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Samael – Roberto Augusto

 Sinopsis del libro 

Samuel lleva dos años en paro y bebe demasiado. Su mujer lo abandona y acaba solo, durmiendo en la calle. Un día se encuentra con Ares, el jefe de un grupo antisistema que le invita a unirse a su organización. Así inicia un nuevo camino en su vida que le transformará por completo. Se convertirá en un líder despiadado que no se detendrá ante nada para lograr sus metas en su lucha contra una sociedad que desprecia y a la que considera corrupta.


Ficha técnica del  libro

  • Título: SAmael
    Autores: Roberto Augusto
    Tamaño: 0.62MB
    Nº de páginas: 318
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Andreu que fue beneficioso para ambos. Pol le compró su parte del negocio por una
generosa cantidad. Dos años después abrió su segunda tienda. Y más adelante una
tercera, una cuarta y una quinta. En la década de los ochenta fue cuando su negocio
creció cada vez más. Llegó a abrir una tienda cada año. En el ochenta y seis incluso
dos. Una de las mayores satisfacciones de su vida fue comprarle un piso a cada una de
sus hermanas. Su madre no lo necesitaba: vivió con él hasta el día de su muerte.
A los cuarenta años pensó que había llegado el momento de casarse. Ya tenía una
buena posición, su carné de socio en el palco del Camp Nou, su abono anual en el
Liceu, y acababa de comprarse un piso de lujo en el barrio de Sarrià. Lo único que
necesitaba era una mujer que llenara su vida y le diera hijos. En eso tampoco convenía
precipitarse. Quería que su matrimonio lo ayudara a escalar socialmente, que significara
su entrada en la alta sociedad barcelonesa. No iba a casarse con una cualquiera.
Cuando le presentaron en una cena a la hija del marqués de Torelló, la señorita
María de los Remedios, Reme para sus íntimos, supo que ella era lo que estaba
buscando. Su familia estaba completamente arruinada por culpa de la mala cabeza de
su padre, asiduo de casinos y de prostíbulos de lujo. Era hija única.

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No demasiado
agraciada a pesar de sus veintidós años. Nadie de buena familia querría casarse con ella.
Pero para Pol suponía la culminación de su ascenso social.
Fueron novios durante tres meses antes de que él le propusiera matrimonio. Reme
aceptó sin dudarlo. Pol ponía el dinero y ella el prestigio de la nobleza. Cuando murió
su suegro, se convirtió en marqués de Torelló. Él, hijo de un pobre empleado textil y de
una señora que limpiaba escaleras, era un noble. Eso era más de lo que hubiera podido
soñar. Desde aquel momento hizo que todo el mundo, incluido el servicio, lo llamara
señor marqués, e incluso cambió su firma para que en ella figurara su nuevo título. Se
hizo, además, unas tarjetas de visita con el escudo del marquesado.
Al principio, el matrimonio tenía una relación un tanto fría. Con el paso de los años
y la llegada de los hijos, el afecto que surge de la convivencia se fue convirtiendo en
amor. Descubrieron que tenían muchas cosas en común. No es que compartieran
aficiones e intereses, sino que tenían unos valores y una forma parecida de entender la
vida. Reme era una mujer práctica, ahorrativa, que había sufrido mucho por culpa de su
padre, un hombre ruin y egoísta que únicamente se preocupaba de su propio placer, un
noble decadente que nunca tuvo que luchar por nada en la vida. Pol, en cambio,
representaba el prototipo de persona humilde hecha a sí misma con mucho trabajo y
tesón. Ella admiraba la voluntad de su marido y su deseo de triunfar en la vida.

Su felicidad se vio colmada con dos hijos, un niño y una niña. A la niña la llamaron
Mercè, igual que la madre de Pol. Al niño, el pequeño de la casa, le pusieron Carles de
nombre. Los dos eran la cara y la cruz. El chico era responsable, callado y trabajador.
No molestaba a nadie y sus notas demostraban que era aplicado, aunque no
excesivamente brillante. Mercè, en cambio, era un completo desastre. No estudiaba y
siempre se metía en líos. Cuando cumplió quince años su padre creyó que lo mejor era
mandarla a un colegio interna en Suiza. Les costaba un dineral, pero podían pagarlo. En
menos de tres meses la habían expulsado por un asunto de drogas. Ese fue el inicio de
su descenso al infierno.
La hija de Pol ya era adicta a la cocaína y a la heroína con dieciséis años. La
llevaron a varios centros privados de desintoxicación para intentar que se curara de sus
adicciones. Visitaron médicos, psicólogos y psiquiatras, incluso videntes famosos. Todo
fue en balde. Su padre pensó en tirar la toalla y en echarla de casa. La madre no lo
permitió. Tuvieron que vivir durante años como prisioneros en su propio hogar,
escondiendo el dinero para que ella no lo robara. Una vez, con la ayuda de un amigo
yonqui, les llegó a desvalijar el piso. Se llevaron hasta el televisor. Su hija sabía que
nunca la denunciarían a la policía.
Cuando murió de sobredosis con veintitrés años, casi fue un alivio. Reme tardó
más de dos años en superar la muerte de su hija. A Pol lo dejó algo tocado, aunque optó
por refugiarse en el trabajo, que era lo que más satisfacción le daba en la vida.
Dedicaron tantas energías a Mercè que casi se habían olvidado de Carles, su otro
hijo. Él, mientras tanto, se sacó una doble licenciatura en Derecho y Económicas, y se
marchó a EE. UU. a hacer un máster en Administración y Dirección de Empresas en la
Universidad Cornell, en Nueva York, una de las mejores del mundo. Estaban muy
orgullosos de él, aunque no le habían prestado la atención que hubiera merecido.
Pensar en su familia provocó en Pol una profunda tristeza y no pudo reprimir las
lágrimas. Se imaginó a su mujer sola, tendida en su cama con la boca tapada y las
manos atadas. No la encontrarían hasta las nueve de la mañana. A esa hora llegaba la
señora que se encargaba de la casa. Se pasaría la noche allí tirada, como un perro. Con
todo lo que había sufrido por culpa de Mercè y ahora esto, un secuestro. Nunca
hubieran creído que les iba a pasar algo así.

Se consoló pensando en que Carles volvería enseguida y podría estar con Reme.
Sola se moriría. Sentía un odio intenso y profundo hacia los que lo habían encerrado
allí. «¿Por qué me han hecho esto? Nunca me he metido con nadie. Solo me he
dedicado a trabajar como un esclavo», pensó Pol. Así, consumido por la impotencia y
la rabia, pasó toda la noche sin dormir.


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