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¡No sé de cuál enamorarme!

 Sinopsis

Lily Scott era una nórdica que, al cumplir los 21, no aceptó más el frío y soledad que sufría en su pueblo. Se mudó a una urbe del Sur donde comenzó a conocer todo género de personas. Incluyendo 4 pretendientes que, por vez primera, le hicieron sentir que soñar era valioso y enamorarse valdría la pena.
Su corazón le asignó la difícil labor de seleccionar a un solo y también irremplazable huésped.

Lily en su adolescencia padeció un inconveniente escolar que la forzó a proseguir su educación desde casa. Por esa razón, jamás forjó una valiosa relación de amistad en su pueblo natal.
La soledad la consumía, día tras día se sentía más presa en su hogar. Adi exvagos Siempre vivió con gran miedo a lo ignoto, mas llegó el día en que no lo aguantó más. Se mudó para iniciar una nueva vida.

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¿Encontrará la dicha en esa nueva urbe?
¿Esos pretendientes, van a ser capaces de mostrarle el auténtico valor del amor?

Atención: esta historia les va a hacer sonreír un montón.

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Está bien. —Me fui a sentar en el sofá.
Lo leí. Preguntaba información personal y experiencias de trabajo. Lo
completé y me preparé para salir.
—¿Te aburriste acá sola?
—Hmm… bueno, estoy habituada al encierro, con lo que no me quejo.
Estuve viendo vídeos en el teléfono.
Salimos afuera. Hacía mucho sol. Cuando entramos en las escaleras del
tercer nivel, salió de su piso una mujer cargando un bebé que
aparentaba tener mínimo 3 mes de nacido. Ella llamó a Tía.
—Ven, Lily. Vamos a presentarte con mi amiga.

Nos aproximamos. Ella aparentaba tener entre 23 a 25 años
de edad. Su pelo negro lo tenía muy despeinado, en el semblante se le apreciaba a
leguas el trasnoche. Todavía vestía con el pijama. Su bebé que, solo vestía un
pañal, parecía estar dormido.
—¿De qué manera te va, Juliana? —Fue a saludarla con un beso y abrazo.
—Pues ahí, viviendo el cada día —sonaba agotada—. Cuando no es mi
marido que me causa cefaleas, es mi hermana o bien este bebé. Ya tengo
casi 4 meses sin localizar espacio para mí.

—Qué pena —lamentaba tía—. Pero prosigue combatiendo que aún eres
joven.—
No tengo de otra. —Ella me miró por vez primera y le prestó su bebé a
tía para venir a saludarme.
—Usted de qué forma que se semeja un tanto a doña Patricia. —Me sonrió.
—Sí, es que es mi admirable tía. —Le ofrecí un apretón de manos—.
Mi nombre es Lily, mucho gusto.
—Mucho gusto, Lily.
—Ella va a vivir un tiempo conmigo —le contó tía.
—Eso me alegra mucho, que por fin tengas compañía. —Tía le retornó el
bebé—. A propósito, ¿alguna de escuchó la riña de esta mañana?
—¡¿Qué riña?! —Se preocupó tía.

—La escuché —confesaba—. Pero no tengo idea de quienes fueron y como
terminó.
—Acérquense… —Nos solicitó a fin de que lo que nos fuera a decir, no saliera
de entre las tres—. La amante de un vecino en el quinto nivel, habitúa a
pasarse la noche acá cuando su marido está de viaje. Pues resulta que ese
marido le puso un rastreador de ubicación en el teléfono y, esta mañana
tras desbordar del aeroplano, vino directo cara aquí y los encaró. Mala suerte
para él pues el amante de su esposa es un musculoso de mal carácter. Le
terminó propinando tremenda tunda. Incluso lo conminó con lanzarlo por las
escaleras. Nadie se atrevió a llamar a la policía pues eso traería problemas
para todos. Ahora viene el detalle que debemos sostener entre nosotras…
Cuando ese hombre salía colérico del edificio, mi marido alcanzó a escuchar
cuando afirmó que retornaría para matarlo.

—Ay no, tía, qué temor. —Me asusté—. ¿Qué haremos si ese
hombre viene y empieza a disparar?
—Descuida, Lily.
—No te preocupes —me consolaba la vecina—. Mientras tengamos esta
información entre nosotras, no se marcha a alborotar la edificación. Lo primero es que
necesitamos de su colaboración. Como mi marido es oponente de ese vecino, no
podemos ir a charlar con él, mas sí una de . Si le sacan el nombre del
marido de su amante, mi marido va a ir a la comisaría a poner la demanda. Solo
así evitaremos la desgracia.
—Nos desea implicar en algo tan peligroso —pensé.
—No te preocupes, vamos a colaborar. —Aceptó tía. Yo la miré
boquiabierta toda impresionada.
—Muchas gracias. —Se calmó Juliana.
Escuchamos cuando alguien entró en el corredor desde las escaleras. Era
una muchacha máximo de dieciocho años de edad. Su lacio pelo era negro y le
llegaba hasta los hombros; tenía el ojo izquierdo escondo bajo él. Vestía una
gorra negra. Su pantalón, camisa y tenis eran del mismo color.

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