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Carita de ángel (Pdf o Epub)

Ficha

Título: Carita de Ángel
Autores: Tania Sexton
Editorial: BOOKET
Fecha: 07 ene 2020
ISBN-10: 167985478X
Tamaño: 1.60MB
Idiomas: Español
Literatura: Libros policiacos
Páginas: 378
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

La chica se quedó clavada en el sitio al ver a ese hombre montado a caballo, y supo antes de oír la voz grave y profunda, que era un yanqui.
Ralph Hathaway buscaba a un muchacho llamado Taylor Lewis, pero no se le pasó por la cabeza en momento alguno, que ese nombre perteneciera a una chica. Una criatura preciosa, con cara de ángel, que utilizaba un lenguaje soez y grosero; el mismo vocabulario que él solía emplear, más de lo correcto.

Había llegado a Las Carolinas con intención de encontrar a los integrantes de la familia Lewis. Después de la guerra solo quedó esta muchacha, que viviendo en compañía de una anciana cascarrabias y para mantener al sexo masculino a raya, había optado por vestirse con las ropas de su padre fallecido, cargar un revólver a la cadera y emplear el lenguaje más vulgar y ordinario.

Hathaway intentó no dejarse llevar por esa belleza en todo su esplendor; su misión, pues así se lo prometió al tío de la chica, era llevarla a Boston, dejarla en sus manos y que él se apañara con esa fierecilla a medio domar.
Pero antes de subirla al barco que les llevaría a destino…

Leer el primer capítulo:

Iba averiguando muchas cosas de su actual vida, pero recordar, recordar, nada. Pero estaba
intranquila en muchos momentos del día, incluso por la noche que se despertaba sobresaltada,
porque había soñado, pero sin recordar qué. Luego tardaba un rato en dormirse, sabiendo que él
estaba en la habitación contigua y que una puerta comunicaba las dos habitaciones, y eso, también

la dejaba pensativa y desconcertada, pero tampoco sabía por qué. Deborah era una mujer
cariñosa, encantadora y pendiente de ella en todo momento, y ella le iba correspondiendo en la
misma medida, porque era algo que salía solo, natural; porque si esa mujer tan bella y tan amable,
le sonría cada dos por tres, y le decía palabras cariñosas, como tesoro, cariño, cielo, ella no era
inmune a esa ternura, le gustaba. Y le iba poniendo al corriente de algunas vivencias de los

últimos meses, como cuando le contó la boda, que no recordaba, por descontado, pero que ahí
estaban esas fotos para dar fe. Le dijo lo bonita que pusieron King´s Chapel, adornando sus
bancos de madera con flores blancas, muchos ramilletes de flores blancas en las esquinas,
enlazadas con tallos largos de enredadera hasta la esquina siguiente, donde se encontraba otro
ramillete de flores y contándole como los invitados admiraron el hermoso vestido de boda y lo
guapa que estaba mientras iba del brazo de Orlando Parker, amigo de Ralph, para entregarla al

novio, al son del órgano que con su sonido llenaba el espacio de la bóveda de la iglesia; pero lo
que no le dijo, pero ya se encargó Lucy, fue las caras de envidia y las murmuraciones entre muchas
de las invitadas, diciendo que qué le había visto Ralph a esa paleta del Sur, que por qué buscaba
esposa en otro sitio cuando en su propia ciudad tenía lo mejor de lo mejor, sin necesidad de traer

una salvaje del interior de las Carolinas, por mucho que su madre fuese Verónica Weide.
La misma que se escapó con un muerto de hambre sureño, uno que le dijo que tenía una
plantación de algodón y luego descubrió que era una mísera granja de gallinas con un miserable
huerto. Tal vez las palabras que empleó Lucy no fueron tan crudas, pero el mensaje llegó alto y
claro a la muchacha. Lo mismo que le dijo, que la señora Hathaway le ofreció su vestido de boda;

un vestido precioso, bordado en cristal y perlas, que no pasaba de moda y que el señor dijo que
nanay, que su prometida no se pondría algo que había sobado las manos del padre, sin contar con
que la señora Viviane lo quiso llevar para su boda, pero desistió al probárselo y explotar las
costuras del talle, ya que su constitución era más recia que la que tuvo la señora cuando se casó.
Esas costuras se arreglaron pulcramente, dando gracias de que el tejido no se desgarró y se volvió
a guardar.

La doncella también se encargó de ponerla al corriente de que su esposo nunca se llevó bien
con el padre, ni con el hermano, que de paso añadió que estaban enterrados en el cementerio de
King´s Chapel, y le aclaró, que no fue por su culpa lo de llevarse mal, no, sino, por el vacío que
siempre le hizo el patriarca y que queriendo o sin querer, inculcó en el enfermizo y poco
agraciado hijo mayor y que ella había oído que al padre parecía que le molestaba que el hijo
pequeño se lo hubiera llevado todo, ya sabe,

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