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Martina en tierra firme

Martina en tierra firme  Sinopsis 

Si llevas por nombre Martina y te has enamorado totalmente de Pablo Ruiz…
Si te has dejado llevar y te has soltado la melena…
Si juntos habéis hecho y dicho cosas que jamás imaginasteis…
Eres la protagonista de esta historia y tu vida está a puntito de ser otra.
Quedarás a la Martina en tierra firme pdf deriva, perderás el norte,
y poco a poco estarás más lejos de tu hogar en tierra firme.


Ficha técnica

  • Título: Martina en tierra firme (Horizonte Martina 2)
    Autores: Elísabet Benavent
    Tamaño: 6.00MB
    ISBN: 9788483658895
    Nº de páginas: 326
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

Descargar libro de Martina en tierra firme en pdf o epub Gratis

L a hermana mayor de Javi abrió la puerta de su casa y recibió a los dos pequeños co n
alegría, pero entraron al galope sin pararse a darle ni un beso.
—Pero ¡bueno!
—Me desean más a mí —bromeó Javi.
—Pues te los regalo, que no sabes lo que comen y manchan.
—Una idea sí que me hago.
—¡Hola, Amaia! ¿Qué tal? —le saludó la hermana de Javi—. Hacía tiempo que no te
veíamos por aquí.
—Sí, un montón. Me he quedado ida con lo grandes que están ya.
—Crecen por días. Ellos van para arriba y nosotros para abajo.
—Toma las llaves del vehículo —le aseveró su hermano.
—¿Y de qué forma volvéis ahora?
—En metro. O paseando. A lo mejor hasta la engaño para salir a cenar.
—¡¡El tío Javi y Amaia son novios y se han dado besos en la boca!! —gritó María
desde el salón.
Amaia quedó muy atenta a la reacción de la hermana de Javi que, como ya había
previsto, no pudo ocultar la sorpresa. Ese género de sorpresa que no es demasiado
halagadora.
—Ay, esta pequeña… —respondió al ver que ninguno de los dos añadía nada—. ¡Tiene
más fantasía!
—No. En un caso de esta forma es cierto.
Y la barbilla de la «cuñada» de Amaia por poco no llegó al suelo al percibir a su
hermano.
Javi debió apretar el paso al salir del portal para conseguir a Amaia, que andaba a
grandes zancadas de sus piernecitas.
—Oye…, pero ¿por qué corres?
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Amaia se giró y se le encaró cuando llegó hasta ella.
—¿Has visto la cara que puso, Javi? ¡La has visto! ¡Ha desvariado! Si se le ha n
escuchado hasta los pensamientos: «¿Mi hermano con esta gorda?».
—Claro. Y después te ha lanzado una maldición gitana. ¡Amaia, haz el favor!
Ella se puso a pasear de nuevo y la paró.
—¿Es ese el inconveniente? ¿Es que no quieres estar conmigo por si las moscas a algún gilipollas le
da por estimar que no hacemos buena pareja?
—No es eso. Es que…, ¡mírate!
—Ya me veo. ¿Qué?
—¡¡Que estás bueno!!
Javi puso los ojos en blanco. Ella siguió.
—La gente nos verá y pensará que estamos en broma.
—Eso no lo pensaste cuando debí fingir ser tu novio, ¿no? Eso lo piensas ahora
que me he enamorado de ti.
Fue como un golpe en el pecho que la dejó durante un momento sin palabras. Abrió la
boca pero se le acercó hasta el instante en que sintió su respiración en los labios.
—Mírate en mis ojos y no en los tuyos. No hay duda de que no vemos lo mismo.
—No, si al final esto va a ser como la película esa en la que es una gorda
inmunda y la ve «talla 36».
Los dedos de Javi sostuvieron su barbilla y le forzaron a mirarle.
—Esto va a ser que te quiero. No vuelvas a decir la palabra «inmunda» por Dios te
lo pido. Es horrible te refieras a lo que te refieras.
—El amor no es ciego, Javi. Lo que te pasa es otra cosa.
