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Scarlet

 Sinopsis

Una nueva entrega de las aventuras de la Leyenda del Rey Cuervo. Arrastrado fuera de su hogar en el norte de Inglaterra, Will Scatlocke, a quien sus amigos apodan Scarlet, ha viajado a Gales para unir su destino al del hombre cuya reputación prosigue medrando en la isla.

Will, un leñador hábil con el arco, formará prontísimo una parte del círculo íntimo de Bran ap Brychan. En un intento errado de raptar al sheriff Richard de Glanville, Will cae preso. Mientras que en la corte medran los cotilleos de una conspiración, el humilde preso se transforma en un eslabón vital para llegar a los prófugos que lo han descuidado, y de su fidelidad depende la supervivencia de los fuera de la ley, y el trono de Inglaterra.

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—¡Con todo respeto, cardenal —gritó Bran, combatiendo a fin de que su ira no
devorara su razón—. No podemos admitir esta resolución!
—El rey ha hablado —concluyó el cardenal Bayeux—. Seguir discutiendo
sobre esta cuestión no vale de nada. Por tanto, el tema está concluido.
El rey William, imperturbable frente a la furia de nuestro señor, asintió y dio
media vuelta. Él, sus soldados y consejeros se retiraron al interior de la casa.
El cardenal enrolló el pergamino y prosiguió al monarca.
Con esto, el Día del Juicio terminó.
Al cerrarse la puerta tras la comitiva real, otra extensa puerta se abrió en el
otro extremo del patio y los soldados que hasta aquel instante habían estado
observando nos rodearon. Con las armas preparadas, formaron un muro, hombro
con hombro, en todo el perímetro del patio.
—Debemos irnos de acá en seguida —advirtió Angharad—. ¡Bran!
Ya no nos oía.

—¡No se nos negará de esta manera! —gritó, avanzando—. Esto no se termina
acá. ¿Lo oís?
Ella tiró de la manga de Bran, haciendo que reculara. Zafándose de
ella, corrió tras el cardenal, que se retiraba de manera rápida.
—¡Iwan! ¡Siarles! —gritó Angharad—. ¡Id a buscar a vuestro señor!
Los 2 se precipitaron cara delante y flanquearon a Bran, uno a cada
lado.—
Vámonos, mi señor —le suplicó Iwan—. No empeoremos las cosas. Están
aguardando tan solo media razón para atacarnos.
—Haríais bien en llevároslo a rastras —gritó el alguacil Guy, riéndose—.
¡Llevaos a ese can apaleado!
Gysburne era el único que hallaba un motivo de diversión en todo
aquel desastre, creo: y unos pocos de los soldados, de aspecto algo menos
avispado, que lo acompañaban. El resto parecían apropiadamente

abatidos, dándose cuenta de que tampoco eran buenas noticias para ellos.
El conde Falkes parecía un hombre al que le han quitado todos y cada uno de los huesos, y
hacía lo que podía para sostenerse en la silla. Su pálido rostro era todavía
más espantoso. Sus labios tremían, indudablemente, contemplando su ruina.
Iwan y Siarles lograron coger a Bran y traerlo de vuelta. Mérian
corrió a su lado para asistir a aliviarlo. Mientras, Tuck y Angharad,
miedosos de que lo que los francos pudiesen hacer, se movieron de manera rápida
para organizar al mundo entero y comenzar a desamparar el patio antes que un
derramamiento de sangre transformara el desastre en una catástrofe.

Obedeciendo a sus cabezas, más temperadas, nos dimos la vuelta y
comenzamos la lenta retirada bajo los agudos ojos y las desnudas armas de los
soldados del rey. Al pasar frente a la compañía del conde De Braose, miré y vi a
Odo, con su redondo y serio rostro afligido. En un rapto, levanté la
mano y le hice un ademán a fin de que se uniera a nosotros.
—Ven, fraile —le dije—. Si deseas desamparar al demonio y estar al lado
de los ángeles, eres bienvenido acá.
Para mi sorpresa, tomó las bridas y se separó de las filas francas. Algunos
de los que lo rodeaban procuraron impedírselo, mas se libró de ellos. El abad,
con desdén, les afirmó que dejasen que aquel Judas se fuera.

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