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El correo de Napoleón (Pdf o Epub) (02)

Ficha

Título: El correo de Napoleón
Autores: Miriam Conde
Serie: II de Misterio y leyendas
Editorial: Books Factory
Fecha: 01 ene 2020
ASIN: B081RJLT8Z
Tamaño: 0.87MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros juveniles
Páginas: 356
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

¿Qué sucede cuando una monja desafía a Napoleón?
Sor Elvira, la joven abadesa del convento de Santa Brígida, debe alojar a las tropas que se han adueñado de la ciudad. ¿Logrará proteger a sus hermanas de la lujuria de los soldados?
Al frente de su ejército, Napoleón Bonaparte persigue a los ingleses. Tiene en su mano la victoria, pero debe alejarse del frente y aguardar en Valladolid las alarmantes noticias que le llegan de toda Europa.
Cuando Sor Elvira y Bonaparte se encuentran por primera vez, el emperador está indignado. A las puertas de su palacio han apuñalado a un correo para robarle una valiosa carta.

Obligada a entregar al culpable, Sor Elvira iniciará una frenética búsqueda tras las huellas del asesino, que la conducirá por los campos de batalla napoleónicos hasta los salones parisinos.
¿Quién quiere evitar que Sor Elvira descubra su secreto? ¿Logrará la abadesa descifrar las claves y salvar su vida?

Leer el primer capítulo:

V alladolid, 14 de enero de 1809.
Tras cabalgar dos días y dos noches lograron llegar casi agotados a la capital del Pisuerga. Ya
a las puertas de la ciudad, mientras aguardaban en la cola del control de entrada del Puente
Mayor, Clermond le indicó a la abadesa que estaba deseando asearse y cambiarse de ropa, a lo
que sor Elvira, respondió ansiosa que lo primero que debían hacer era cerciorarse de que el
emperador continuaba en la ciudad.

El secretario preguntó a los soldados que guardaban el puente, los cuales confirmaron que el
emperador seguía en Valladolid mientras comprobaban sus documentos, pero se rumoreaba que
estaba a punto de partir.

En cuanto pudieron cruzar se dirigieron al Palacio Real y solicitaron audiencia. Se les indicó
que el emperador estaba revisando a las tropas en el Campo de Marte, y que en cuanto volviera le
transmitirían su petición.
Sor Elvira y Clermond comprobaron que no se veían signos ni movimientos en palacio de que
estuvieran recogiendo para partir y suspiraron casi al unísono, aliviados porque se les concedía
una pequeña tregua.

Espoleando sus monturas, se dirigieron al galope hacia el convento.
Fueron recibidos por sor Agustina, que los vio llegar, desastrados y muertos de cansancio, y
con su habitual sentido práctico decidió dejar las preguntas para más tarde. Ordenó prepararles un
baño y ropas limpias, y cuando hubieron finalizado se unió en la mesa con ellos.
Clermond y la abadesa parecían haber perdido sus modales, comiendo como si les fuera la vida
en ello. Sólo cuando finalizaron un segundo cuenco de sopa levantaron la vista del plato y fueron
capaces de entablar conversación.

Contestaron a todas las preguntas de sor Agustina, que quiso conocer todas las incidencias del
viaje, narrándole los encuentros con el Empecinado, el marqués de la Romana y el extraño examen
al que sometió a sor Elvira, y por último la entrevista con sir John Moore, que les había entregado
la carta que guardaba celosamente Clermond. La intendenta felicitó con efusión al secretario,
agradeciéndole todas las molestias que había sufrido por ayudarlas.

Clermond se relajó satisfecho por la comida y las lisonjeras palabras de sor Agustina. Como
sabía que les avisarían en cuanto regresase el emperador a palacio, solicitó a las monjas permiso
para retirarse a descansar, ansiando dormir en una cama limpia.
La abadesa le miró con cierta envidia cuando salió del comedor, porque conocía de sobras a su
intendenta y ella no tendría tan fácil retirarse a descansar.

En cuanto se quedaron solas, sor Agustina le preguntó con ansiedad si había descubierto ya
quién era el asesino, a lo que su superiora le contestó que por desgracia no y que debía emplear el
tiempo que les quedaba en seguir buscando indicios.

Suspiró entonces la intendenta y le dijo que no debía importunarla con los problemas que
acuciaban al convento, pero que debía saber que cada vez estaban más empeñadas, porque dar de
comer a los oficiales que alojaban estaba siendo una tarea cada vez más cara y complicada.
Odiaba tener que recurrir al usurero, que se frotaba las manos con su desgracia, pero no tendría
más remedio que volver a verle pronto.

El correo de Napoleon – Miriam Conde.epub
El correo de Napoleon – Miriam Conde.pdf

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