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Fue un beso tonto (Pdf o Epub)

Ficha

Título: Fue un beso tonto
Autores: Maxwell Megan
Editorial: Gaël Beaulie
Fecha: 09 feb 2020
Tamaño: 1.04MB
ASIN: B01LW3V38D
Genero: Novelas Románticas
Páginas: 307
Formato de la descarga: epub y pdf

 Sinopsis

«Esta Novela reúne varios requisitos para pasar varias horas entretenidas: dos chicas de un barrio madrileño que son policías y dos médicos escoceses adinerados que se conocen después de un operativo especial.

Si a eso le añadimos, una madre estirada que se cree Dios vestida de Chanel y una abuela con su mejor amiga que son la caña, ya tenemos el cóctel perfecto para divertirnos.

Fue un beso tonto es una mezcla de pasión, amor, celos, traiciones, risas, misiones encubiertas y mucho más. La diversión está asegurada con este nuevo trabajo de Megan Maxwell.»

Leer el primer capítulo:

Cuando Olga llegó a su casa, se encontró a su abuela y a Maruja sentadas en el salón viendo un
programa de la tele. Fue a la cocina a coger una Coca-Cola light y volvió al salón, donde aquellas dos
miraban muy interesadas la televisión.

—¿Qué estáis viendo?
—Un programa llamado Mujeres, Hombres y Viceversa —contestó Maruja.
—Es un programa donde la gente joven va a buscar pareja —señaló su abuela, que al igual que
Maruja tenía la cabeza llena de rulos.

—¿Por qué tenéis los rulos puestos?
—Porque queremos estar guapas —respondió su abuela—. Pero psssssss…, cállate ahora que
estamos viendo el programa y está muy interesante.
Olga sonrió y sentándose en el sillón se dispuso a verlo con ellas.

—Oy… oy… oy… —susurró Maruja tocándose con la mano la barbilla—. Esa muchacha es una
fresca de mucho cuidado, solo hay que ver cómo va vestida.

—No me seas antigua —regañó Pepa—. Si yo tuviera el cuerpo que tiene esa chica y su edad,
desde luego me luciría a base de bien.
Mientras se bebía su Coca-Cola, Olga las escuchaba divertida y atendía el programa.

En ese
momento el chico que supuestamente buscaba novia, debía elegir una cita en el programa. Pero para
sorpresa de todos decidió echar a una de las chicas.
—Oy… oy… oy… ¡Qué disgusto ha cogido la criatura! —murmuró Maruja al ver a la muchacha
llorar a moco tendido.

—Pero si es que no pegan ni con cola —dijo Pepa—. A ver, dime tú adónde va Juanito con
semejante potranca. A él le conviene la morenita, Azucenita.

—¿Quién es Juanito? —preguntó Olga.
—Juanito es ese mozo —respondió su abuela mientras señalaba la televisión.
—Es mono —admitió Olga.
—¡Quién lo pillara con su edad! —suspiró Maruja haciéndola reír.

—Pero, Maruja, por Dios. ¿Qué ibas a hacer tú con un pipiolín como ese?—rió Olga.
—Uf… —La mujer se divertía—. Muchas cosas, jamía… ¿O qué quieres? ¿Que solo baile la
conga con los del Inserso?

Olga soltó una carcajada.
—Bendito sea el Señor, Maruja —exclamó Pepa—. Ni que te hicieran falta los del Inserso cuando
ya tienes al tontuso del frutero para que te las haga.
Aquello atrajo la curiosidad de Olga.

—Maruja, ¿estás liada con el tontuso de la frutería?
—No es tontuso. Pobrecico mío. Lo que le pasa es que es muy vergonzoso. Y sí, tengo un apaño
con él, pero nada importante —asintió con una malévola sonrisa—.

Es más, esta noche hemos
quedado tu abuela y yo con él y un amigo para irnos de cena y luego a bailar a La Carroza.
Olga las miró incrédula, mientras su abuela sonreía con picardía y Maruja se tapaba la boca para
reír.

«Mi madre, qué peligro tienen estas dos», pensó Olga mientras las observaba.
—Pero bueno, Mataharis, ¿qué me estáis contando? ¿Tenéis una cita?
Ahora entendía el porqué de los rulos.

—Te lo iba a decir ahora —aclaró Pepa—. Te he preparado algo de cena. Lo tienes todo en el
frigorífico.

—¿Y quién es el amigo del tontuso? —se interesó Olga.
—No lo sé, hermosa —dijo Pepa con una carcajada—. Es una cita a ciegas.
—Pero abuela, ¿desde cuándo haces tú estas cosas?
La mujer la miró.

Después miró a Maruja, y finalmente respondió:
—Tú, ¿qué te has creído? ¿Que soy asexual como una almeja? ¿O que por tener más de medio
siglo no puedo disfrutar del sexo con lujuria y desenfreno como lo hacéis las jovencitas hoy en día?
Aquella revelación pilló tan de sorpresa a Olga que no supo qué responder. Su abuela continuó:

—Pues no, hermosa, no. Cuando el de arriba se llevó a tu abuelo me quitó la vida durante unos
años. Pero hace un tiempo, cuando Rogelio, un amigo de Benidorm, me tiró los tejos, me di cuenta que
me gustaba sentirme halagada.

Y una noche mientras cenaba yo sola un poquito de merluza a la vasca,
cavilé qué hubiera hecho tu abuelo, que en paz descanse, si la que se hubiera ido a criar malvas
hubiera sido yo.

¿Y sabes lo que pensé? Pues que tu abuelo —que era muy fogoso, todo hay que
decirlo— con seguridad hubiera guardado el luto por mí unos meses y luego hubiera vuelto a ser un
picha brava.

—¡Abuela!
—Oy… oy… oy… —susurró Maruja—. Mi Cándido, pobrecico, era igual.
—No te escandalices, hermosa. Gregorio, tu abuelo, que Dios lo tenga en su Gloria recogido, tenía
una fuerza para esas cosas increíble. Oh… era un picarón.
—No quiero oír más.

—Olga se tapó los oídos.
—Por lo tanto, hermosa mía,

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