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Regalo de navidad – Marisa Maverick

 Sinopsis del libro 

Con REGALO DE NAVIDAD queremos agradecer vuestra fidelidad durante todo este año; por ello, qué mejor manera que regalaros los relatos Paz (Bea Melworren) y Esperanza (Marisa Maverick), los cuales forman parte de la antología «Destinos escritos».
Deseamos que esta lectura os haga pasar un buen rato y os anime a seguir descubriendo qué más podemos ofreceros a través de nuestras letras, que es mucho y variado.
Feliz Navidad y un próspero 2019


Ficha técnica del  libro

  • Título: Regalo de Navidad
    Autores: Marisa Maverick
    Tamaño: 0.59MB
    Nº de páginas: 634
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

Descargar libro Gratis Regalo de navidad – Marisa Maverick

Ella miró la mesa en la que la noche anterior dejó el regalo de su amiga.
—Pues me temo que sí —respondió divertida; más relajada.
—Pues va a ser que no —la contradijo, intrigándola.
De la mano, la llevó al hall de entrada. Junto a su maleta, dos cajas de
cartón, medianas, llamaron su atención. Al principio, cuando lo vio entrar e
ignoraba que su maleta se hallaba fuera, deseó que no solo hubiera venido a
por su ropa. Cuando él dijo que no la iba a dejar hoy sola, temió que se
marchara al día siguiente. Pero no, su intención siempre fue quedarse, incluso
antes de hablar con ella; y eso le provocaba quererlo todavía más.
Se acercó y abrió una de las cajas: guirnaldas, adornos de fieltro,
calcetines para Santa, un pequeño nacimiento… Supuso que la otra estaría
llena de más artículos navideños. Cogió con cuidado una pequeña campana
dorada, preciosa y finamente tallada; similar a la que ella rompió sin querer el
primer año que, juntos, decoraron el árbol; y a partir de entonces se convirtió
en una especie de «tradición» el que a ella se le cayera una y él la repusiera en
la siguiente Navidad. Cabeceó, respirando profundamente.

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Emocionada por su
significado y más al leer la leyenda que en ella había, y que él siempre
mandaba inscribir: «Destinos escritos». Como él le dijo el día que le declaró
su amor… «Escritos y con tinta indeleble», recordó ensimismada.
—Sabía que no habías adornado nada y he querido que todo fuera nuevo
—habló a su espalda, abrazándola y dejando un beso en su pelo—. Empezar
de cero, como nosotros.
—No sé qué decir…
—No hace falta, mi amor.
—Ya —insistió ella—, pero necesito…
—Habrá tiempo —aseguró él, y deshaciendo el abrazo se encaminó a la
cocina, diciéndole con voz fuerte y engolada—: ¡¡Y dame algo de comer,
mujer!! ¡Tu marido ya está en casa y se muere de hambre!
Paula lloraba otra vez, sí, pero de alegría por escucharlo hablar, de nuevo,
de esa forma tan… cavernícola. ¡Cuánto había echado de menos sus bromas!
Sus aspavientos exagerados y teatrales.
—Tampoco hay preparada cena especial, que lo sepas. Le dije a Cecilia
que no hiciera nada —le advirtió con voz cantarina; admirando su caminar
elegante y desenfadado.

—Mujer de poca fe… —comentó por lo bajo.
—¡Detente! —le ordenó ella de forma imperiosa.
Él se giró bajo el marco de la puerta que daba acceso al comedor. Sabía
por qué se lo pedía. La vio venir risueña, con ese cimbrear de caderas que tan
loco lo volvía… Y se permitió dejar libres sus pensamientos, ya relajado. Ella
nunca podría imaginar lo que le había costado mostrarse tan duro e inflexible
en su postura. La de veces que estuvo a punto de tirar la toalla y volver a sus
brazos, a su hogar… El consejo de Cecilia fue acertado, como todo lo que ella
recomendaba, pero angustioso. No ignoraba que les quedaba un duro camino
por delante, pero tenía la convicción de que juntos lo lograrían. Todavía le
estremecían sus palabras preñadas de verdad.
Paula llegó hasta él y lo abrazó por la cintura. Alzó el rostro para mirarlo a
los ojos.
—¿Sabes justo en qué sitio estás? —le preguntó con ironía.
—Hmmm —profirió, vibrante. No necesitaba mirar hacia arriba. Él mismo
había puesto ahí las pequeñas ramas de muérdago.
La envolvió entre sus brazos y, lentamente, se acercó hasta sus ansiosos
labios.

—Te amo tanto… —declaró ella, aspirando su aroma.
—Como yo a ti —articuló antes de besarla con voracidad.
Y sus almas, de nuevo en perfecta sincronía, se arrullaron como solo los
que aman de forma pura saben hacerlo.
—Feliz Navidad, cariño mío.
—Feliz Navidad, mi dulce amor.
Nota del narrador
Quizás te preguntes, lector, si conseguirán superar sus problemas… O si se
cumplirán sus sueños…
Nuestra querida Cecilia, sin ella saberlo, solo obedecía mi designio:
cuidar de Paula y Fernando. Ayudar a su niña a llevar una vida serena y libre
de miedos imaginarios; a que confiara en ella misma, en su valía, que es
mucha. Aconsejarlo a él y darle ánimo, intentando que no se derrumbara. Para
que, en contra de su forma de encarar siempre el tema que los distanciaba, se
mostrara firme en su decisión de no claudicar una vez más. No hasta ver que
Paula recapacitaba y tomaba el camino que la ayudaría y salvaría su
matrimonio.


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