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Zapatitos de clavel – Catalina Pappi

Zapatitos de clavel  epub

Zapatitos de clavel Sinopsis

Fanny Herrero solamente envidia la vida que lleva su hermana mayor Elisa. Elisa envidia la juventud de Saraí Ávila. Saraí envidia a aquellos que se manejan con libertad como Dana Erlich. Y Dana envidia a todo aquel que llame la atención de su tío el señor Jacobo Abraham.

Cuatro mujeres diferentes. Cuatro mujeres que sufren diferente.

Fanny busca seguridad y comida. Elisa mantener su estatus y nivel de vida. Saraí solamente busca el respeto que se le negó al nacer. Dana, que su tío y Cristóbal Mondejar sean solamente para ella al igual que el público que conquista cada vez que brilla en el escenario.

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En una familia llena de indiferencia y dolor no hay lugar para la verdad. No hay lugar para la felicidad. Aun así, ellas se esforzarán por alcanzar sus objetivos cueste lo que cueste.


Ficha técnica

Título: Zapatitos de clavel
Autores: Catalina Pappi
Serie: I de bilogía Pétalos de Cristal
Nº de páginas: 902
Idioma: Español
OS: iOs, Android, Windows
Servidores: Google drive, 1Fichier, Zippyshare, y Onedrive


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Dana viró enseguida en dirección de donde provenía aquella voz que hacía
tiempo no escuchaba. Sí, ese era su tío Jacobo, su tío favorito, el único que
tenía y que sería la solución a todos sus problemas.

Arrancó sus manos de las de su madre y, como si tuviera un resorte en los
pantalones, saltó del sofá para correr directo a los brazos de su tío, quien no
dudó de corresponderle el saludo y despeinarla un poco. El gesto de él se
ablandó y casi sonrió; la apartó unos segundos para poder ver cuánto había
crecido Dana. Y, efectivamente, Dana había crecido mucho ¡muchísimo!
Antes le llegaba hasta la mitad del estómago y ahora le llegaba hasta el
pecho. Sus pestañas eran más largas y abundantes, casi rubias; su rostro ya no
estaba tan regordete, sino que sus pómulos estaban un poquito más marcados y
en la cara, que una vez había sido más infantil, tenía ahora en los labios un
color rojo pasión. Otra cosa interesante que notó fueron sus ojos delineados,
tal vez para darle intensidad a esa mirada cristalina que se notaba realmente
superficial, banal.

También había más cambios en su cuerpo que no tenían que ver con su
estatura, pero eso no le importaba para nada. Llevaba tres años sin verla, la
abrazó de nuevo, como si eso le hiciera recuperar el tiempo perdido y luego le
pasó un brazo por la espalda, para poder observar a su hermanastra, a la que
quería como una verdadera hermana y a su cuñado, al que detestaba como
debieron haber detestado los estonios a los rusos cuando los obligaron a
guerrear.

Inmediatamente sacó su mirada de Daniel, que siguió trabajando, haciendo
de cuenta que su cuñado no lo había mirado con ganas de meterlo en la silla
romana y al mismo tiempo condenarlo al borceguí, y ayudó a Leticia a levantar
una caja mientras los otros dos salían para entrar más cosas.
—Creí haberles dicho que no tenían que traer nada porque en esta casa hay
de todo.

Daniel se secó el sudor de la frente y se levantó del suelo sintiendo de
pronto como si una corriente eléctrica le cercenara la ciática. Sí que
compadecía a esa pobre mujer que en ese momento empujaba una caja contra
la pared.
—No queríamos abusar —dijo Abigail con una sonrisa débil, realmente
avergonzada—. Ya es demasiado que nos dejes quedarnos en lo que nos
reponemos de todo esto. Siempre te voy a estar agradecida.
—¿Y qué es eso de hacer levantar cosas a una vieja? ¡Leticia! —La aludida
se puso derecha de golpe, lo que le hizo sufrir un espasmo muscular en la
espalda y quejarse en voz alta del dolor casi con un juramento que ahogó por
respeto al señor Jacobo—. ¿Qué estás haciendo con cosas pesadas? Hubieras
dejado que se ocuparan los de la mudanza y Daniel, que son hombres y más
jóvenes.

—Pero no hay problema, señor…
—¡¿Que no hay problema?! Estás muy equivocada, después no te vas a poder
levantar y dudo mucho que tu sobrina sola pueda con toda la casa. Ya mismo te
vas a descansar. Dana está grande y se puede llevar las cosas ella sola, lo
mismo Abigail y Daniel.

Leticia miró a cada uno de sus patrones, desde el de siempre hasta los
nuevos y agachó la cabeza antes de retirarse hasta la cocina y, de ahí, abrir una
puerta tras la cual había un caminito que la llevaba hasta los cuartitos de los
empleados, ese lugar recóndito de la casa que solamente ella y Saraí podían
pisar; los demás sentían asco por ese tipo de lugares tan modestos y pequeños,
personas como Dana, que no dejó de quejarse con su tío.
—¡Para algo se le paga un sueldo! Yo no voy a subir mis cosas.
—Veo que te han educado mal —le espetó el señor Jacobo—. Quien le paga
el sueldo a Leticia soy yo, no vos ni tus papás. A Leticia le pago para que
limpie, para que ordene, no para que lleve tus cosas, y Leticia está muy vieja
como para hacer estas cosas. ¿En dónde está tu compasión por una vieja?
—Esa vieja está acostumbrada a hacer esas cosas desde siempre —le
aseguró sin un poco de vergüenza antes de agarrar una de sus maletas—. Pero
bueno, ya que hoy se te da por defender a la servidumbre.

—Leticia es como parte de la familia y no te voy a tolerar que te expreses
así de ella —la amenazó el señor Jacobo caminando a grandes zancadas hacia
ella. En ese momento, Dana se sintió pequeña y toda su altanería pareció
palidecer; no entendía cómo había pasado de estar contenta con quien ella
pensaba que era el que la salvaría de las deudas y le devolvería el honor a su
apellido a ser de repente una rara especie de enemiga vista por él como una
malcriada cruel y sin sentimientos—. Además, yo les dije que no trajeran
nada. Es mi casa y no siempre va a haber tanto lugar. Yo te habría comprado
ropa, pero como siempre, hacés lo que querés, ¿no? No puedo creer que te
hayan educado tan mal.


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