—Claro que el amor no es ciego. No fue el amor lo que me la puso dura tres veces en
la misma mañana. ¿O consideras que a mí se me levanta por piedad?
—Eres un gilipollas —rugió .
—No soy ningún gilipollas. Soy un tío y si me complaces, me excito y si me excito, se me
llena de sangre y se llene. Es biología pura.
—Te mofas de mí.
—Un poco, sí. Pero por el hecho de que…
—No, Javi. No me convenzas. Me siento absurda discutiendo esto. Tú y nos
estamos confundiendo. Somos dos amigos que se conocen tan bien que pueden confundir
sus sentimientos, pero de ahí no pasa.
—Entonces ¿por qué te mata de celos la idea de que me acueste con otra? —le
preguntó arqueando una ceja.
—¿Por qué te caía a ti tan mal Mario?
—Porque estoy enamorado de ti.
—No entras en razón. No deseo dialogar contigo hasta el instante en que no…
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—Dame un beso —le interrumpió .
—¿Qué?
—Que me des un beso.
—No voy a darte un beso en la mitad de una discusión —renegó ella—. Esto es abs…
Absurdo, deseó decir, pero no pudo terminar la palabra por el hecho de que los labios de Javi se
la comían con avidez y alivio. Ella no lo sabía, claro, pero por la parte interior él
estaba tan inquieto, contenta y completo que prácticamente no podía respirar. Y lo que sintiero n
la primera vez que se besaron volvió a envolverlos hasta el instante en que todo lo demás
desapareció en un borrón. La calle se diluyó para dejar solo un telón negro. El sonido
del tráfico, la conversación de los transeúntes y la noche madrileña al completo se
fundieron en un vacío en el que únicamente importaba era el deslizar de sus lenguas.
Fue un beso, pero como siempre y en todo momento y en todo instante con Javi, fue más que eso. Amaia debía ser
sincera consigo misma. Javi se separó de ella difícilmente y pegando los labios a su
frente cogió una de sus manos y la puso sobre su pecho.
—Vamos a mi casa.
—Pero…
—No hay obstáculos, Amaia. El amor no es ciego y te quiero tanto que necesito
desnudarte. Si eso no te sirve ya no sé qué más podré hacer o decir para convencerte.
Amaia no deseaba palabras. Sabía cuánto daño podían hacer. Solo deseaba un beso…
uno más. Y lo pidió en silencio con los ojos puestos en la boca de Javi. Cuando él
volvió a besarla, perdió la noción del espacio, el tiempo y la materia. Ni siquiera
sabría explicar de qué forma llegaron al piso de Javi, donde siguieron besándose de pie junto
al sofá. Él le quitó la camiseta y se hundió en su piel a respirar sobre ella mientras
Amaia susurraba con amargura algo que deseaba que no fuera real: «es imposible».
—No hay nada menos imposible en el planeta que y —añadió Javi
desabrochando los vaqueros de Amaia.
Se separó de ella y se desnudó sin desviar los ojos de ella. La piel la llamaba; no
había excusa o miedo que negara aquel hecho. Sus dedos, con vida propia, se
deslizaron por el pecho de Javi dibujando un camino sobre la piel caliente. Los labios
de él recorrieron su cuello y la hicieron arquearse de placer. Sus bocas volvieron a Martina en tierra firme epub
buscarse para caer después enredados en el sofá; cada beso era parte de esa verdad a la
que Amaia ya no tenía fuerzas para darle la espalda y las pocas piezas de ropa que
quedaban entre los dos cubrieron el suelo.
—Javi…
—Shh… —Él le pidió silencio—. Dilo en el instante en que te corras.
—No puedes hacer que me corra. —Y lo que deseó decir hubiera sido más
entendible si en lugar de «puedes» hubiera dicho «debes».
—¿No? Vamos a repasarlo.

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