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Un baile en el matadero (Pdf o Epub)

Ficha

Título: Un baile en el matadero
Autores: Lawrence Block
Serie: IX de Matt Scudder
Editorial: RBA Molino
Fecha: 01 ene 2020
Tamaño: 1.09MB
ASIN: B00E3BAP4S
Idiomas: Español
Literatura: Libros juveniles
Páginas: 234
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

A Matt Scudder lo acaban de contratar para que demuestre una sospecha: que Richard Thurman, personaje influyente de la vida pública, planea el brutal asesinato de su esposa, estando ella embarazada. En medio de la investigación aparecerán pistas desconcertantes, aparentemente desligadas del caso, pero todos los misterios acabarán confluyendo para enseñar al detective que una vida joven e inocente puede ser comprada, corrompida y aniquilada.

Leer el primer capítulo:

Sacó el archivo de Leveque. Habían encontrado al cinéfilo en una calle estrecha entre dos
edificios, en la Cuarenta y Nueve, al oeste de la Décima Avenida. El cuerpo había sido
descubierto después de una llamada anónima al 911 registrada a las 6:56 del 9 de mayo. El
forense estimó que el crimen se había cometido hacia las 11 de la noche anterior. El muerto había
recibido siete puñaladas en el tórax y en el abdomen con un cuchillo largo de hoja estrecha.
Cualquiera de las heridas que le habían infligido habría sido mortal de necesidad.

—Apareció en la Cuarenta y Nueve, entre la Décima y la Undécima —le dije.
—Más cerca de la Undécima. Los edificios situados a ambos lados estaban en ruinas, con «X»
en las ventanas, y ya nadie vivía en ellos. Supongo que los habrán derribado.
—Me pregunto qué estaría haciendo allí.

—Probablemente estuviera buscando algo —supuso Andreotti, encogiéndose de hombros—, y
tuvo la mala suerte de encontrarlo. Lo más seguro es que buscase costo, o una tía, o un tío. En esa
zona, todo el mundo busca algo.
Me acordé de TJ. Todo el mundo tiene un vicio, me había dicho, ¿qué otra cosa se puede hacer
en el Deuce?
Le pregunté si Leveque consumía drogas. Me comentó que no parecía tener signos externos de
ello, pero que nunca se sabe.

—Tal vez estuviese borracho —me sugirió—; a lo mejor andaba por ahí tambaleándose y ni
siquiera sabía dónde estaba. No, eso no puede ser, casi no encontramos rastros de alcohol en
sangre. Bueno, buscase lo que buscase, eligió el peor sitio para hacerlo.
—¿Fue un robo?
—No llevaba dinero en los bolsillos, ni tampoco reloj ni cartera. A mí me parece que pudo
ser obra de algún asesino adicto al crack de esos que andan por ahí con una navaja en la mano.
—¿Cómo lo identificasteis?

—Lo hizo la casera de su edificio. Y nos costó bastante, tío. Era como así de alta —dijo,
señalando con la mano—, pero no se andaba con tonterías. Nos dejó entrar en la habitación, pero
se quedó allí, observándonos como un águila, como si le fuésemos a limpiar el lugar en cuanto se
diese la vuelta. Cualquiera diría que todo aquello era suyo; aunque, bueno, probablemente acabase
siéndolo, porque creo que al final no localizamos a ningún familiar.Ojeó un poco el archivo.
—No, creo que no. De todos modos, fue ella quien lo identificó. No quería venir. «¿Para qué
iba a querer yo ver a un tipo muerto? Ya he visto suficientes en mi vida, créanme». Pero al final lo

examinó a conciencia y nos aseguró que era él.
—¿Cómo disteis con ella? ¿Qué os dio la pista para buscar el nombre y la dirección de
Levege?
—Ah, ya entiendo. Buena pregunta. ¿Cómo lo supimos? —intentó recordar, frunciendo el
entrecejo.
Volvió a revisar los documentos.

—Las huellas. Sí, sus huellas estaban en nuestros ordenadores, y eso nos dio su nombre y su
dirección.
—¿Y cómo es que teníais registro de sus huellas?
—No lo sé. Tal vez fuese del cuerpo, o quizá trabajase como funcionario alguna vez. No sabes
cuánta gente tiene sus huellas registradas.
—Ya, pero no en los ordenadores de la policía de Nueva York.

—Sí, tienes razón —dijo, volviendo a fruncir el ceño—. ¿Las tendríamos nosotros o tuvimos
que conectarnos con el sistema central de Washington? No lo recuerdo. Probablemente fuese otro
quien se ocupase de ello. ¿Por qué me lo preguntas?
—¿Comprobasteis si tenía antecedentes?
—Si los tenía, debían de ser por cruzar la calle sin mirar. En los archivos no figuraba nada.
—¿Te podrías asegurar?
Se resistió un poco, pero al final lo hizo.

—Sí, bueno, hay una anotación —concluyó—. Lo arrestaron hace cuatro, en realidad casi
cinco años. Le soltaron y retiraron los cargos.
—¿De qué se le acusaba?
Volvió a dirigir la mirada hacia la pantalla del ordenador.
—Violación de la sección 235 del Código Penal. ¿Qué demonios es eso? El número no me
resulta conocido.
Cogió su carpeta negra de anillas y le echó un vistazo.
—Aquí está. Obscenidad. Puede que insultase a alguien. Los cargos se desestimaron, y cuatro
años después alguien va y le clava un cuchillo. Esto te enseña a no decir tacos, ¿verdad?
Probablemente me hubiera enterado de más cosas sobre

Leveque si Andreotti me hubiese dejado
mirar en su ordenador, pero tenía asuntos propios de los que ocuparse. Fui a la biblioteca
principal de la calle Cuarenta y Dos y revisé el índice del Times por si su nombre había aparecido
en los periódicos, pero parecía que había conseguido no llamar la atención de la prensa, ni cuando
lo detuvieron ni cuando lo mataron.

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Un baile en el matadero – Lawrence Block.epub
Un baile en el matadero – Lawrence Block.pdf

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