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Los pacientes del doctor García

Genero: Drama

 Sinopsis 

Tras la victoria de Franco, el doctor Guillermo García Medina sigue viviendo en Madrid bajo una identidad falsa.

La documentación que lo libró del paredón fue un regalo de su mejor amigo, Manuel Arroyo Benítez, un diplomático republicano al que salvó la vida en 1937. Cree que nunca volverá a verlo, pero en septiembre de 1946, Manuel vuelve del exilio con una misión secreta y peligrosa.

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Pretende infiltrarse en una organización clandestina, la red de evasión de criminales de guerra y prófugos del Tercer Reich que dirige desde el barrio de Argüelles una mujer alemana y española, nazi y falangista, llamada Clara Stauffer. Mientras el doctor García se deja reclutar por él, el nombre de otro español se cruza en el destino de los dos amigos.

Adrián Gallardo Ortega, que tuvo su momento de gloria como boxeador profesional antes de alistarse en la División Azul, para seguir luchando como voluntario de las SS y participar en la última defensa de Berlín, malvive en Alemania, ignorando que alguien pretende suplantar su identidad para huir a la Argentina de Perón.


Ficha técnica del  libro

  • Título: Los pacientes del doctor García: Episodios de una Guerra Interminable (Spanish Edition)
    Autores: Almudena Grandes
    Tamaño: 2.79MB
    ISBN: 9788490664490
    Nº de páginas: 4456
    Idioma: Español

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Sí, de eso me enteré, pero me imaginaba que habría vuelto.
—Por aquí no le hemos visto. Tenemos sus maletas guardadas desde que
se alistó, y no ha venido a buscarlas. El caso es que, hace un par de años… —
frunció el ceño como si necesitara concentrarse—.

O tres, serían, no sé,
porque estaba en Rusia todavía… Me escribió desde allí. Decía que estaba
pensando en volver a boxear como profesional. Quería contactar con su
entrenador, pero le conté la verdad, que Pirulo estaba en la cárcel, así que…
—¿Pirulo?
—Su entrenador —y se echó a reír—. Ya sé que parece mentira, pero le
llamábamos así. De todas formas le animé a que volviera, me ofrecí a
buscarle otro entrenador y no he vuelto a saber nada más de él.

Antes de mi visita al gimnasio, Meg había empezado ya a buscar a Adrián
Gallardo Ortega en todos los listados que manejaba el Consejo de Control
Aliado en España. No podíamos descartar que hubiese muerto, pero en ese
caso había sido enterrado sin identificación, o esta no se había hecho constar
en ningún documento. No estaba herido, no estaba huido, no estaba preso.
Por no estar, ni siquiera constaba en ninguna lista oficial de desaparecidos.
Lo último que se sabía de él era que había participado en la defensa de Berlín.
Después, parecía haberse desvanecido en el aire.
—Órale —nos invitó a cenar a primeros de marzo para celebrarlo—. Ya
lo tenemos.
Levantó su copa para brindar y Manolo hizo chocar la suya con un gesto
grave. Para él había llegado la hora de la verdad. Para mí también, aunque mi
hora y mi verdad eran distintas.

El 20 de enero de 1947, casi un mes y medio antes de aquel brindis,
María Eugenia León había venido a verme a la oficina.
—Aquí tienes —me tendió tres hojas de papel escritas a máquina—.
Como me aburro tanto, he puesto los nombres por orden alfabético, y he
subrayado en rojo a los invitados a quienes conozco lo bastante como para
invitarlos a comer contigo. Bueno, contigo y con tu amigo, si es que existe.
—Muchísimas gracias, Geni —revisé las hojas por encima para calcular
que había identificado a unas cuarenta personas, y había subrayado a más de
la mitad—. No esperábamos tanto, la verdad.

—También te he puesto las direcciones que me sé, por si os vienen bien.
La verdad es que en aquella fiesta estaba medio Madrid, aunque la pazguata
de mi cuñada no conocía a casi nadie. Yo no entiendo lo de esta mujer, la
verdad —la dejé hablar mientras iba leyendo los nombres, uno por uno—, la
de años que lleva yendo a estos sitios sin enterarse de nada. Saludamos y nos
vamos, me dijo al entrar, y estuve a punto de decirle que no, aunque luego
pensé, pues mira, sí, mejor, que se vaya y así circulo yo a mi aire, más a
gusto…

Dejó de hablar de pronto, y ni siquiera me di cuenta.
—¿Qué te pasa, Rafa?
Escuché esa pregunta y no reaccioné, como si nunca hubiera respondido
por ese nombre.
—¡Rafa! —Geni se asustó—. Te has quedado blanco…
—No es nada —respondí los por fin—. Bueno, sí que es… Aquí hay un
nombre… Amparo Priego Martínez.
—¿Martínez? —levantó mucho las cejas—. No sabía su segundo
apellido.


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