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Sonata de amor

 Sinopsis del libro 

esde que David Foster, estudiante de último año de medicina, escuchó tocar el piano a la bella y talentosa Catherine Watson, ha estado prendado de ella. Tras el concierto, decide invitarla a salir junto a su mejor amigo Mark Spencer. Todo parecía ir muy bien, hasta que un terrible malentendido se cruza entre los dos, rompiendo la magia de la incipiente atracción y llevándolos por rumbos distintos.
La mujer ideal de David se convertirá en la esposa de Mark, por lo que permanecerá cercana a su vida, pero desde un espacio en que él solo podrá adorarla de lejos.

Cuando unos años después Catherine atraviese uno de los episodios más difíciles de su existencia, David, ya toda una eminencia de la medicina, estará allí para brindarle su apoyo. ¿Se encargará la vida de poner las cosas en su lugar? ¿Les brindará el amor una nueva oportunidad?
De la autora de De vuelta a tu amor, Entre el valle y las sombras y Giros del destino, llega esta nueva historia que nos habla del poder sanador de un amor que todo lo sufre, todo lo cree y todo lo espera, el amor que nunca dejará de ser

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Ficha técnica del  libro

  • Título: Sonata de Amor
    Autores: Isabel Acuña
    Tamaño: 1.26MB
    Nº de páginas: 549
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

Descargar libro Gratis Sonata de amor – Isabel C. Acuña

Al cabo de una hora entró al consultorio, David no se sorprendió de verlo,
agradecía la compañía que le brindaba a Catherine. Le simpatizaba, era un
hombre muy culto e interesante. Sebastián le tendió la mano. Observó de
nuevo la fotografía como pidiéndole fuerzas a Penélope para el difícil
momento que iba a enfrentar.
El hombre agachó los hombros y se sentó en el sillón destinado a los
pacientes. David, extrañado por su comportamiento en su anterior visita y por
la manera en que miraba una vez más la fotografía, lo observaba, esperando
una explicación.
—Necesito que me escuches con calma. —Entrelazó ambas manos y las
puso encima de las rodillas.
—Estoy escuchando —contestó tenso.
—David, sé que parecerá una locura. —Le tembló la voz, inspiró profundo
y soltó—. Penélope fue mi mujer y tú eres mi hijo.
David lo miraba fijamente, pareció no comprender en un primer momento,
luego lo miró como si hubiera perdido el juicio.

—¡¿Qué?! ¿Te volviste loco?
—No, David —suavizó el tono de voz y se acarició el dorso de la mano,
ese gesto lo calmaba—. No estoy loco, tu abuelo se llamaba Tim Foster y era
un irlandés de fuerte temperamento, tu abuela era francesa y tu madre…
—¿Qué mierda? —Se levantó, mirándolo confuso y furioso.
—Lo siento, sé que parece una locura, pero es la verdad.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—No tenía idea hasta la primera vez que estuve aquí y vi la fotografía.
—¡Eres un cobarde! Entre muchas otras cosas. Has venido al hospital no
sé cuántas veces después de eso… ¿y hasta ahora me lo cuentas? —elevó el
tono con voz tensa.
—¡No sabía cómo decírtelo! —exclamó él, asustado.
—Como lo estás haciendo ahora. ¡Carajo! —Caminó por el consultorio,
furioso. No tenía dudas de que dijera la verdad, y en último caso siempre se
podía hacer una prueba de ADN, pero eso ahora no le importaba. Le
molestaba la rabia que le subía en oleadas por sus vivencias de infancia que
desfilaban una a una sin tregua.
—Te pido que me perdones.

David interrumpió.
—¿Qué mierda tengo que perdonar? ¿Qué mi madre se partiera el lomo día
tras día de sirvienta de un hijo de puta? ¿Qué yo no tuviera una figura paterna
en quien apoyarme? ¿El abandono? —resopló, incrédulo—. Yo no soy buena
persona, si viniste esperando mi perdón, estás más loco de lo que creí.
Sebastián quiso llorar, no sabía cómo derribar la muralla de dureza y
resentimiento que ostentaba su hijo.
—No quiero saber nada de ti, nos abandonaste, mi madre ni te mencionaba, yo
no llevo tu apellido, así que me imagino que como hombre y como padre no
valías la pena. Vete, por favor y no vuelvas, no me interesa nada de lo que
tengas que decirme.

No solo habló el resentimiento, la sensación de pérdida fue devastadora.
Sobre todo en la primera infancia, David veía con envidia a los papás de sus
compañeros de colegio, crecer con ese sentimiento no había sido agradable, la
carencia que sentía cuando los padres de los demás niños los animaban en los
partidos de fútbol o en alguna otra competencia o los días de actividades
donde era imperativo la presencia del padre y él se presentaba con su madre,
que trataba de suplir la ausencia paterna de la mejor manera posible, el
sentimiento de no sentirse parte de algo lo abrumaba, sobre todo cuando entró
en la adolescencia y los primeros brotes rebeldes hicieron aparición. Si algo
le debía a Henry cuando se quedó huérfano, fue que le dio un sentido a su vida.
La situación hubiera podido ser peor, habría quedado en manos de su tía, que
llevaba una situación muy precaria luchando con una artritis avanzada o en
manos del Estado y de ahí rodar de un hogar de acogida a otro. No, lo mejor
que le pudo pasar fue la presencia de los Spencer en su vida, con lo bueno y
con lo malo.


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