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Sabotaje

Sinopsis del libro 

¿Es el Guernica que conocemos el auténtico cuadro que pintó Picasso?

¿Qué hacía Falcó en la ciudad de París en la primavera de 1937?

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Mayo de 1937. La Guerra Civil prosigue su sanguinolento curso en España, mas asimismo lejos de los campos de batalla se combate entre Boicot pdf las sombras. Una doble misión lleva a Lorenzo Falcó hasta París con el propósito de procurar, de cualquier forma posible, que el Guernica que pinta Pablo Picasso no llegue jamás a la Exposición Universal donde la República pretende lograr apoyo internacional.

Aunque ya se adivinan en Europa los vientos de la nueva guerra que arrasará el continente, la música alegre prosigue sonando, y el arte, los negocios, la vida frívola, ocupan aún a intelectuales, asilados y activistas. Habituado al riesgo y a las situaciones límite, Falcó debe enfrentarse esta vez a un planeta en el que la lucha de ideas pretende imponerse sobre la acción. Un planeta que a él le resulta extraño, y al que va a aplicar sus métodos.


Ficha técnica del libro

  • Título: Boicot
    Autores: Arturo Pérez-Reverte
    Serie: III de Serie Falcó
    Nº de páginas: 254
    Idioma: Español
    OS: iOs, Android, Windows
    Servidores: Google drive, 1Fichier, Zippyshare, y Onedrive

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Lo primero que vio fue una gran compilación de pisapapeles de cristal, de
todas las formas y colores posibles. Eran docenas, tal vez un ciento. Estaban
en una mesa pegada a un espéculo, y ese efecto parecía multiplicarlos hasta el
infinito. Había una lámpara de pie encendida cerca, de estilo art déco, y su luz
creaba un efecto excelente de brillos y reflejos, tal y como si estuviese abierto el
cofre de un extraño tesoro.

—Buenas noches —dijo el hombre sentado en un sillón al lado de la lámpara.
Falcó se lo quedó mirando sombrero en mano, sin contestar. El que había
hablado tenía el semblante muy flaco y llevaba el pelo cano cortado a cepillo; en
brosse, como afirmaban en Francia. Eso le daba un cierto estilo militar. Debía de
tener cincuenta años largos. Vestía chaqueta de lana abierta sobre una camisa
de cuello duro, con un nudo de corbata ancho y grueso, y pantalón algo raído,
de terciopelo negro. Calzaba zapatillas caseras de felpa, y un gato de pelaje
dorado dormía a sus pies.

—Siéntese, por favor.
Con una mano huesuda señalaba una mecedora. Falcó miró en torno. Los
dos que lo habían llevado allá habían desaparecido. En la penumbra que
aclaraba la lámpara se advertían cuadros viejos, esculturas de piedra y
mármol, jarros, porcelanas, bronces y todo tipo de pequeños objetos en
aparadores y vitrinas. En una radio Philips, incoherentemente moderna en
aquel sitio, sonaba música clásica: una armonía pausada, solemne, que podía
ser Beethoven, pensó Falcó. O bien Wagner. Alemán, seguro. Uno de esos.
—Puede fumar, si desea.

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Había sacado Falcó la pitillera, mas se detuvo al escuchar la respiración
sibilante de su interlocutor. Era seca, vieja. El del sillón parecía familiarizado
con ella; advirtió su ademán y también hizo un gesto con una mano, invitándolo a
proseguir.

—No se preocupe, adelante. No me molesta.
Lo miró Falcó con interés. Sabía distinguir la respiración de un asmático o
un tuberculoso de la huella que dejaba en los pulmones el gas mostaza. No era
la primera vez que escuchaba esa clase de aliento entrecortado. Resultaba
frecuente en veteranos de las trincheras de la Gran Guerra. Los que habían
sobrevivido, naturalmente. Los menos agraciados hacía mucho que dejaron de
tenerlo.

—No voy a andarme por las ramas, señor —dijo el otro.
—Pues no sabe de qué forma se lo agradezco.
—Conocemos su nombre y lo que hace en la ciudad de París. Lo que ignoramos es por
qué y por cuenta de quién.

Se sentó Falcó, tomándose su tiempo mientras que encendía un cigarro. Cauteloso.
Intentaba situarse en tan inopinada compañía. Tomar la medida a todo
aquello.
—¿Conocen?… ¿A quién se refiere ese plural?
—Eso no viene al tema —el hombre lo observaba con molesta fijeza—.
Usted tiene nacionalidad de España y según parece termina de llegar desde La
Habana. O bien por lo menos eso asevera.
Tras decir aquello prosiguió mirándolo en silencio, como si Boicot epub esperara una
confirmación formal; mas Falcó se sostuvo mudo y también imperturbable. Había una
mesa a su izquierda con un cenicero de alabastro, una botella de Courvoisier y
una copa. Apuntó el otro la botella de coñac, mas Falcó hizo un gesto
negativo.

—También sabemos que se relaciona con gente indeseable.
Alzada una punta del misterio, Falcó se dejó la primera sonrisa.
—Indeseable ¿para quién?
—Para la dignidad de Francia.


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