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El escritor y la tecla del erotismo (Pdf o Epub)

Ficha

Título: El escritor y la tecla del erotismo
Autores: Ana Vacarasu
Editorial: Books Factory
Fecha: 01 ene 2020
ASIN: B07Z29TH4K
Tamaño: 0.48MB
Idiomas: Español
Literatura: Novelas Románticas
Páginas: 278
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

Un famoso escritor viaja al campo para documentarse. Por caprichos del destino, su camino se cruza con el de una mujer que guarda un secreto que le cambiará la vida.
Un secreto escondido en una letra. La de la tecla del erotismo.

Leer el primer capítulo:

La herida era superficial, apenas un rasguño. Pero la mano empezó a temblarle como si
hubiera tenido vida propia. Entonces, avergonzada por lo que el contacto visual entre ellos le
hacía sentir, volvió su mirada hacia el botiquín y sacó de allí una tirita. Le quitó el papel protector
y se la pegó en la frente, de una forma casi violenta.

El desconocido la miró otra vez a los ojos, un tanto desconcertado. Estaba tan cerca de su
pecho que le podía escuchar la respiración. Su sentido del olfato percibía el perfume que
desprendía su cuerpo. Era algo suave, etéreo, flores silvestres, supuso. La cercanía de la mujer le
turbaba y no sabía cómo reaccionar para no ofenderla.

— ¿Puedo… puedo limpiarle el resto de la cara con esto, señor —preguntó Daniela,
tartamudeando—, o tiene agua y jabón en el coche, para limpiarse?
Él negó con la cabeza, bajando luego su mirada de los ojos a los labios de la mujer. Ella no
supo cómo interpretar aquel gesto de negación. Un presentimiento de peligro inminente la invadió
de repente, y entonces hizo el amago de apartarse de él.

—No tengo agua, Daniela. Llevo unas horas aquí y, con este calor, me la bebí toda. Por favor
—dijo estirando el cuello y girándose más hacia la derecha, para que ella pudiera limpiarle la
cara, antes de cambiar de idea y dejarlo solo allí en el camino, en medio de la nada.
La mujer cogió unas cuantas capas de gasa más grandes y empezó a quitarle el aceite y las
manchas negras de la cara. No sabía muy bien por qué motivo hacia eso. No podía pensar con
claridad. La sensación de peligro aumentaba en su interior y le aceleraba el pulso. Al mismo
tiempo, las preguntas sobre la identidad de ese hombre seguían rondando en su cabeza. ¿De dónde
lo conocía? ¿Quién era? ¿A quién pertenecía esa voz?

Quieto como una estatua, él no se atrevía casi ni a parpadear. Notaba el sudor que se le
escurría de la nuca hacía la espalda, para pararse en la barrera donde el cuerpo se apoyaba en el
lateral del coche. Era consciente que olía todo a sudor y la camiseta se le pegaba a la piel.
Mientras tanto, el movimiento de la mano de la mujer se hacía cada vez más inseguro, más
pausado, a medida que bajaba por su rostro.

“¿Será posible? ¡Cristo bendito, es él!”, gritó en su corazón, cuando la mano temblorosa
terminó de quitarle las manchas negras y aceitosas, de la nariz y de las mejillas. Se tragó la
exclamación de sorpresa, pero él percibió su sobresalto, como un suspiro que se le escapó de los
labios. También se dio cuenta que a la mujer se le había acelerado la respiración.
— ¿Qué pasa, Daniela? ¿Soy tan feo que te has asustado? Por cierto, te pido disculpas porque
no me he presentado. Me llamo Eduardo.

“Como si yo no lo supiera —casi se le escapa de la boca. Pero no se delató—. Dios santo,
tengo que pellizcarme para convencerme que no estoy soñando”, pensó, asombrada por la
casualidad.
—Encantada de conocerte, Eduardo —le respondió, con una voz tan baja que apenas fue capaz
de oírla ella misma.
La mano ya no le temblaba, pero llegando a los labios del hombre con el proceso de limpieza,
no pudo continuar. Lo que quería hacer en ese momento era otra cosa. Algo con lo que habíasoñado hasta entonces, innumerables veces. Algo prohibido, imposible para ella. Le dolía el
corazón por el deseo de hacerlo.

Bajó el brazo y volteó la cabeza hacia el otro lado. Tenía que tragar ese río de saliva que le
llenaba la boca. Gritó por sus adentros, pidiendo piedad.
El hombre la miraba, percibiendo que algo iba mal. Preocupado, quiso cogerle una mano con
la suya, pero ella se retiró de forma brusca. Metió la botella de agua oxigenada en el botiquín y la
gasa sucia en un envoltorio de plástico.
Después se levantó y se alisó la falda, sin volver a mirarlo a los ojos. Eso era peligroso.
Superaba su poder de resistencia y además, sentía que le ardía la cara y le daba una vergüenza
tremenda que él la viera así.
Eduardo también se levantó del suelo, se sacudió la ropa con las manos sucias y cerró la caja
de herramientas.

— ¿Qué… qué le ha pasado al coche? —consiguió preguntar, mirándolo con el rabillo del ojo.
—Para serte sincero, no tengo ni idea —le contestó riendo, y ella, un poco más distendida por
su risa, le sonrió. Pero en el mismo momento supo que estaba totalmente perdida. Una cosa era
verlo en la tele y otra muy distinta, estar delante de él, escuchar esa risa y mirarle la boca tan de
cerca—. Sólo vi que perdía aceite y el motor empezó a toser de forma extraña y se quedó muerto.
Menos mal que llegué a salir de la autopista. Tendré que llevarlo a un taller. ¿Tú vives por aquí?
¿Me podrías decir si hay alguno por aquí cerca?

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El escritor y la tecla del erot – Ana Vacarasu.epub
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