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Ni dulce, ni amargo

Genero: Novelas

 Sinopsis

Los granjeros dominan la tierra… y el planeta.

La última persona a la que Griffin Shipley espera encontrarse atrapada en una zanja en su finca rural de Vermont es a la muchacha con la que compartió dos noches apasionadas 5 años atrás, cuando los dos eran estudiantes universitarios.

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A los 27 años, Griff se ha transformado de un día para otro en el patriarca de la granja familiar. Por si la carga de tener que sostener a su madre, su abuelo y sus 3 hermanos no fuera suficiente, ahora va a deber tratar además de esto con una urbanita que pretende adquirirle la cosecha a mitad de coste.

Vermont jamás había entrado en los planes de Audrey Kidder, y mucho menos un rencuentro con Griff Shipley. Pero Audrey precisa desesperadamente que los dueños de la cadena de restaurants para la que trabaja como chef le concedan una segunda ocasión. Así que no va a permitir q ue un insolente granjero de aspecto salvaje se interponga en su camino. Griffin y Audrey son ahora contrincantes, con visiones enfrentadas de la vida. El inconveniente es que la química sexual entre ellos es tan fuerte como la salsa picante del plato estrella de Audrey. O bien más.

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falló, procuré recitar la tabla periódica. Hidrógeno. Helio. Litiommmmmm. Me
torturaba con la mano sobre la lona de la lencería. La tenía tan
dura que me dolía.
Mi primera ocasión de alivio se presentó cuando salí de la carretera y
me detuve en un semáforo. Pensé que se sentaría bien y me dejaría en paz,
mas cuando metí primera, Audrey aprovechó para deslizar de pronto la mano
en mi bragueta y acariciarme con un agarre firme.
—Ahggg —se me escapó.
—¿Estás bien? —me preguntó con ironía—. Has hecho un estruendos extraño.
Le sujeté la mano y se la saqué de mis pantalones.

—Muy bien —dije enfilando la carretera de 2 carriles de casa.
Audrey reinició la charla con Jude. Se pusieron a charlar de platos.
Creo. Tenía el cerebro espeso, estaba empalmado y agobiado por venir al
final de lo que había comenzado.
Eso sí, no en la furgoneta.
Maldita testaruda… Nada como probar mi medicina para ponerme de
mal humor.
Estábamos a 5 quilómetros de casa cuando la mano volvió a las andadas
acariciándome despacio sobre los pantalones. Me mordí el labio para
no gemir. Luego se la separé por segunda vez y aceleré a lo largo de lo que quedaba
de recorrido, torturado por la cercanía de su risa ronca toda vez que Jude
afirmaba algo jocoso.
Dios mío. ¡Cuánto la deseaba! Y lo sabía, la pequeña serpiente.
Cuando llegamos al camino de entrada estaba de un humor de perros, el

peor desde hacía bastante, y duro como un poste de la cerca que clavaría en el
suelo aquella tarde.
Fue entonces cuando me percaté de que había olvidado dejar a Audrey en

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