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Mi isla

 Sinopsis del libro

«Mi elección» y la bilogía «Horizonte Martina», regresa con una novela en la que lleva trabajando desde hace varios años. Una historia especial, diferente y arriesgada, Mi isla habla de límites, de sueños, remordimientos,  cambios y, sobre todo, de amor, mucho amor.

Maggie vive en una isla y regenta una casa de huéspedes…
Maggie tiene un huerto y casi  siempre va descalza…
Maggie no quiere recordar por qué está allí; duele demasiado…
Maggie ha renunciado al amor y es complicado explicar los motivos…
hasta que conoce a Alejandro…
y la calma da paso a una tormenta de sensaciones…
y a la posibilidad de que tal vez sí se puede empezar de nuevo.

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Tras los enormes éxitos cosechados con sus «Saga Valeria»«Saga Silvia»«Mi elección» y «Horizonte Martina» Elísabet Benavent, también conocida por sus fans como @BetaCoqueta, vuelve a la carga con una historia de amor diferente que reflexiona acerca de cómo lo vivido condiciona muchas veces el futuro. Una novela que ha ido escribiendo a lo lago de los años y que aúna todos los elementos que la caracterizan: frescura, inocencia, cercanía, ingenio, simpatía y mucho amor.


Ficha técnica del  libro

  • Título: Mi isla (Spanish Edition)

    Publicado: 01 junio año 2016
    Tamaño: 1.40MB
    Nº de páginas:
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive

  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Alejandro asintió, suspiró y subió las escaleras; seguramente iba a darse una ducha. Me quedé mirando
las conchitas, todas pequeñas, relucientes y perfectas, sin desconchados ni pedacitos rotos. Le habría
llevado un rato encontrarlas…, era un bonito detalle, aunque fuera idiota. Porque era un gran idiota…,
uno de metro noventa, que ya es decir. Pasé la mano sobre la superficie de la mesa y recogí su «regalo»
para dejarlo caer más tarde dentro de un cajón. ¿Debía escupir dentro de su plato o podía ahorrármelo?
Estaba enfadada porque no me gustaba la sensación de desnudez que me había provocado el comentario
de Alejandro, eso estaba claro. A veces el pasado y los errores que marcan a una persona pueden llegar a
avergonzarla mucho más que estar completamente desnuda en mitad de la calle.
—Maggie —susurró.
Y menos mal que al final decidí no escupir, porque cuando me acerqué al vano de la puerta me
encontré con que Alejandro estaba allí sentado como un niñito castigado.
—Siento si lo que te dije ayer te molestó. Soy de esos que hablan sin pensar y… no me imaginaba que
te podía hacer daño.

¿Hacerme daño? Él en sí me daba igual, me repetí. Hacían daño otras cosas, como la seguridad de que
jamás podría volver a tener nada de lo que llenó mi vida y que no podría porque fui incapaz de
mantenerlo. Dolía pasarme la vida allí, aislada de todo cuanto quise y de los míos. Dolía sentirse sola.
Su comentario, en realidad, no era más que un dedo que señalaba una herida. Era yo quien no paraba de
frotarse la cicatriz para que no se curara, pero son cosas que una no sabe cuando se ha cerrado en banda.
Cerrarse no significa superar, significa no mirar.
Tenía dos opciones: quitarle importancia o imponer distancia. Una de ellas me haría más vulnerable, o
eso entendí, así que me puse en jarras, miré al techo y resoplé. A veces me convertía en una persona
difícil y no era justo, a pesar de seguir sintiéndome rabiosa, pero…
—Ya sé de qué «esos» eres, Alejandro.
—¿Lo sabes? —Levantó las cejas, alarmado.
—Te crees que conoces a las mujeres porque te has acostado con muchas. No te preocupes. Soy como
la recepcionista de un hotel. No tenemos que ser amigos —sonreí con tristeza—. Eres mi cliente.

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Uno
más de los doscientos que pasan por aquí cada año.
—¿Eso le dijiste? —preguntó sorprendida la señora Mercedes—. Serás malasorra.
La miré con el ceño fruncido barajando la posibilidad de reprenderla por el insulto, pero pensé que la
medicación para la tensión tendría algo que ver.
—Es un listo —dije mientras enhebraba la aguja—. Es de esos que se creen que vamos a morir de
placer solo con una de sus miradas. Como Zoolander.
—¿Zu qué?
—Es una película muy graciosa en la que un tío… —me quedé mirando su cara de estupefacción y
decidí no seguir con la explicación—. Da igual, señora Mercedes, que es un capullo, si me permite la
palabra.

—Al menos se disculpó.
—Si no es por lo que me dijo. Es un desconocido. Lo que piense de mí me da igual… Son esas
maneras de «nena, soy tu hombre». —Solté lo que estaba cosiendo y chasqueé los dedos.
—¿Si te doy un consejo me harás caso?
Suspiré con desdén. Ponerme pintalabios, estaba claro.
—Sí —contesté resignada volviendo a mi costura.
—Llévatelo a un lugar bonito. No habléis. Haced las paces con la isla. Estoy segura de que ese chico
no tiene mala intención. Igual tú estás un poquito escaldada, reina.
Madre del amor hermoso…, cuánto azúcar. Efecto de la telenovela de la tarde, seguro.
—Quizá le haga caso.

—Quítale el «quizá» de las narices. Soy vieja y sabia: a vosotros lo que os hace falta es un poquito de
tango…, tango desnudos y contigo «espatarrá» —y dicho esto me dio un codazo y me guiñó un ojo.
La señora Mercedes…, reina de la sutileza.
No tenía intención de espatarrarme, la verdad. Ni de lejos. Si de algo me había servido el mosqueo era
para darme cuenta de que ciertas cosas dolían más de lo que creía y que no estaba preparada para volver
al «mundo real». Lo mejor era seguir recluida en mi isla, sola, trabajar duro y pensar poco. O al menos Mi isla  epub
pensar poco en cosas como el sexo, el coqueteo o el amor porque… ¿qué narices sabía yo de aquello? Lo
mejor era no pensar en lo que no se conocía.


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