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Rialto 11

 Sinopsis

Un día de principios de otoño de 2002, la luz de una pequeña y oculta librería de la plaza del Rialto de Sevilla se apagó, sin estruendos ni apenas despedidas, claramente. Su creadora había comenzado a vender libros diez años ya antes en otras librerías, donde aprendió muchas cosas, aparte de su oficio. En la sucesión de experiencias que conforman estas exquisitas memorias parciales, Rubiano comparte con los lectores la incorruptible vocación que le llevó a establecerse como librera en un rincón del mapa. Y lo hace con humor y con cándida sinceridad, por el hecho de que salvo la satisfacción de trabajar entre libros y lectores comprendemos desde el comienzo que nada es como

había soñado y que en el oficio no faltan tormentas, marejadas y amargas defraudes. Pero asimismo hay, por suerte, instantes surrealistas, inestimables lecciones y grandes alegrías. Ante todo, la calidad de estas páginas, que el lector recorrerá entre la carcajada libre y la más profunda empatía, radica en la vitalidad y el personalísimo estilo con el que Rubiano nos habla de su particular devoción por los libros y de de qué forma uno puede llegar a arriesgar cualquier seguridad por perseguir un sueño.

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Ficha técnica

  • Título: Rialto, 11
    Autores: Belén Rubiano
    Tamaño: 1.46MB
    Nº de páginas: 436
    Idioma: Español

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Por aquel entonces trabajaba de viajante, puesto que, si bien pueda no semejarlo,
es una profesión en la que te organizas con relativa sencillez y puedes amoldar
tus visitas a los horarios que requiere la maternidad. Vendía apariencia: todas y cada una
esas cremas, lociones y bálsamos que prácticamente siempre y en toda circunstancia dejan donde están las
arruguitas que combatir, las células llenas de grasa que abrasar o bien la flaccidez
que fortalecer, mas que, del mismo modo que ocurre con el psicoanálisis, cuando
comienzas ya no puedes parar.
Mi senda asignada eran ciertos pueblos de la provincia de Sevilla y en uno
de ellos, Cantillana, el marido de una clienta se dedicaba a administrar licencias
de apertura, a elaborar un libro técnico que había que presentar en

Urbanismo cuyo nombre he olvidado y a cuanto era preciso para abrir
legalmente. De todo se ocupó con habilidad y cumpliendo datas por unos
honorarios inferiores a los que me solicitaban en Sevilla. En cuanto a las
estanterías, todos y cada uno de los presupuestos que conseguía superaban el millón de pesetas
y, para colmo, eran en melamina. Es una palabra que asimismo ha pasado de
moda y que ya antes se empleaba mucho. Es un adhesivo que sirve para unir el polvo
de la madera que cae al suelo en las factorías y carpinterías y que la
humanidad, en lugar de barrerlo y tirarlo, no solamente lo prensa y cubre con una
chapa finísima que se despega con la humedad o bien la mala suerte, sino hasta
le halla compradores. Pero las deseaba en madera de veras, con sus
nudos y su fragancia a bosque.
Un día, leyendo la prensa local, me hallé con un documental sobre una
población próxima que jamás había pisado ya antes y donde el gremio de
carpinteros, afirmaba, tenía mucha fama por trabajar bien y estar el pueblo lleno

de ellos. Siempre he confiado en los gremios puesto que, donde existen muchos
profesionales de exactamente la misma actividad, por fuerza deben ser especialistas,
honrados y competitivos, o bien los peores no tendrían clientes del servicio. De modo que un
sábado por la mañana, sin más ni más información, cogimos el turismo y nos fuimos
para allí. Creía que, solamente llegar, grandes naves con sus rótulos nos darían
la bienvenida y me volvería desquiciada pidiendo presupuestos. No debí seleccionar la
mejor entrada, puesto que nos recibieron calles desiertas donde parecía no venderse
nada. En un cruce detuve el turismo y aguardé a una señora mayor que,
renqueando, se aproximaba. Bajé la ventana y la llamé.
—Señora, ¿sabe dónde se encuentran las carpinterías en este pueblo?
—Esa puerta es una, la del Isidoro.
—¿Qué puerta?
—La que tiene al lado.
Estaba cerrada y ningún cartel anunciaba que dentro hubiera algo distinto

al mutismo y la oquedad, mas bajé y llamé con los nudillos. Tras un buen
silencio por contestación, sin rumor de pasos ni de nada, aporreé con más vigor y,
por último, nos abrió el carpintero. Yo había dibujado en un folio un plano
muy elemental de la librería con las medidas de alturas y anchuras por cubrir.
Los anaqueles los quería de 25 centímetros de alto, donde caben de
sobra prácticamente todos los libros que se editan, y estrechos a fin de que el polvo no se
acumulara por detrás y apenas robaran lugar para pasar y estar. En madera,
claro, y de esta forma se lo expliqué todo a Isidoro, a quien le hizo mucha ilusión poder
contribuir con su trabajo a montar una librería en esa plaza que tanto le
agradaba de Sevilla.

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