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Maldita (Pdf o Epub)

Ficha

Título: Maldita
Autores: Frank Miller & Thomas Wheeler
Editorial: OCÉANO Gran Travesía
Fecha: 28 dic 2019
Tamaño: 6.08MB
Idiomas: Español
ISBN/ASIN: 1108859
Literatura: Libros de Terror
Páginas: 346
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

Aquél que empuñe la Espada de Poder será el único y verdadero rey. Pero, ¿y si la espada ha elegido a una reina?

Nimue creció siendo una marginada. Su conexión con la magia oscura la convirtió en alguien temible para su pueblo Druida, pero ella siempre ha querido escapar de aquellos que la repudian. Hasta que un día su aldea es asaltada brutalmente por los Paladines Rojos, y el destino de Nimue se ve alterado para siempre. Antes de morir, su madre le designa la misión de entregar una antigua espada a un hechicero legendario, y en ese momento se convierte en la única esperanza de su diezmado pueblo.

Nimue recibe la ayuda de un mercenario encantador llamado Arturo, y lo que queda de su gente, los Inefables. Mientras tanto, ella blande la espada destinada al verdadero rey, y lucha sin piedad contra los paladines y los ejércitos de un rey corrupto.

Aunque Nimue sólo pretende unir a su pueblo, vengar a su familia y descubrir la verdad sobre su origen, poco a poco descubrirá que quizá lo único capaz de cambiar el destino sea el filo de su espada.

Leer el primer capítulo:

D esde su escondite en el montículo de paja y con los ojos anegados en lágrimas, Nimue pensó
que el padre Carden parecía un espíritu de luz. Se debía a su posición, de espaldas a un sol
descolorido, y al modo en que las nubes se vertían debajo de sus mangas colgantes y palmas en
alto, como si estuviera en el cielo. Su temblorosa voz se elevaba sobre el bullicio del balar de las
cabras, el crujir de la leña, los gritos de los niños y los lamentos de las madres.

—¡Dios es amor! Un amor que purifica, un amor que santifica, un amor que nos une —los ojos
azules del padre Carden pasaron sobre la turba aulladora y lastimera, postrada en el fango y
cercada por monjes cubiertos con sotanas rojas—. Dios ve —continuó Carden— y hoy sonríe.
Porque hemos llevado a cabo su tarea. Nos hemos purificado con su amor. Quemamos la carne

putrefacta —el humo que se acumulaba en torno a sus piernas y brazos ondulaba con escamas de
ceniza roja y las comisuras de sus labios se cubrían de saliva—. ¡Cortamos la corrupción de lo
demoniaco! ¡Expulsamos las oscuras inclinaciones de este lugar! ¡Dios sonríe hoy! —bajó los

brazos y sus mangas, al caer como velos, revelaron detrás de sí un infierno de treinta cruces en
llamas sobre la llanura. Era difícil distinguir a los crucificados en medio del humo denso y negro.
Biette, fornida madre de cuatro, se irguió como un oso herido y avanzó de rodillas hacia
Carden antes de que uno de los monjes tonsurados vestidos de rojo se adelantara, le plantase una
bota entre los omóplatos y la hundiera de bruces en el fango. Ella permaneció ahí, quejumbrosa
sobre la tierra húmeda.

Los oídos de Nimue no habían cesado de zumbar desde que llegó con Pym a la aldea en ancas
de Dama del Crepúsculo y vieron el primer cadáver en la vereda. Pensaron que se trataba de
Mikkel, el hijo del curtidor, quien cultivaba orquídeas para los rituales de mayo, pero su cabeza
había sido aplastada con algo pesado. Ni siquiera pudieron detenerse a confirmarlo porque toda la
aldea ardía en llamas y había por doquier Paladines Rojos, cuyas ondulantes sotanas danzaban al
compás del fuego. En la colina sin cultivar, media docena de ancianos morían quemados sobre

cruces erigidas de prisa. Nimue oyó a la lejanía los gritos de Pym mientras su mente se quedaba
en blanco. Dondequiera que miraba veía que su gente era ahogada en el lodo o arrancada de sus
hogares. Dos paladines arrastraban a la vieja Betsy sujetándola de los brazos y del cabello, através de su corral de gansos. Las aves graznaban y revoloteaban en el aire, con lo que contribuían
al irreal caos.

Poco después, Nimue y Pym fueron separadas y Nimue se refugió en el montículo
de paja, donde contenía la respiración cuando los monjes pisoteaban sus atados de bienes que
había recuperado. Los desplegaron por fin sobre el piso de la carreta descubierta que ocupaba el
padre Carden, a cuyos pies derramaron su contenido. El sacerdote miró y asintió como si se
esperara lo que veía: raíces de tejo y aliso, estatuillas de madera de antiguos dioses, dijes y
huesos de animales. Suspiró con paciencia.

Maldita – Frank Miller.epub
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