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My freedom – Dama Beltrán

 Sinopsis del libro 

Última entrega de la serie en la que descubriremos qué le ocurrió a Bruce Malone, el chico malo de Old-Quarter.

Bruce Malone se ha convertido en un guerrero cuyo fin es ganar todo el dinero que pueda para continuar manteniendo a los hermanos. Bajo la atenta mirada de Ray Walton vive una vida con la que no soñó pero que acepta después de lo que hizo en Old-Quarter. Su única premisa para subsistir en ese mundo criminal es seguir el consejo de la persona que lo vigila: «Si alguien encuentra tu talón de Aquiles lo utilizará para destruirte».

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Un día, tras un duro entrenamiento en el gimnasio, visita una cafetería donde sirven el auténtico café de Texas. Todo le resulta normal hasta que la descubre.

¿Podrá apartarse de la única mujer que le recuerda quién fue? ¿Será capaz de mantenerla al margen de la vida que lleva? ¿Cómo reaccionará Ray cuando descubra que su gallina de los huevos de oro no quiere seguir a su lado?

El gran Dragón de Fuego no puede rendirse, no tiene misericordia y en su corazón no hay espacio para sentimientos. Tampoco recuerda quién fue hace cinco años… quizá porque no desea sentir el dolor que le supone añorar a las únicas personas que denominó familia.


Ficha técnica del  libro

  • Título: Oldquarter 4 – My Freedom
    Autores: Dama Beltrán
    Tamaño: 1.79MB
    Nº de páginas: 321
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Llevaba horas mirando el ordenador, repasando los diseños, pero era incapaz
de concentrarse. Su cabeza estaba en otro lugar, al igual que el resto de su
cuerpo. Por mucho que intentara volcarse en el trabajo, le resultaba imposible.
No podía apartarlo de su mente. El rostro de Bruce aparecía sin avisar una y otra
vez. Era como si todo su ser le indicara que no debía permanecer encerrada en su
dormitorio, con el ordenador sobre las piernas, sino a su lado porque, de alguna
manera, la necesitaba.
Cerró por un momento los ojos, intentando apaciguar esa inquietud que
brotaba de sus entrañas. Durante unos instantes consiguió calmarse, pero fueron
sólo unos segundos, porque al verlo arrodillado en el suelo, llorando por algo
que le causaba dolor, caminó hacia él, como si lo tuviese a su lado, y le tocó
suavemente las mejillas para apartarle las lágrimas. Azorada por esa visión, por
esa ensoñación que le transmitía la tortura que él sentía, saltó de la cama,
haciendo que el portátil cayera al suelo.
—¡No, no, no! —gritó al oír el impacto.
Con manos temblorosas, lo cogió, rezando a todos los santos que recordaba
para que no se hubiese roto, para que la pantalla continuase intacta, para que un
ángel de la guarda frenara el impacto con sus piadosas manos. Pero no fue así.
Sus diseños no estaban, habían desaparecido, y sólo había unas líneas
intermitentes que le indicaban el alcance del golpe.

Lo colocó sobre la cama,
arrodillándose frente al aparato, presionó el botón de inicio y esperó a que se
reiniciara. Sólo un milagro lo haría arrancar y, por desgracia, el mago que podría
ayudarla tenía que estar de vacaciones porque, por mucho que apretó el botón,
nada sucedió.
—¡Maldita sea! —clamó mientras se apartaba los mechones de cabello que le
impedían ver para colocárselos detrás de las orejas—. ¡Maldita sea! —repitió.
Enfadada consigo misma, se levantó de un salto y comenzó a deambular por
el dormitorio buscando una solución económica a su problema. Lo único que se
le pasó por la mente lo desechó al momento. No podía llamar a James para que
le resolviera el problema. ¡Él ya era uno de sus problemas! Continuó andando
sin rumbo, mirando de vez en cuando el ordenador, como si en algún instante el
artilugio sin vida decidiera regresar al mundo de los aparatos útiles. Aunque no
sucedió nada. El ordenador había fallecido.
—¡Joder! ¡Me cago en la puta! —exclamó, permitiendo que su boca soltara
toda esa ira que albergaba en su interior—. ¿Qué cojones has hecho, Ohana?
¿Qué diablos haces con tu puñetera vida?
Sus mejillas, esas que siempre ardían cuando Bruce estaba cerca, volvían a
enrojecerse. Sin embargo, en esta ocasión no lo hicieron por la pasión que él le
despertaba, sino por odio. Un inmenso odio que sentía hacia sí misma.
De repente, la habitación se hizo tan pequeña que no había aire que respirar.
Nada entraba ni por su nariz ni por su boca. Era como un pez fuera del agua,
luchando por sobrevivir. Notó cómo sus pulmones disminuían de tamaño al no
llenarlos de oxígeno. La presión en su pecho aumentó y todo a su alrededor
comenzó a darle vueltas.

Se llevó las manos a la cabeza, como si así cesasen
esos bruscos giros. Pero no terminaron. El hecho de no poder controlarlos le
causó una angustia tan grande que comenzó a perder la visión, y sus latidos,
desenfrenados, zarandearon con crueldad su débil cuerpo. Estaba sufriendo un
ataque de pánico…
—¡No! —gritó lanzándose hacia la puerta de su dormitorio, escapando de esa
prisión y cogiendo ese aire que necesitaba en cuanto la suave brisa acarició su
rostro.
Se llevó las manos al pecho, intentando apaciguar ese terror que la había
invadido, aunque nada podía calmarla.
«¿Sabes por qué te has puesto así? Y no me respondas que por el maldito
portátil porque toda la información importante la tienes en la nube», le dijo la
diablilla, que se había sentado sobre su hombro y le tocaba con el talón la
clavícula.
—¿Por qué? —susurró la pregunta sin poder apartar las manos de su pecho.
«Porque lo has visto sufrir. Ese hombre, ese ser que produce pavor a quien lo
mira, estaba tan asustado como un niño y sólo ha podido calmarse cuando tú has
aparecido… El amor acojona, pequeña. Y el mundo en el que vives no tiene ni
idea del poder que uno posee cuando está enamorado. Ese vínculo que has
sentido, esa aparición fantasmal que has vivido, es sólo el principio… Cuando él
se adentre en tu cuerpo, cuando os convirtáis en un solo ser, descubrirás qué
significa tener la energía del cosmos a tus pies.»
Ohana se miró los brazos. Tenía el vello de punta, como si quisiera tocar el
techo, y su corazón seguía latiendo agitado.

La diablilla no podía tener razón.
Sólo quería engatusarla para hacerla gozar del cuerpo de Bruce. Lo que había
vivido en su habitación sólo se debía a la angustia que le había provocado
romper el portátil, y no tenía nada que ver con él. A paso lento, con los hombros
inclinados hacia delante y notando los suaves toques de su cabello en las
mejillas, se dirigió hacia la cocina. Necesitaba con urgencia una copa de aquello
que tomaba Corinne cada vez que quería caer muerta sobre la cama. Sin
embargo, justo cuando pasó por el dormitorio de ella, se quedó parada, pensando
si debía llamar y hablar un rato. Un poco de charla era más sensato que llenar su
cuerpo de alcohol.


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