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Los señores del tiempo

Sinopsis del libro

Dos vecinos que me habían acompañado y Remiro, el viejo criado del
conde, bajaron las escaleras, que crujieron y se quejaron bajo su peso.
Alix no obedeció, me hizo un ademán que  traduje en un: «No pienso
moverme de aquí».

—Como deseéis, ¿sabéis rasurar?
—Afeitaba a mi padre y a mis hermanos. Tengo buen pulso.
—Bastará con que afeitéis al conejo.
—¿Senior?
—O eso, o bien afeito al conejo y vos abrís al fallecido en canal. Vamos a
darnos prisa antes que alguien nos lo impida.

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Alix sacó una daga y no hizo más preguntas. Se aproximó a la ventana
en busca de claridad y levanté la túnica de Furtado para empezar la tarea
de extraerle ciertas vísceras.
Cuando me hice con ellas las sostuve con un paño para no tocarlas y
las puse en la palangana.
—Traed la piel afeitada del conejo, Alix. Frotaremos las vísceras.
—¿Qué buscáis?
A la piel del conejo le salieron ampollas, parte de ella quedó
abrasada.
—Lo que termina de pasar. Me lo enseñó hace unos años un físico de
Pamplona. Es el efecto del escarabajo aceitero cuando se toman más
miajas de las debidas.
—¿Son esos polvos pardos que emplean los soldados en los burdeles
cuando les falla la virilidad?
Sonreí.

—Sabes mucho para ser una novicia. Vuestros hermanos, ¿verdad? —
pregunté eludiendo el misterio de la toca de 3 picos.
—Mis hermanos, senior. ¿Puedo cuando menos, delante de vos, no fingir
que me sonrojo? Es agotador esto de ser buena cristiana.
—No finjáis, estoy alén del escándalo. ¿El viejo conde se
amancebaba con alguien?


Ficha técnica

  • Título: Los Señores Del Tiempo
    Autores: Eva García Saénz de Urturi
    Nº de páginas: 380
    Idioma: Español
    OS: iOs, Android, Windows
    Servidores: Google drive, 1Fichier, Zippyshare, y Onedrive

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Alvar nos aguardaba en la sala de los paisajes, peinado limpiamente y
vestido con una dalmática verde y dorada.
—Aestibalis, sabía que volveríamos a vernos —se limitó a decir con
su extensa y beata sonrisa.
—Buenos días, Alvar —saludé, si bien apenas era siendo consciente de mi
presencia, solo tenía ojos para mi compañera.
—Yo asimismo me alegro de regresar a verle —dijo Estíbaliz—. Venimos
por la investigación en curso, estamos verificando ciertos datos
nuevos que nos van brotando.

—Ya sabe que le he ofrecido mi cooperación.
—Lo sé —contestó ella—. Nos preguntábamos si tiene alguna relación
con el Museo de Ciencias Naturales.
—¿Y para qué exactamente querría yo visitar una falsa torre medieval si ya vivo en
una genuina? —se extrañó. Y su extrañeza era genuina, había algo muy
infantil, muy naif en sus reacciones.
—Me refiero a si coopera con el Museo por medio de un mecenazgo,
por ejemplo —atajé.
—Vienen a mi casa a preguntarme por cuestiones prosaicas, no me
ocupo de esos temas —contestó poquísimo interesado.
—Hablemos de su familia entonces, ¿recuerda el hábito de dominica
que estuvo expuesto en las vitrinas de la primera planta? —intervine.
—Era de mi tía abuela Magdalena Nograro, tomó los votos en el
convento de Quejana. Y ya me están aburriendo nuevamente.
Alvar me daba la espalda y miraba por medio de la ventana cara un
exterior anubarrado. Yo lo observaba y no dejaba de preguntarme si vería
nítidamente la alameda dorada que se desplegaba a sus pies.
—¿Aestibalis,

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sabe montar a caballo? —le preguntó.
—Sí, me crie en un caserío en las faldas del Gorbea —contestó feliz.
Esti adoraba acercarse a algún centro hípico a lo largo de los fines de semana
—. Eran animales de carga, no exactamente pura sangre, pero…
—En la cuadra nos quedan múltiples ejemplares nobles —la interrumpió
con la voz sedosa. Esa voz—. Y el día de hoy es el día idóneo para caminar, ¿me
honraría con su compañía de nuevo?
Ahí volvía a estar. El roce en el reverso de la mano, la mirada
sostenida. Absolutamente nadie respondió en el momento en que me despedí y salí de la sala,
convertido desde hacía un buen rato en el hombre invisible.
Crucé el foso y decidí aproximarme al pueblo de Ugarte. El camino que
los apartaba, algo menos de un quilómetro, apenas estaba marcado por un
par de edificios. El más próximo a la casa-torre era un viejo almacén
abandonado al que se accedía por un pequeño desvío donde las malas
hierbas se habían comido el camino.
Continué mi marcha hasta el momento en que me pareció percibir algo muy
anacrónico. Afirmaría que sonaba música tradicional. El Adagio de Albinoni. Miré
alrededor extrañado.

Seguí la armonía de los violines hasta el momento en que llegué a un presumido chalé
con un enorme jardín donde una señora de unos cincuenta años podaba
con guantes unos matorrales. Un hombre algo mayor que salió
del garaje cargando dos cubos de agua.
—Buenos días —me saludó la mujer, y se quitó un guante para
alisarse el pelo, cortísimo y granate—. ¿Te has perdido?
—No, realmente iba a dar una vuelta por el pueblo. ¿Esa música
viene del chalet? —pregunté.


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