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Un día casi perfecto – Mareike Krügel

 Sinopsis del libro 

Kat es madre de dos hijos: Alex, que cada vez parece necesitarla
menos, y Helli, una niña imprevisible que siempre la
requiere en el momento menos oportuno. Su marido, Costas,
hace meses que trabaja en Berlín y solo vuelve a casa los fines
de semana, aunque precisamente este viernes debe asistir a
una fiesta que celebra su empresa y no volverá. Kat elabora
listas y listas de todas las cosas que tiene que hacer y así, además,
se recuerda a sí misma que no es solo la chófer de sus
hijos y la gestora de las crisis familiares.

Pero hace dos semanas
se detectó un bultito en el pecho y de pronto, no deja de
preguntarse cuál será su legado si finalmente este resulta ser
fatal. En medio del caos absoluto de un día casi normal, reiremos
y lloraremos de la mano de esta mujer que se pregunta
en qué momento de su vida dejó de mirarse y de ser visible.

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Ficha técnica del  libro

  • Título: Un día casi perfecto
    Autores: Mareike Krügel
    Tamaño: 1.13MB
    Nº de páginas: 592
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

Descargar libro Gratis Un día casi perfecto – Mareike Krügel

Cuando enfermó mi prima Erika —me informó de su plan terapéutico a
través de un mail en cadena—, tras varios meses de quimioterapia y mucho
aguante optimista «volvió a estar al pie del cañón», como ella lo denominó;
pero un año después, tras recibir la noticia de que el cáncer había vuelto, se
tendió en las vías del tren; entonces mi bloqueo automático del pensamiento
aún funcionaba perfectamente. Ahora que ha desaparecido, me gustaría que
regresara.
Mi propia fantasía suicida predilecta es la siguiente: en medio de la noche
gélida, cuando los chicos y Costas están dormidos, salgo de casa a hurtadillas.
No dejo ningún mensaje, no hace falta. No necesito advertir a nadie de mi
aspecto, pues en esa versión muero de una manera bastante estética. Siempre
he respetado a Hanne-Lore Kohl por el hecho de que dejara una nota para la
dueña de la casa en la cocina, y así ahorrarle el susto de encontrar un cadáver
en el dormitorio sin previo aviso. Porque, aunque sé que algunas personas se
suicidan para llamar la atención, no pertenezco a esa categoría. A mí me
gustaría que las circunstancias demostrasen la máxima consideración para con
los demás.

Así que salgo de casa y sigo caminando hasta alcanzar el mar, cuya orilla
está congelada. Saco una botella de agua del bolso y tomo un somnífero. Me
tiendo en el hielo, allí donde es lo bastante grueso para conservar mi
temperatura corporal durante un buen rato. Así, sin más, boca arriba para
poder contemplar el cielo, que en esa noche fría está cuajado de estrellas.
Claro que sentiré el frío penetrando en mi cuerpo, porque tendré la nunca, los
dedos y los muslos rodeados de hielo, pero no se puede tener todo. Las
pastillas me ayudarán; tras un par de horas estaré congelada. Me encontrarán
los transeúntes cuando se haga de día, a lo mejor alguien que pasea a su perro.
Como resulto visible desde lejos no asustaré a nadie.
En ese momento el clima sería ideal. En general, las olas de frío que cubren
el mar Báltico de hielo son muy escasas, así que en caso de duda debería optar
por el método de Virginia Woolf, que es menos romántico pero más rápido:
adentrarme en el mar con piedras en los bolsillos del abrigo. Cuando la
profundidad sea suficiente me hundiré, lucharé contra el pánico unos
momentos (en este caso los somníferos también podrían ayudar). Pero, por
desgracia, esta variante resulta mucho más desconsiderada para el pobre
transeúnte que pasea con su perro, que en vez de toparse con una azulada reina
de los hielos se encontrará con un cadáver empapado que rueda en el oleaje.

En ese caso, puede que una pequeña nota en la cómoda del pasillo fuera
adecuada, para que los niños y Costas no pasen días albergando esperanzas y
temores, en caso de que debido a las piedras en los bolsillos el oleaje tarde
más en devolverme a la orilla.
En este momento veo que Helli atraviesa el patio. Es bueno que se acerque
a mí en vez de destrozar el cuartito de los jinetes porque está aburrida, sobre
todo porque la culpa de eso sería mía, por haberla dejado sola y desocupada
demasiado rato.
—¡Tengo hambre! —grita.
La puerta del acompañante todavía está abierta, ella se inclina hacia dentro
y, antes de que pueda impedirlo, coge mi cuaderno de notas y empieza a
hojearlo.
—Devuélvemelo inmediatamente.
Me lanzo hacia ella, quiero arrancárselo, pero ella brinca a un lado y me lo
impide, echa a correr, me saca ventaja y lee en voz alta mientras la persigo
vociferando maldiciones.

—«Libros que debería leer sin falta y que se encuentran en mi estante: La
isla del tesoro, El cuento de la criada, Vía revolucionaria, Madame Bovary,
algo de Dostoievski…»
Me parece increíble que sea capaz de leer «Dostoievski» mientras corre,
como también me lo parece que yo esté persiguiendo a mi propia hija por un
patio fangoso agitando los brazos. Si viera esa escena en una película me
echaría a reír. Cuando por fin logro atrapar a Helli —la lectura durante la
carrera frena la marcha—, tengo que hacer un gran esfuerzo por no pegarle una
bofetada.


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