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Sexo, alcohol, paracetamol y una imbécil – (Cate Maynes 2.5)

 Sinopsis

Bajo el título genérico de Sexo, alcohol, paracetamol y una imbécil se reúnen 8 historias cortas protagonizadas por la detective privada Catherine S. Maynes (El primer caso de Cate Maynes, Los hilos del destino).

Los 7 primeros relatos tienen como telón de fondo un mismo hilo conductor: Cate ha perdido algo en apariencia insignificante mas con un enorme valor sentimental y a lo largo de 4 días la vamos a acompañar en su busca, camino que acarreará un doloroso regreso a su pasado más reciente.

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El octavo relato que cierra esta antología es El camino de su piel. Versión extendida. En , Cate es contratada como escolta por una mujer miedosa de su expareja, encargo que terminará sumiéndola en un torbellino sensible que probará su estabilidad y su cordura. Un relato en el que una mujer conminada, una detective privada, la noche y un camino sin destino van a ser los ingredientes.

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Si buscas a una tía con un lunar en el coño —dijo—, en cama
redonda hay una. —Señaló el enorme lecho que encabezaba el cuarto oscuro—.
O bien por lo menos la había hace diez minutos. —Sonrió con satisfacción—. Fue el
segundo cuadro.

—Ah, estupendo. Gracias. ¿Sabes si era castaña con ojos cobrizos?
Se encogió de hombros.
—Ni idea, solo le vi el chocho. Aproveché que se había quedado libre. Es
que hay una melé el día de hoy que no veas…
—Ya. Gracias de todas formas.
—Jo, a ti, maja —dijo, con tanta gratitud como entusiasmo—. Ya nos vemos
por acá, ¿vale?
Eso seguro, pensé, virándome cara la cama, donde había una buen número
de mujeres, sobre y alrededor. Parecía haber tantas mironas como
participantes. Esperaba que Si Bemol (si era , claro) aún
anduviera por ahí.

Me aproximé al tumulto, procurando ver sobre la línea de voyeurs,
mas estaba claro que iba a tener que hacer empleo de mis dotes persuasivas (en
algún manual lo llaman «codazos») para acceder a la cama, en la que un
número de mujeres que fluctuaba entre ¿8?, ¿once? se lo pasaban
pipa.
Veréis, esto no es lo frecuente. Lo de las melés orgiásticas lésbicas. Eso, lo
del sexo anónimo, casual y de cuarto de hora, es más propio de los hombres
gais (y de los heteros, vaya, que semeja que acá solo los de la acera de
enfrente seamos las alegres comadre de Windsor. Daos si no una vuelta por
aseos de discos, pubs y afines, o bien por parking y descampados, y
vamos a ver quién folla más. Y con qué nivel de compromiso. Lo que pasa es que
los gais fueron más listos y también idearon los cuartos oscuros. A cubierto, a mano
y con total disponibilidad, ¿qué más se puede solicitar?).

Nosotras, no. O bien mayoritariamente no, vamos. Las bolleras somos más del
tándem «Hola, ¿estudias o bien trabajas?» y camión de mudanzas en la puerta a los
un par de días. Pero mira, se ve que Océano tiene cierto aire inspirador que alumbró
a la dirección del local en el anhelo de agregar un apéndice al Manual De Cosas
De Lesbianas (capítulo 23): «Sí, nosotras asimismo tenemos sexo anónimo y
casual» (que va justito tras el 22: «No somos amigas, nos comemos el
coño»), y de ahí brotó la maravilla del Sappho.
La cuestión es que el cuarto obscuro no era solo algo nuevo en el
costumbrismo lesbiano, sino más bien asimismo en su aplicación práctica. De estructura
elíptica, ocupaba casi toda la planta de arriba, teniendo como núcleo
una extensa estancia donde se situaba el lecho que había citado doña
Comebocas, la Cama Redonda Más Grande Del Mundo (lo era, lo juro). A su
alrededor, rodeando la elipse, se distribuían una serie de habitaciones
decoradas con diferentes entornos, que iban desde salas grandes y espaciosas
capaces para entusiastas de las multitudes, a pequeños cuartitos personales para las
que agradaban de amedrentad.
Pero a mí el entorno que me interesaba en ese instante era el de la cama.
Gracias a mis persuasivos codos pude ponerme en primera fila. En el
enorme lecho verifiqué que había cerca de doce mujeres,
distribuidas en parejas, tríos y algo que parecía un intento de sexteto (si bien
no tenía clarísima la correspondencia de las participantes). Las había vestidas,
semidesnudas y prácticamente desnudas, y aunque la obscuridad no era total
(para eso estaban los cuartos número 1 y dos), no me iba a resultar nada simple dar
con Brenda, por lo menos a simple vista (y como las participantes se encontraban
inmersas en un lubrificado delirio, lo de consultar a voz en grito me parecía
labor poco menos que inútil).

