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Arena en los zapatos (Pdf o Epub)

Ficha

Título: Arena en los zapatos
Autores: Juan Sasturain
Serie: II de Detective Etchenique
Editorial: Bóveda
Fecha: 01 ene 2020
Tamaño: 1.18MB
ASIN: B007KD79RM
Idiomas: Español
Literatura: Libros policiacos
Páginas: 378
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

Arena en los zapatos, novela ejemplar en la que Etchenique advierte algunos de los beneficios del caos o, para decirlo con moderación, del desorden, es una novela asombrosa. Bajo el peso y el paso del veterano, la gran ciudad esta vez se disuelve, se retira hacia confines de mar, una playa sola al filo del otoño donde todo parece convertirse en otra cosa manipulada por el tiempo. Entre otras, en una ficción que juega con los tableros de la memoria y la sospecha simultáneamente.

Esto, claro, juega a favor del hombre que cada día debe luchar a puño limpio con el desánimo para restablecer un sistema de prioridades que el narrador nunca pierde de vista. Publicada por primera vez a fines de los ochenta, Arena en los zapatos ha adquirido un nuevo sabor, mejorado con los años, como un buen vino. A su genial y demorada intriga, a su ritmo exacto, debe agregársele la perspectiva y el tamaño que el personaje de Sasturain tomó: leyenda invulnerable, genio y figura de un argentino de bien obligado generalmente a mantenerse al margen de la ley. Una obra maestra.

Leer el primer capítulo:

Y era cierto. Etchenike pagó su módica entrada que lo autorizaba a permanecer en El Trinquete
todo el tiempo que quisiera hasta que terminase el intento, y se encaminó hacia el fondo del club
con la pileta iluminada y todos sus foquitos de colores. No menos de cien personas estaban

diseminadas entre las precarias tribunas alrededor del agua y la docena de mesas dispuestas en
círculo que rodeaban una pista de baile improvisada en la cancha de pelota a paleta.
No debes tener un auto
ni relojes de medio millón

pontificaba en forma de blues la voz rasposa de Javier Martínez desde la batería de Manal.
La música era gruesamente filtrada por dos parlantes antiguos con forma de bocina; uno sobre
la pileta y el otro en un extremo de la pista.En la habitación contigua al vestuario y al mostrador con bebidas frescas dispuesto contra la
pared del fondo, el morocho picado de viruela que Etchenike había visto en la camioneta
manipulaba el tocadiscos, elegía entre una pila de longplays no demasiado generosa.
El viejo cuidador del club trataba de pescar con una pequeña red las colillas que los risueños
espectadores arrojaban al agua.

—Buenas noches —dijo Etchenike—. ¿Falta mucho para comenzar?
—Empezará a las diez, porque todavía no ha llegado el escribano…
—Ah, el escribano…
Toda la pobre escenografía estaba a punto: dos sillas junto a la mesa de control con las
planillas y el reloj de gran cuadrante atrás, con una sola aguja de madera para ir marcando las
horas cumplidas del intento y, ante la pileta, la plataforma con los colores de circo. Había
inclusive un reloj de los utilizados habitualmente en el básquet para ir descontando tiempo con un
timbre de alarma.

Cuando Etchenike golpeó la puerta del vestuario, el responsable de la música había arrancado
con un samba brasileño bien carnavalero para encauzar las ansias de las tribunas: aplausos
sostenidos e insistentes, chiflidos, tapitas de cerveza que volaban de un extremo al otro de la
pileta.
—¿Quién es? —dijo una voz agresiva desde adentro.
—Yo, Julio…
La puertita de hierro se abrió violentamente y la figura del nadador ya listo para la hazaña
apareció frente a Etchenike, se le abrazó en un impulso:

—¡Amigo! ¡No me podía fallar! ¡Llega justo para el comienzo!
Ante la mirada de los curiosos, Mojarrita cerró la puerta y sentó al veterano en el banco, lo
miró sonriente, casi desencajado de excitación.
—Ahora le explico qué tiene que hacer —y le alcanzó dos carillas mecanografiadas—. Lo
primero, leer esto antes de la prueba.
—¿Qué es?
—El reglamento internacional, las condiciones que hay que cumplir para que el intento sea
válido.

Etchenike miró los papeles con desconfianza y después reparó en la apariencia del desaforado
deportista: estaba vestido sólo con su mallita negra, tenía una toalla blanca sobre los hombros y se
ajustaba el cráneo con la misma gorra de goma de la noche que lo recogiera del piso

semidesmayado. Pero el detalle grotesco, aparatosamente profesional, era que tenía toda la piel
cubierta con una oscura grasa distribuida desparejamente. Parte de esa sustancia había ido a parar
al saco del veterano en el momento del abrazo.
—¿Para qué es eso? —dijo señalando con el dedo extendido las manchas que le
pintarrajeaban la cara como si estuviera camuflado.

—Protección de la epidermis. Se forma una película protectora, aislante, que impide el paso
del frío —dijo casi recitando. Sacó un par de minúsculas antiparras del bolsillito trasero de la
malla—. Y éstas también son fundamentales: es tejido muy sensible…
Desde el exterior llegaba ahora el ritmo machacón, acompasado, de un chamamé que había
puesto a las primeras parejas en la pista de baile.

Arena en los zapatos – Juan Sasturain.epub
Arena en los zapatos – Juan Sasturain.pdf

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