincuenta y pico años, alto, reseco y eternamente serio,
al que la vocación religiosa le había llevado por el camino del servicio más humilde en los
oficios, como monaguillo perenne, en el que se había sentido a gusto durante mucho, mucho
tiempo.
Los que frecuentaban las misas de aquella hora, la última de la tarde, lo conocían
perfectamente; Cristóbal llevaba incontables años ejerciendo de ayudante del cura. Para muchos
feligreses era el monaguillo de la catedral, y lo seguiría siendo, como decía él, «mientras Dios me
dé salud».

Hombre austero y de poco gasto, trabajaba como contable en una empresa de empaquetado de
frutas, y vivía con su anciana madre en una casa terrera de la calle Viana, una de las pocas que no
tenían verodes en el tejado. Nunca se le había conocido relación alguna, cuestión que había
dejado de ser la comidilla del vecindario hace ya muchos años. Su permanencia en el cargo de
monaguillo de la catedral parecía explicarlo todo. La Laguna también era una ciudad de beatos.

Cristóbal se mantuvo concentrado durante toda la misa de aquella tarde, pendiente de que a don
Rosendo no le faltase nada. Se sabía la liturgia de memoria y, como si leyera una partitura
imaginaria, conocía a la perfección el instante preciso en que debía tocar la campanilla que
advertía a la comunidad de la solemnidad de algunos momentos de la celebración eucarística.

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Las cenizas del cielo_ Una nove – Mariano Gambin.epub
Las cenizas del cielo_ Una nove – Mariano Gambin.pdf