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Zed está muerto – Arantxa Rufo

 Sinopsis del libro 

Los Ángeles, julio de 2018.
Tessa Britton, una stripper de un club de Los Ángeles, está preocupada porque su amiga Katya ha faltado a clase de baile y tampoco contesta al teléfono. Al acudir a su casa, descubre su cadáver, junto con el de un misterioso hombre tatuado.
Cuando la detective del LAPD Elizabeth Delgado, que lleva de baja casi un año, llega al escenario del crimen, el agente Michael Poulsen, del FBI, le comunica que la víctima es hija de Luka Maksimov, un líder de la mafia rusa que no dudará en enviar a un asesino a la ciudad para vengar su muerte.
En un caso en el que cada uno convive con sus propios demonios, Tessa parece tener todas las respuestas.
¿Era Katya el objetivo o la han asesinado para hacer daño a su padre?
La guerra en Los Ángeles no ha hecho más que comenzar…


Ficha técnica del  libro

  • Título: Zed está muerto
    Autores: Arantxa Rufo
    Nº de páginas: 864
    Idioma: Español
    Servidores: Google drive, Zippyshare, y Onedrive
  • Formato: Pdf,Epub,Mobi y más.

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El sol había caído cuando salieron al exterior y el cielo aún mostraba el azul
moribundo previo a oscurecerse del todo. El mundo se disipaba entre sombras
que las farolas recién encendidas no podían combatir. Llegaba la noche.
Elizabeth sintió que el aire le enfriaba la piel húmeda de sudor tras el
bochorno en el interior de la casa.
—Todo suyo —dijo a los forenses que continuaban junto a la puerta.
Era su turno, les tocaba recoger los cuerpos y llevarlos a la morgue,
donde cualquier resto de humanidad desaparecería bajo los focos y el
escalpelo.
La chica aguardaba dentro de la ambulancia que había visto al llegar,
aplastada bajo las luces fluorescentes del habitáculo. Se encogía sentada sobre
la camilla, con los codos apoyados en las rodillas y la cara oculta entre las
manos, ocultas a su vez tras una cortina de pelo castaño y revuelto. No parecía
abultar más que una muñeca. Pequeña, delgada y frágil, temblaba bajo la
mirada de un sanitario que abandonó el lugar en cuanto los vio aparecer.

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Elizabeth escaló al interior del vehículo y se sentó en el banco libre
frente a la joven.
—Hola —saludó cuando dos ojos inyectados en sangre se asomaron a
través de los largos mechones de pelo—. ¿Señorita Britton? Soy la detective
Elizabeth Delgado, LAPD.
La chica levantó el rostro, colorado y cubierto de lágrimas. Era poco
más que una niña, igual que su amiga fallecida, veintitrés o veinticuatro años,
y lucía la misma mirada de incomprensión que Elizabeth había visto
demasiadas veces en otros ojos. Costaba entender que un ser amado
desapareciera de repente, sin avisar. Acaso, se dijo, no llegaba a
comprenderse nunca.
—Tessa. —La voz de la joven se balanceó al final de un hilo—. Todo el
mundo me llama Tessa.
—Gracias, Tessa. Tú puedes llamarme Elizabeth. Vamos a descubrir lo
que le ha pasado a Ekaterina —explicó—. Sé que es muy duro y que ya has
hablado con mis compañeros, pero te agradecería que volvieras a contarme lo
ocurrido.
La testigo se irguió y reveló un perro acurrucado sobre sus piernas, un
chucho de pelo largo, blanco y negro, que parecía tan perdido como ella y que
lucía un vendaje en la cabeza.
Elizabeth buscó una explicación en el agente Stein.

—Pertenecía a la víctima —murmuró aquel—. El asesino debió de
darle una patada. Hemos tomado muestras de la herida y de la boca, por si lo
mordió, pero creemos que no; no había fibras ni rastros de sangre.
—Lástima —masculló la chica.
La detective asintió con una mueca que aquella no vio. Sus ojos se
habían perdido en dirección a la casa. Los forenses ya no estaban ante la
puerta, los policías se iban marchando poco a poco. Dentro de nada, no
quedaría ningún recuerdo de lo que había sucedido allí, una cinta policial
pegada a la puerta, que el tiempo haría desaparecer, y rumores que
desplomarían el precio de venta de la vivienda. A su dueña poco podía
importarle ya, pero en un barrio como aquel, Elizabeth estaba segura de que
alguno de los mirones ya se estaba preocupando por ello.
—Vine a ver a Katya… Ekaterina. Katya es… Es un diminutivo —
balbuceó la joven antes de devolver la mirada al perro, al que acariciaba con
manos temblorosas—. Había faltado a clase y ella nunca faltaba…
—¿Clase de qué?
—De baile.

—¿Sois bailarinas? —Elizabeth sonrió como si eso fuera algo
fantástico que pudiera hacer que la joven olvidara lo ocurrido.
—Yo sí. —Se recogió un mechón de pelo tras la oreja—. Katya quería
ser actriz. Estudiaba interpretación, baile, canto… De todo. Ha hecho un par
de anuncios, pero nada más…
La detective se contuvo para no chasquear la lengua. Otra aspirante a
actriz muerta era lo que menos necesitaba esa ciudad. Otra Dalia Negra. Todas
las chicas bonitas del país querían ser actrices, ahora resultaba que las rusas
también, y cada par de semanas aparecía el cadáver de una. Muy bonitas y muy
tontas, en general. Muy fáciles de matar.


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