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Luz de luciérnaga – Zelá Brambillé

 Sinopsis del libro 

Ellos son mejores amigos: son inseparables desde que eran pequeños, se conocen tan bien que podrían recitar de memoria los defectos y virtudes del otro, y durante años han callado sus verdaderos sentimientos porque se supone que los mejores amigos no deben enamorarse, ¿verdad?

Acompaña a Carlene, una chica que sufre en silencio por su pasado, y a David, quien descubrirá que su amiga guarda secretos inimaginables y hará todo lo posible por enseñarle que la luz más poderosa es la que sale de su interior.

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Dos amigos, un amor y dos luces en la oscuridad que es la vida.


Ficha técnica del  libro

  • Título: Luz de luciérnaga (Wings to change) (Spanish Edition)
    Autores: Zelá Brambilllé
    Tamaño: 1.63MB
    Nº de páginas: 479
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Me agaché y tomé lodo del mismo sitio en el suelo. David mordió su labio
con diversión cuando comencé con la tarea. Lo había tocado miles de veces,
pero había algo diferente, quizá que los dos éramos conscientes de los
sentimientos del otro. Sentir que sus poros se erizaban por mi tacto hizo que
me acercara más. Quería averiguar todo lo que le provocaba.
—Parecemos niños de preescolar —susurré en un hilo.
—No lo creo —murmuró, y dio un paso para quedar frente a mí. Mi
espalda se enderezó, tuve que tomar respiraciones más profundas para no
ahogarme debido a su cercanía.
—¿Por qué no? —murmuré con la barbilla alzada para poder observarlo.
Los latidos de mi corazón eran frenéticos.
Un trueno me hizo brincar y él aprovechó para rodearme con sus brazos
fuertes y pegar nuestros cuerpos. Al principio no sabía qué hacer con mis
manos llenas de lodo ni con el sentimiento de que tal vez me estaba
equivocando. Sin embargo, decidí mandar todo a la mierda y dejarme ir, así
que lo abracé de regreso. Mis dedos se dieron cuenta de su palpitar
descontrolado en el recorrido por la parte posterior de su cuello.

—Porque los niños de preescolar no pueden hacer esto —dijo antes de que
sus labios atraparan los míos con lentitud. Pude observar, con tranquilidad, el
instante en el que sus ojos se cerraron, y me permití perderme en el sabor de
nuestro beso.
Nuestro beso con olor a suelo.
Catorce
Fueron tan abrumadoras las sensaciones que me embargaron que me
abandoné a ellas. Era momento de pensar en lo que quería, no iba a dejar que
mi subconsciente se interpusiera. Haría lo que siempre había querido hacer y
dejaría de torturarme con esas tonterías, cosas que prefería olvidar para no
hacerme más daño.
Me perdí en su boca consumiendo la mía, solo parando un segundo para
poder respirar, pero después reanudando la tarea con más pasión que antes.
No había nada en mi cabeza más que David, él abrazándome, él besándome,
él acariciándome. Su aliento se mezcló con el mío y me dejó aturdida.
No supe en qué momento comenzó a llover, pero el cielo lloraba, quizá
porque estábamos desbordando amor, como el agua, como las gotas de lluvia
que caían en la tierra y la empapaban. Uno de sus brazos me cargó, se cerró
férreamente alrededor de mi cintura y me levantó.

Me colgué de su cuello haciendo que nuestros cuerpos chocaran, mis
pechos toparon con el suyo, mi cadera encajó con la suya, nuestra ropa
mojada solo hacía que los roces fueran más íntimos. Mi cerebro estaba en
blanco, no había ningún matiz de lo que minutos atrás había estado, yo era
una pieza de su ajedrez y me encantaba serlo. ¿Cómo había vivido tanto
tiempo sin beber de sus labios de ese modo? ¿Por qué no me había obligado a
besarlo así?
—No puedo pensar —dije una de las veces que nos separamos para llevar
aire a nuestros pulmones, mientras caminaba y me conducía, con su cabeza
enterrada en mi cabello, hacia el tronco de un árbol.
Dejó besitos en la base de mi cuello, luego sentí cómo su lengua limpiaba
las gotas de agua, dando un recorrido por mis poros erizados. Temblé, tuve
que apretar sus hombros para no caer desmayada, apretarme más contra él,
pues mis rodillas estaban débiles. David soltó un gemido ahogado que erizó
aún más mi piel, tanto, que dolía.
—Yo solo puedo pensar en ti —contestó antes de besarme de nuevo. Sus
labios amasaron los míos con voracidad, los sentía duros y seductores,
queriendo tomar todo de mí. Me estrujó, la madera se pegó a mi espalda, casi
al punto de raspar, pero no me importó. Solté un suspiro, al parecer eso lo
descolocó, pues aumentó el ritmo.
La copa del árbol nos protegía de la lluvia, ligeras gotitas caían sobre
nosotros. Aún había rastros de lodo en nuestros cuerpos, pero eso tampoco
me importaba. Podría haber pasado un huracán en aquel instante y yo no me
habría despegado ni un poco de él.

Su lengua bailó con la mía siguiendo el ritmo que ambos marcábamos, a
veces lento y a veces con urgencia, a veces con osadía y otras con timidez.
Me adhería más al árbol, haciendo que nuestras pelvis rozaran. Me derretí al
sentir cuánto le gustaba nuestro beso. Entonces envolví sus mechones entre
mis dedos y los retorcí con suavidad; volvió a gemir.
Nuestros cuerpos se buscaron a un nivel que no comprendo todavía, no
encontrábamos cómo adherirlos por completo.


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