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Seis hermanas. Los años de la inocencia – Rebeca Tabales

 Sinopsis del libro 

Una mujer y dos hermanos en el Madrid de 1880.
Elisa Torrealba llega a Madrid la primavera de 1880. Ella y su hermana quedan huérfanas y se instalan en la sombría casa solariega de sus tíos, un matrimonio severo. Elisa mira con curiosidad y espíritu crítico todo cuanto ocurre a su alrededor, le cuesta mantener las formas y comportarse como una señorita, pero quiere hacerse un sitio en ese nuevo y complicado mundo, y sabe ser encantadora, cuando quiere.

Las Torrealba son un misterio para la aristocracia madrileña, su dote, su carácter y su reputación preocupan e interesan a los cotillas, y también a algunos hombres. Fernando y Ricardo Silva, herederos de la fábrica de Tejidos
Silva, jóvenes, nuevos ricos y solteros deseados, representan lo mejor y lo peor del Madrid del fi n de siglo en todas sus formas. La tradición y la transgresión, la ciencia y el juego, la razón y el instinto, la prudencia y la pasión son los escenarios en que compiten.

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Elisa entrará en sus vidas y forzará una lucha aún más grande. Por primera vez Ricardo se aburre de su vida nocturna de calavera y sueña con encontrar un amor que de verdad lo cambie, mientras que Fernando duda de su compromiso con la hermosa y convencional Catalina Hinojosa. De fondo están las vidas de los criados, los pequeños empleados y la burguesía emergente de la revolución industrial, la aristocracia madrileña con sus tertulias, sus paseos en carretela por el Retiro, los bailes, las verbenas, la elegancia y la decadencia de un tiempo de inocencia que nunca volverá.


Ficha técnica del  libro

  • Título: Los años de la inocencia
    Autores: Rebeca Tabales
    Tamaño: 1.79MB
    Nº de páginas: 342
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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El alcalde y el señor Olea se ofrecieron a llevarlos en su propio coche,
una berlina de nueve plazas a la que añadieron un caballo de su cuenta. Ya
acomodados y en camino, Ricardo rogó al señor Olea que les contase cuál era
aquella batalla rural de la que hablaba el alcalde.
—Verá. Se trata de las fincas Los Ventosos, Los Novilleros de las
Habillas Peñalobar, Los Delgados Cañahejoso y Toconal. Su traspaso fue
realizado por el abuelo de mi amigo, y amigo de mi abuelo, Ignacio Olea —
sonrió, haciendo subir sus espesos bigotes—, el 27 de abril de 1851 al conde
de Salvatierra, como pago de deudas contraídas por el conde por importe de
670.253 reales. La venta de la finca fue objeto posteriormente de dos
procedimientos judiciales. El primero, para reclamar doce fanegas de la finca
Peñalobarejo a la propietaria lindera Micaela Díaz de Herranz, vecina de
Medellín, al considerar que eran de su propiedad.

El Tribunal Supremo falló
a favor de doña Micaela y condenó a Ignacio Olea a reponer los mojones, con
una multa de diez mil reales. Esto era una injusticia manifiesta contra los
Olea, que además impedía que poseyeran la mayor parte del territorio, pues la
tierra perdida constituía una parte de cien de las hectáreas de terreno de
cultivo, de manera que, al pertenecer a otra persona, los conflictos en torno a
la propiedad se complicaban. Esto, desde luego, benefició siempre al conde, y
no dudamos que estaba detrás del asunto. Todo se ha reparado hoy, después
de mucho espacio de asuntos de palacio, devolviendo a los Olea la tierra y
reintegrando parte de la cantidad que pagaron injustamente…
Adolfina bostezó. Olea interrumpió a su amigo comunicando el único
resultado de aquel farragoso asunto que podía interesar a sus invitados:
—Esta noche los aldeanos a quienes he arrendado mis tierras celebran
una fiesta en mi honor.
—Lo quieren mucho, entonces, sus aldeanos…
Nada más pronunciar estas palabras, Elisa se sorprendió de estar diciendo
que eran suyos, como siervos de la gleba, y sospechó que el hombre de
negocios haría algún comentario moderno al respecto. Por el contrario, sonrió
y asintió con la cabeza (la pluma de su sombrero oscilaba con el traqueteo).
—Sí, son buena gente —dijo con orgullo patriarcal.

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Elisa había pensado preguntarle al señor Cabezas si su chaleco color
cereza tenía algo que ver con aquel que tomaron como uniforme
revolucionario los románticos franceses. Por alguna razón la respuesta que
acababa de darle uno la disuadió de preguntar al otro.
—¿Dónde se instalarán? —preguntó el alcalde.
Adolfina miró a Ricardo, debía contestar él, pero estaba distraído.
—Oh, no sabemos. Pensábamos buscar alguna pensión al llegar al pueblo.
—Qué pensión ni qué niño muerto. Todos ustedes se instalarán en mi
casa. Rosalía se estremeció, odiaba los dichos y refranes de niños muertos,
como ya sabemos. La cortesía hubiese demandado que los invitados
protestaran y se negasen a aceptar la hospitalidad del alcalde, y que a su
primera insistencia obsequiosa aceptaran con suspiros y gestos de aceptación
forzosa, pero ninguno tenía ganas de hacerlo. Fue, en cambio, Olea quien
añadió:
—No, no. Se quedarán todos en la mía. Es en mis tierras donde habrá
baile esta noche, ¿recuerdan?
Rosalía buscó ansiosa la mirada de Elisa y la de Ricardo. Fue este quien
respondió a la súplica de sus grandes ojos oscuros que tanto había elogiado
una vez, y que ahora le hacían sentir un poco de vergüenza.

—Señor Olea, si es tan amable; mi criada tiene una hija que se ha criado
en este pueblo, es protegida de mi padre, y quisiéramos visitar la casa en que
se aloja. Es la vivienda de Rita Manzano.
—Ah, sí, la Rita. Buena mujer. Se quedó viuda hace unos años y tiene
que trabajar ella sola sus tierras, así que me imagino que un par de bracitos
más le habrán venido bien. No tuvo hijos propios. Bueno, tuvo uno, hace
ocho años, que murió. —Miró a Rosalía y se inclinó un poco, como si le
hablase a un niño—. Así que es usted la madre de la Rubia.
—¿La Rubia?
Enderezó la espalda, sintiendo un repentino orgullo. Su hija era rubia,
como su padre. Cuando la dejó hubiera sido imposible decirlo, depositó su
último beso de madre en una cabecita con olor a caramelo, completamente
calva.—
No es que sea muy rubia —rio el alcalde—, pero en conjunto, los ojos
grises, la piel blanca…, parece una francesita.
—¿Francesita? —exclamó Ricardo, y se echó a reír.


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