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Apaga el fuego, si puedes (Pdf o Epub)

Apaga el fuego, si puedes (Pdf o Epub)

Ficha

Título: Apaga el fuego, si puedes
Autores: María Laso
Editorial: Ediciones encuentro
Fecha: 29 dic 2019
Tamaño: 0.89MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros policiacos
Páginas: 278
ASIN: B08192DBR4
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

El asesinato de un profesor de yoga en el parquin de un centro comercial y la desaparición de Carlos Abreu, uno de los empresarios más poderosos de la provincia, mantendrán durante semanas en jaque a la policía de Huelva.

A la inspectora Houda Falú y a su compañero, Raúl Damacio, se lo va a poner difícil un variopinto grupo de personajes, a cual más enigmático y traicionero. Desde la mano derecha del empresario, una joven portuguesa, hasta las mafias rumanas que se pasean a sus anchas entre Sevilla y Huelva.

Leer el primer capítulo:

Tras abrir la puerta del cartel, entró en el servicio y se apresuró a convertirse en otra
persona, en alguien que se parecía más a su verdadera identidad —alto, delgado, moreno, cabello
rizado, pantalón vaquero, camiseta de manga larga con estampado urbano de la marca Desigual y
varios piercing en las orejas—. El traje, el pañuelo ensangrentado y la camisa blanca se quedaron
en la cisterna, a la espera de que algún encargado de la limpieza los descubriera.

Lo único que el
asesino no abandonó en aquel lugar fue su preciada navaja. Abrió la puerta y se alejó caminando
deprisa hacia la salida del centro comercial, aunque no lo bastante como para llamar la atención.
En su retina aún guardaba la imagen del cuerpo flácido del joven dentro del interior del coche,
con la boca y los ojos muy abiertos, bañado por completo en un mar de sangre y con la expresión
paralizada en una mueca de terror, que ni el mejor amortajador de cadáveres podría borrar de su
rostro.

El destino es extraño, forma círculos que van uniendo acontecimientos sin sentido aparente
hasta que de pronto todo acaba encajando como en las piezas de un puzle. Todo el mundo está
atrapado dentro de esos círculos y, de una manera u otra, las actuaciones de los demás nos acaban
afectando, dirigiendo nuestras decisiones.2

Tras un saludo inicial, Carlos cerró la puerta de la calle. Kenya se encaminó hacia el salón,
sin esperar a que el dueño de la casa la invitara a hacerlo, hasta detenerse delante de unas
enormes puertas de cristal que enmarcaban unas maravillosas vistas del mar.

—¿Por qué me has mandado llamar, Carlos? —dijo, volviéndose hacia el hombre que la
observaba absorto, a no más de tres pasos de distancia.
Lo miró con cansancio, como si estuviera harta de que situaciones parecidas se vinieran
repitiendo cíclicamente.
—Por Ángel —dijo tras un momento—. Quiero acabar con él, y tú me vas a ayudar a hacerlo.
No pudo evitar que un escalofrío le recorriera el cuerpo. «Otra vez con la misma historia»,
pensó.

—Carlos, ¿por qué no lo dejas ya? Está en Japón, por amor de Dios. ¿No es lo
suficientemente lejos para ti?
—Ha vuelto. Está en la sierra, en la casa de sus padres.
Ella lo miró asombrada.
—¿Estás seguro?

—Pues claro que lo estoy —dijo irritado.
Pareció dudar unos segundos sobre si hablar o no. Al cabo, dijo, como si se dirigiera a sí
misma:
—Juró que no volvería. Que se marchaba para siempre.
—Pues ya ves, se ha cansado de sol naciente, de geishas y de samuráis.
La observaba con atención, intentando descifrar los sentimientos que aquella noticia le
suscitaban.

Kenya no se lo puso fácil, recondujo toda emoción a lo más recóndito de su ser. No
podía permitirse flaquear nunca más delante de Carlos.
—Lo mejor que puedes hacer es dejarlo en paz. Sea lo que sea en lo que estés pensando… yo
no voy a colaborar. Búscate otro aliado.
La sorpresa de Carlos fue sincera.
—¿Hablas en serio?
Ella guardó silencio, intentando mantener el tipo, aunque no sabía por cuánto tiempo podría
hacerlo.

—¿Estás diciéndome que no piensas ayudarme? —insistió Carlos, entre divertido y
confundido—. ¿Que Ángel no es asunto tuyo?
—Déjalo ya, por favor. —Le suplicó.
—¿Por qué he de dejarlo?
Lo miró sin el menor brillo en los ojos.
—Quizá… porque han pasado muchos años, porque tal vez no fue para tanto lo que te hizo…
porque…

La interrumpió alzando una mano, como solicitando una pausa que le permitiera comprender
el significado exacto de los argumentos que ella estaba desgranando.
—Según tú, ¿debo perdonar su traición? —inquirió al fin.
Su expresión se tornó tensa, defensiva.
—Era tu amigo. Hizo lo que hizo porque sabía que tu idea era descabellada, que acabaría
volviéndose en vuestra contra, que acabaría con vuestra amistad.—¿Y no fue justamente eso lo que ocurrió?

—Sí, bueno, pero porque tú así lo quisiste. Te negaste a escucharlo.
—¿Estás insinuando que yo tuve la culpa?
Carlos no daba crédito a lo que estaba oyendo. Su rostro se ensombreció. ¿Cómo era posible
que aquella mujer no comprendiera su ira, su frustración disfrazada de rabia, su deseo de que lo
apoyara al cien por cien en aquel asunto?
—No, bueno…

—El acuerdo nos hubiera beneficiado a todos. A él, el primero. Hubiera estado bajo mi
protección toda la vida.
—¿Nunca te has parado a pensar que, tal vez, no deseaba esa protección?
—¿Por qué no la iba a querer? —Su tono no era el de hacer amigos.

Apaga el fuego, si puedes – Maria Laso.epub
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