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Una prueba de amor

 Sinopsis del libro 

La joven pelirroja Demelza nació fruto del amor entre una escocesa y un vikingo, algo que Urd, la mujer de este, nunca perdonará. Demelza, a la que todos llaman Pelirroja salvaje, creció con unos hermanastros que la adoraban y un padre que la veneraba. Urd, sin embargo, se la tiene jurada y, con la ayuda de un malvado vikingo llamado Viggo, urde un plan para destrozar el futuro de su hijastra. El padre de la joven, creyendo todo lo que se dice de ella, la obliga a casarse con Viggo, algo de lo que más tarde se arrepentirá y que, sin duda, marcará el resto de su vida.

Una desgracia… Una promesa… Un viaje…

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Los acontecimientos se precipitan y Demelza llega a Escocia para ser vendida como esclava nórdica, hasta que en su camino se cruza el gallardo y valeroso highlander Aiden McAllister, un hombre que aprenderá que, si quiere conquistarla, deberá mostrarle una auténtica prueba de amor.


Ficha técnica del  libro

  • Título: Las guerreras Maxwell 5. Una prueba de amor
    Autores: Megan Maxwell
    Serie: V de Las guerreras Maxwel
    Tamaño: 2.47MB
    Nº de páginas: 527
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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Al oír eso, Alastair fue a protestar, cuando Brenda, sin permitírselo,
gruñó:
—Por el dinero de nuestra comida no os preocupéis. Mi padre o mi
prometido os lo devolverán en cuanto me dejéis en Inverness.
Con rabia, Alastair se dio media vuelta. El hecho de pensar que la joven a
la que deseaba y por la que el corazón le latía con fuerza iba a desposarse con
otro lo martirizaba. Y, cuando se disponía a responder, Aiden se le adelantó e
indicó mirando a la pelirroja, que estaba muy callada:
—De acuerdo. Pero el caballo de Demelza se queda aquí.
Al oír eso, la joven maldijo en silencio.
Su intención era escapar, pero, viendo que Aiden parecía ir un paso por
delante de ella, afirmó sonriendo:
—Me parece perfecto que se quede aquí.
Su respuesta en cierto modo desconcertó al escocés, que, tendiéndole la
mano, indicó:
—Monta.

Sin dudarlo, aquélla montó delante de él en su caballo y declaró con una
sonrisa:
—Gracias por pensar en Unne. El descanso le vendrá bien.
Aiden no contestó. Esa sonrisa y su buena disposición no podían deparar
nada bueno. Entonces, recordando algo que había visto varias veces y por lo
que nunca le había preguntado, dijo:
—¿A qué se deben las pesadillas que tienes por las noches?
Al oírlo, el cuerpo de la joven se envaró. No imaginaba que nadie la
hubiera visto nunca, ni oído, y replicó:
—No sé de qué hablas.
Acostumbrado a su reticencia para todo, el highlander insistió:
—Aunque tu aspecto ha mejorado y tus ojeras casi han desaparecido, he
visto cómo te despiertas sobresaltada en mitad de la noche con la respiración
acelerada. Y eso sólo ocurre cuando…
—Si no te importa, eso no es cosa tuya.
A Aiden le molestó que lo interrumpiera. Ninguna mujer, a excepción de
ella, se había atrevido nunca a interrumpirlo de esa manera. Pero, sin querer
complicar más el momento, señaló:
—Apóyate en mí…, no muerdo.
La seguridad que él siempre demostraba, contestara ella lo que contestase,
la inquietó y, echando mano de la suya propia, lo miró y replicó con una
sonrisa:
—Pues llevad cuidado, señor…, quizá yo sí.

Brenda, que observaba a Alastair desde el suelo para que la invitara a
montar junto a él, tosió con disimulo. Pero, al ver que éste se lo pedía a
Hilda, maldijo para sus adentros. Sin embargo, sonriendo como solía hacer
Demelza para ocultar su verdadero estado de ánimo, miró a Gareth y éste, sin
dudarlo, le tendió la mano, momento en que ella subió con él y murmuró con
coquetería:
—Gracias, Gareth. Eres muy amable.
A partir de ese instante, el humor de Alastair fue de mal en peor.
Ver a Brenda hablando y riendo con Gareth no le apetecía en absoluto,
pero lo aguantó con disimulo. No había otra.
CAPÍTULO 24
Un buen rato después, cuando llegaron al pueblo, se sorprendieron de lo
animado que estaba. Las calles estaban llenas de gente visitando el gran
mercado, que, aun siendo de noche, seguía abierto.
Algunos escoceses, Moses entre ellos, se dispersaron, tenían sus propios
planes, mientras que Aiden y otros de sus hombres continuaron hasta una
taberna donde el highlander sabía que preparaban un buen guiso. Las mujeres
querían cenar y aquel sitio era una excelente opción.
Al llegar frente al local, se detuvieron y, cuando ayudaron a las mujeres a
desmontar, éstas se alejaron unos pasos mirando con curiosidad a su
alrededor.
¡Qué animado estaba aquello!
Hilda, consciente del peligro que corría su niña, se acercó a Demelza y
cuchicheó:
—No es buena idea que estés aquí.
—¡Qué bullicio! —exclamó Brenda sorprendida.

Pero Hilda, preocupada, insistió:
—Hija, alguien podría reconocerte. Viggo te busca. Es una temeridad
estar aquí.
La joven asintió, sabía que aquélla llevaba razón, pero repuso mirando a
la gente:
—Si queremos escapar, estamos en el sitio idóneo.
Aiden, que las observaba con disimulo mientras murmuraban, se disponía
a acercarse a ellas cuando Alastair gruñó, y él, mirándolo, le soltó:
—Si estás así por lo que imagino, ¡aclárate las ideas!
Alastair resopló. En la vida se había sentido tan desconcertado como en
ese momento. Y, mientras veía cómo un mendigo tropezaba ante las mujeres
y caía al suelo, respondió:
—Hay demasiada gente aquí, ¿no crees?
Los dos amigos seguían hablando cuando Demelza, conmovida al ver al
mendigo en el suelo, rápidamente se agachó para ayudarlo.

Y entonces su
corazón se desbocó cuando unos ojos azules y cansados la miraron y oyó:
—Mis súplicas han sido escuchadas por Odín.
Boquiabierta y paralizada, la joven murmuró:
—Harald…
Al ver al que fue marido de Ingrid allí, vestido con harapos, Hilda
reaccionó con rapidez y, agachándose también, le preguntó mirando con el
rabillo del ojo:
—Muchacho…, ¿qué haces aquí?
Brenda, que observaba en silencio, al darse cuenta de que hablaban el
idioma que su abuela le enseñó, murmuró:
— Hold kjeft…, alguien podría oíros.
—¿Hablas noruego? —preguntó Hilda sorprendida de que les pidiera que
se callaran en esa lengua.


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