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Los lobos de Praga

Genero: Ciencias

 Sinopsis del libro 

«La voluble musa de la historia casi ha borrado el nombre de Christian Stern de sus páginas eternas, aunque a menudo he tenido razones para pensar que habría sido mucho mejor para mí no haber aparecido nunca en ellas.»

Christian Stern, un joven alquimista, erudito y ambicioso, llega a Praga en el amargo invierno de 1599 con la intención de hacer fortuna en la corte del Sacro Emperador Romano, el excéntrico Rodolfo II, sobrino de Felipe II. La noche de su llegada, borracho y perdido, Christian tropieza en el Callejón del Oro, junto al castillo, con el cuerpo de una joven tendido en la nieve. Vestida de terciopelo y con gorguera de encaje, luce en el pecho un gran medallón de oro y un profundo tajo a lo largo del cuello.

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Christian entrará al servicio del emperador, quien pronto le confía la tarea de resolver el misterio del asesinato, pero a medida que se acerca a la verdad advierte que su propia vida está en grave peligro


Ficha técnica del  libro

  • Título: Los lobos de Praga
    Autores: Benjamin Black
    Tamaño: 1.31MB
    Nº de páginas: 582
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Me arrepentí nada más pronunciar esas palabras. Esa fue siempre mi
debilidad, fanfarronear y hablar más de la cuenta.
Algo se revolvió en las profundidades de los ojos de Wenzel. ¿Era sorpresa,
resentimiento, ira…, alarma, tal vez? Se quedó callado un momento.
—Incluso un monarca se extralimita a veces en sus poderes —dijo—. Soy el
gran senescal de este reino, y si hay que llevar a cabo una investigación, lo
haremos mis oficiales y yo.
No respondí. Me quedé pensando que pocas veces en la vida ocurre que un
hombre se adelante y diga de forma tan clara e inequívoca que es tu enemigo
declarado. En ese sentido, al menos, el gran senescal me había hecho un favor.
Pero me extrañó que sintiera una antipatía tan profunda por mí. ¿De verdad creía
que yo era el asesino de Magdalena Kroll cuando envió a sus hombres a
detenerme aquella noche en el León Dorado? Me pareció improbable que un
hombre tan astuto como él hubiese cometido semejante error, pero ahí estaba
amenazando con ahorcarme y advirtiéndome de que no me entrometiera en sus
funciones. La diferencia ahora era que yo ya no le temía, o no tanto, pues tenía
otras cosas mucho más amenazadoras que temer.

—Esto —hizo un gesto con la barbilla en dirección a los soldados— es obra
del chambelán Lang.
—¿Qué están buscando?
Se encogió de hombros.
—Preguntádselo al chambelán —me miró de reojo con una especie de sonrisa
—. ¿Por qué no se lo consultáis a él, ya que se ha convertido en vuestro patrono
y protector?
No respondí, lo cual era en sí mismo una respuesta. Después de un rato volvió
a hablar, con una sonrisa amarga.
—Decidme —prosiguió—, ¿tenéis idea de quién asesinó a la chica?
Entonces yo también señalé hacia los soldados que cavaban y sacaban el
fango.
—Creo que la guardia imperial encontró al culpable aquí. A Jan Madek se le
oyó proferir amenazas contra la muchacha por haberle traicionado.
Me miró un largo momento, toqueteándose pensativo la afilada punta de la
barba.

—Sí, es posible —dijo—. Era impulsivo, no hay duda. Podemos dar gracias
de que no hiciera nada peor. Si hubiese herido, o incluso intentado herir a cierto
personaje imperial, se habría tambaleado el Estado. Los católicos están deseando
tener una excusa para poner a alguien de su facción en el trono —asintió
despacio con la cabeza, todavía acariciándose la barba—. Decidme, Stern, ¿de
qué lado estáis vos?
—Desconozco a qué lados os referís —dije.
Se mofó al oírme.
—¡Vamos, hombre! —exclamó—. Sabéis que está Roma, y estamos nosotros.
—¿Nosotros?
—El partido de la reforma, y de la estabilidad.
—¿Queréis decir los protestantes?
Siguió mirándome a los ojos.
—Vuelvo a preguntaros —insistió—. ¿De qué lado de la raya estáis?
Uno de los soldados se incorporó y gritó algo a sus camaradas. Wenzel bajó
hasta el menguante borde del agua y lo llamó. El tipo solo había encontrado una
herramienta enterrada, un azadón, por lo que parecía. Wenzel negó con la
cabeza, volvió a subir a la orilla y continuamos como antes, el uno al lado del
otro pero no juntos.

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—Mi padre era obispo —dije—. Seguía la fe de Roma.
Se rio.
—El bastardo de un obispo, ¿eh? No me sorprende —me miró de arriba abajo
—. ¿Y cuál es vuestra fe?
—Soy un filósofo de la naturaleza. Dios está en todas las cosas.
Asintió con la cabeza —no porque estuviese de acuerdo conmigo—, con una
mirada burlona en los ojos entornados.
—En todas las cosas, ¿eh? —dijo—. ¿También en la úlcera que mató a mi
padre a los treinta años? ¿En ese pedazo de hierro recién sacado del barro? ¿En
el cuchillo que degolló el joven cuello de Magdalena Kroll? ¿Son mis pedos una
flatulencia divina? El Dios de todas las cosas es el Dios de nadie.
—No os tenía por teólogo, señor senescal —dije con sequedad.
—Ni yo a vos por idiota —replicó él. Hizo ademán de marcharse, luego se
volvió y me miró otra vez—. ¿Queréis un consejo? —preguntó—. Cuando hay
bandos, y siempre los hay, si no escoges, otros escogen por ti —hizo una pausa,
echó la cabeza atrás y me miró por encima de la nariz como acostumbraba—.
Acabáis de estar con la señora Sardo. ¡Oh, sí! En la corte no ocurre nada sin que
yo me entere —se adelantó un paso, sonriendo—. Tened cuidado —dijo en voz
baja—. Vuestra cabeza pende de un hilo, y ella no tiene más que tirar de él para
que la perdáis.

Anduvo a lo largo de la orilla. Lo observé alejarse, antes de volverme al oír un
rumor. Al alzar la vista, vi una grulla que volaba por encima de los árboles. Dios
sabrá por qué, pero ver a esa ave sublime, con su magnífica envergadura,
volando por el aire azul, frío y despejado me produjo un escalofrío.
Sentí curiosidad. Wenzel me había preguntado quién creía que había matado a
la chica, pero no había aludido a quién podía haber matado a su asesino.
Pronto ascendí de nuevo la pendiente y llegué al Callejón del Oro por la Torre
Blanca. Me habría gustado saber si esa era la torre donde había estado preso,
pues, por extraño que parezca, no recordaba dónde me habían encerrado esa
primera noche, o tal vez no sea tan extraño, pues la memoria tiene la peculiar
capacidad de suprimir aquello que cree que es mejor no recordar. Intenté utilizar
esa función y apartar de mis pensamientos la advertencia de Wenzel sobre
Caterina Sardo y el hilo reluciente del que, según él, pendía mi vida.


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