Es decir, que tocaba plan B: practicar la inmersión cultural.
Ahorraré los detalles, mas solo sabed que el refrán que reza aquello de
«más bastante difícil de localizar que una aguja en un pajar» era de lo más atinado.
Pero la hallé, la aguja (en mi caso, lunar). O bien creía haberlo hecho, pues
cuando, tras inspeccionar dos coños y localizar en el tercero el bendito
lunar, su dueña, ante mi interpelación de «Hey, Brenda», había replicado:
—Olivia, niña, tengo por nombre Olivia.
Y se obstinaba en que servidora culminara lo que había creído deseo
sexual y que, realmente, no había sido más que un cuidadoso escrutinio por
mi parte. Con el chasco que me llevé, la cuestión es que no me apetecía nada
comérselo y como me sabía mal que se le bajara el calentón, le solicité a una
muchacha que había justo al lado que se encargara , algo que hizo con notable
velocidad y entusiasmo.
A Olivia, ni le importó.
Frustrada, salí del cuarto obscuro y me dispuse a bajar al piso de abajo.
Empezaba a dolerme la cabeza (again), con lo que ya daba por perdida la noche
(y mi bandolera), mas recientemente estoy poco a poco más persuadida de que
debe haber alguna diosecita por ahí que candela por las imbéciles, pues
cuando ya enfilaba las escaleras para bajar, alguien las subía directa cara mí.
—¡Joder, menos mal! —me saludó una muchacha con mucho entusiasmo,
interceptándome—. ¡Qué bien que te haya encontrado!
—¿Ah, sí? ¿Y para qué exactamente me buscabas… ehm…?

Dejé la oración en el aire a fin de que la completara, a ser posible
identificándose, pues lo cierto es que no tenía ni idea de quién se
trataba.
—Brenda —explicó—. No te apures, Mimí asimismo ha debido
recordarme tu nombre.
¿Brenda? ¿Mi Brenda? ¿La del lunar a un coño pegado? La miré bien:
castaña, ojos cobrizos. Vale, 2 de 3, nombre y aspecto. Pero ya me había
llevado dos chascos y, desde entonces, joder no follaba más, que me
dolía la cabeza, joder.
—¿Tienes un lunar en el coño? —inquirí con falta de confianza.
¿Os acordáis de lo que os había dicho acerca de determinadas preguntas
pertinentes en determinados lugares pertinentes? Bueno, puesto que ahí iba otro ejemplo
(no lo procuréis con las chicas del Club de Ganchillo).
—Esa soy —confirmó con entusiasmo—. He hablado con Mimí y sé que
me buscabas. Pero realmente te buscaba a ti. Te quedaste
con mi chaqueta.
¡Anda, esta sí que era buena! Me birlaba y era la que me demandaba a
mí.
—Pues tú con mi bandolera —contraataqué—. Y tu chaqueta no es que me
la quedase. Te la dejaste .
—¿Yo te dejé la chaqueta? ¿Y dónde, si puede saberse?
—¿Dónde será? En la playa en la que me dejaste tirada.
—¿De qué manera que te dejé tirada? ¡Tú me dejaste tirada a mí!
—¡¿Yo a ti?! No, guapa. Fui la que amaneció con el chichi lleno de
arena, más sola que la una y rodeada de cangrejos carnívoros.
—Ay, ¿mas qué afirmas? ¿Y de qué cangrejos carnívoros me charlas?
—Eso no viene al tema. La cuestión es que me dejaste a mí tirada en una
playa y, de paso, te llevaste mi bandolera. —Punteé cada posesivo y
pronombre señalando con un dedo índice de lo más pasivo-beligerante.
—Ah, no, nada de eso —replicó , desenfundando por su parte su índice—.
Tú a mí. Mi chaqueta.

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