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Un amor inesperado

 Sinopsis

Arabella deja su apacible pueblito ribereño inglés para admitir el puesto de institutriz en el castillo de un duque portugués últimamente viudo.

Un hombre déspota, déspota habituado a regir en su propiedad como un viejo señor feudal y no obstante, el magnetismo de ese caballero encantará a la joven hasta hacerle perder la cabeza prácticamente por completo…

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Gisela, no estoy enamorada de Dacio Cortez —sonrió y le acarició
el pelo—. Solo somos amigos.

De verdad existe la amistad entre un hombre y
una mujer, si bien por tus ideas solo puedes atribuir razones románticas a la
relación entre 2 personas del sexo opuesto. Yo tenía muchos amigos entre
los estudiantes, y me parecía muy ameno tener discusiones con ellos.
También me percaté de que, a veces, era más inteligente que y
jamás me encargué de adularles salvo que admirara su talento musical. Y
ahora, por favor, antes que me desmaye de apetito, bajemos a desayunar.
Amigas de nuevo, bajaron sonrientes, hasta el momento en que se hallaron con
Don Duarte que salía de su estudio. Estaba vestido con un traje 8ns, señal
segura de que iba de negocios.

—Pareces contentísima esta mañana, pequeña —dijo a su hija—.
«Henos días, señorita Bell —su sonrisa era cortés y no mostraba señales de la
batalla que habían librado hacía poco—. Voy al pueblo si las 2 desayunan
velozmente pueden venir conmigo y comer juntos, tan pronto haya atendido
mis temas. Después de todo es sábado, y la vida no ha de ser toda estudios.
Gisela se quedó sorprendida.
—¿De verdad? —contenta y ruborizada, miraba sorprendida a su
padre.
—¿Alguna vez he dicho algo que no sea cierto, Gisela? —su mirada
era alegre—. Un pequeño camino para olvidar la pesadilla de ayer por la noche.
—¿Quieres ir? —preguntó Gisela a Arabella.

— Bueno… —Arabella estaba un tanto incierta, y sus ojos miraron
interrogantes al señor, para hallar en ellos la certidumbre de que deseaba que
fuera—. Sería realmente bonito, mas no deseo molestar…
— Señorita Bell, afirmé que las llevaría al pueblo —dijo con suavidad
—; elegiremos un restaurant al aire libre a fin de que no deban vestirse de
etiqueta. Las espero en el vehículo.

Se distanció cojeando en dirección al patio, y Gisela, como una pequeña
contenta, tiró de su brazo.
— Comamos veloz. No le agrada aguardar, y no deseamos que se vaya
sin nosotras, ¿verdad?
—Claro que no —contestó Arabella.
Al sentarse a comer los panes con mermelada y tomar el café con
crema, estaba segura de que Don Duarte, cuando le había mostrado el
lado severo de su personalidad, le iba a probar de qué forma podía ser de
cautivador. La perspectiva era intimidante, pues estaba segura de que podía
ser tan afable como severo.

—¿Están bien esta camisa y esta falda para el pueblo? —preguntó a
Gisela tras haber comido.
—Estás realmente bien, muy inglesa —comentó Gisela limpiándose la boca
con una servilleta—. ¿Estás lista?

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